PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: LA COMIDA O LA SUSPICACIA IRREFRENABLE (Julio 2018)

Pimientos en Cantabria

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: LA COMIDA O LA SUSPICACIA IRREFRENABLE (Julio 2018)

 

Vengo percibiendo que en estos días arremolinados y veloces en los que nos ha tocado vivir, existe una tendencia, quizás exagerada, a criticar la siempre abundante y dispuesta alimentación que el Progreso en general nos ha proporcionado. De ahí que se cuestione desde el más pequeño (y tal vez irrelevante) elemento de la gama nutricional, como por ejemplo, los envases y las botellas de plástico, hasta la agricultura tratada químicamente, pasando por los transgénicos, los híbridos, y por supuesto la comida rápida, llamada “basura”, y los precocinados. En cambio, se rinde un culto que alcanza la idolatría a esos productos que, al menos supuestamente, han sido elaborados con sustancias lo más naturales posible, o a aquellos que son el resultado de un proceso donde no ha intervenido la mano del hombre, ni sus conocimientos científicos.

No es mi intención, en absoluto, defender a cal y canto la comida de grasas saturadas, o los alimentos que de alguna manera surgen de la manipulación humana, pero sí me planteo algunas dudas respecto al poder de longevidad que se le otorga a la “comida antigua”,  esa alimentación considerada como garantía innegable de salud permanente, sobre todo cuando me da por pensar, por ejemplo, en que yo no conocí a tres de mis cuatro abuelos, pues habían muerto mucho antes de que yo naciera, y sólo conocí a mi abuela Catalina, mi abuela materna, pero mi recuerdo de ella se diluye en una ráfaga acelerada y brumosa de imágenes, ya que murió cuando yo contaba escasamente unos tres años de edad, y lo único que mi memoria deja entrever es el dibujo apagado de una mujer ancianísima, postrada y sin atisbo de vida, cuyo mayor impacto en mi niñez se concentra en una habitación llena de murmullos a la que no me dejaban entrar, y de la que salía, intermitentemente, a través de los cuerpos vestidos de oscuro, el extraño imán de unos cirios, y la sombra hipnotizante de un rosario.

Por lo que yo sé, y según lo que he podido recabar entre familiares y amigos, mis coetáneos de generación, y más aún los anteriores, no llegaban a conocer más que a un abuelo o abuela, quizás dos, en los casos más favorecidos por la suerte, pero todos coincidimos en la misma descripción: Eran personas muy, muy mayores, de salud precaria, con la piel ajada y los ojos sin color definido, inmersos en unas cuencas de párpados arrugados, y en muchos casos, con la voz rota y lenta, impresa en un discurso lacónico y siempre cansado. Estos abuelos agrietados hasta la médula, sin ánimo para jugar con los niños, habían comido toda su vida alimentos absolutamente naturales, y con casi total probabilidad, no sabían ni siquiera qué era un perrito caliente; sin embargo, en muy raras ocasiones pasaban de los 60 ó 65 años.

Pues bien, mi nieta puede disfrutar sin fisuras de tres de sus abuelos, y dos bisabuelas, que antes era algo casi impensable, las cuales, si bien soportan los achaques insalvables de su edad, todavía conservan una dosis de actividad suficiente para que sus nietos puedan contarles, de vez en cuando, algún relato de su fantasía desbordante. Y no se trata solo del hecho de haber desterrado los lutos eternos y las tradiciones onerosas, sino de una vitalidad y una capacidad de juego que los abuelos, como yo, podemos ofrecer a nuestros nietos, que hace años era prácticamente imposible. Digo yo, no sé, que algo bueno tendrá este abanico de opciones abiertas que los avances de nuestra especie han logrado a través de los años, y en lo que se refiere a la alimentación, en algo nos debe favorecer la abundancia, pues más vale tener algo que llevarse a la boca, por muy transformado que esté, que no comer nada. Lo que de verdad importa es aplicar la razón a la dieta a través de una selección variada y sin excesos en ningún sentido.

Lo mismo esta reflexión es una completa pamplina. Perdonad este patinazo tonto y veraniego, por favor. Pero, incluso así, lo que puedo afirmar es que soy una abuela con fuerzas para jugar al escondite, o nadar en la playa con mi nieta. Y yo me atiborraba a hamburguesas con 20 años en el Sloppy Joe’s.

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