PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: ELEFANTES MARAVILLOSOS (Enero 2020)

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PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. ELEFANTES MARAVILLOSOS (Enero 2020)

 

Ayer, durante esa hora de sobremesa en la que los documentales nos sumergen en el dulce sopor del sueño relajado, me sorprendió desde la pantalla una narración cautivadora, en la que nos contaban una curiosa historia protagonizada por una manada de elefantes africanos.

Sucedió que, allí, en la amplia sabana de un parque natural situado en mitad del África profunda, un grupo de pacíficos y hermosos elefantes fueron sometidos al sufrimiento de una cruel masacre a manos de la ambición desmedida de unos cazadores tan furtivos como faltos de escrúpulos, y me atrevería a decir, que incluso faltos de corazón.

La otrora tranquila manada se transformó de repente, por obra y arte del odio y la inconsciencia del ser humano, en un incontrolado estallido de violencia y agresividad como nunca antes se había visto en dicho grupo, de manera que la sola presencia del hombre desataba un terremoto de trompas airadas, e impulsaba embestidas ciegas, tras las que la velocidad de sus cuerpos, como moles letales, encendía una carrera de columnas vengadoras a través de la vegetación agitada hasta las raíces. Esta constante estampida belicosa convenció a los responsables del parque de que el comportamiento de los elefantes suponía una peligrosa amenaza hacia los turistas que a veces visitaban aquel fantástico espacio natural.

Ante semejante peligro, y a fin de evitar daños mayores, las autoridades competentes decidieron trasladar a la problemática manada a otra zona con medidas de seguridad más sólidas y controladas.

Acabaron, pues, los elefantes protagonistas de esta historia en un área acotada por fuertes vallados, donde se establecía una especie de doble aislamiento con el objetivo de prevenir cualquier conato de ataque a la civilización.

Al observar esta medida, un par de biólogos, muy amantes de los animales, se propusieron recuperar la confianza perdida de los recelosos elefantes, que así habían reaccionado ante la maldad de los malnacidos cazadores cuando éstos habían matado indiscriminada y cruelmente a tantos miembros de su familia elefantina.

Durante casi un año, ambos estudiosos estuvieron acampando junto al enorme recinto en el que habían enclaustrado a los elefantes, para intentar hacerles perder su miedo, y la dolorosa ira que habían desarrollado ante la nefasta actuación de los humanos. Para ello, emplearon un ingente derroche de paciencia y muestras de tranquilidad y cariño, con tímidos y cautelosos acercamientos, siempre con la lentitud y la precaución que imponen la prudencia y el sentido común.

Al cabo de muchos meses, sus esfuerzos dieron sus esperados frutos, pues la portentosa jefa de la manada, bautizada como Frankie, decidió, por fin, darles un voto de confianza a ese par de locos humanos, lanzando paulatinas señales de aceptación. Para ello, la soberbia paquiderma, por primera vez desde su traslado, dejó de barritar estrepitosamente al percatarse de la presencia de los hombres, y asimismo, contuvo su anterior reacción violenta, y en su lugar, pasó a mostrar un significativo silencio, seguido de esa quietud impasible de quien simplemente observa. Por supuesto, el resto de los elefantes se sumó a la nueva conducta que su jefa había adoptado frente a los seres humanos.

El gran, y definitivo, día de la reconciliación tuvo lugar en una luminosa mañana, cuando la magnífica elefanta permitió que uno de los hombres, llamado Lawrence, se acercara lo suficiente al vallado como para encontrarse a corta distancia, y la rúbrica que firmó de una vez por todas el pacto, se produjo cuando Frankie alzó su trompa para tocar cariñosamente a Lawrence, que sintió hasta el fondo de su alma el brillante roce del amor que la hermosa elefanta había optado por profesarle.

Desde aquel día, la firme amistad entre estos paquidermos y los especímenes humanos no sólo perduró, sino que fue aumentando con el tiempo, de manera que el vínculo creado se fue haciendo cada vez mayor, hasta llegar a permitir que Lawrence y su compañero pudieran tocar incluso a las crías. La confianza adquirida a través de esta unión hizo que los elefantes recobrasen la fe en los seres humanos, hasta alcanzar el ansiado punto en el que desapareció del todo aquel violento recelo que un fatídico día habían causado los desalmados cazadores furtivos. Y así, con su nueva actitud de recobrada paz, la manada se ganó la vuelta al parque natural del que un día tuvieron que salir.

Pero lo más bello y emocionante de la historia tuvo lugar cuando se produjo la repentina muerte de Lawrence. Los elefantes, con Frankie al frente, recorrieron casi 1000 kilómetros para presentarse a rendir homenaje a su amigo humano muerto, justo a las puertas de su casa. La manada permaneció quieta y en el más absoluto silencio en la entrada de la parcela de Lawrence, durante 24 horas, sin moverse, cumpliendo con los rigurosos requisitos del más llorado de los velatorios. Y desde entonces, en el aniversario del fallecimiento de Lawrence, la manada, con el sólido paso de Frankie a la cabeza, vuelve al mismo sitio, para cumplir con el ritual, con sus 24 horas de callado homenaje frente a la cancela de la finca.

¡Qué poderosa visión, el grupo de paquidermos mostrando su sentido pésame y su aflicción, majestuosamente, sus enormes contornos dibujados en el tenebroso aullido del viento que cruza la sabana, en la inmensa noche de África, quietos, sin proferir ni un sonido, y sin mover ni un ápice sus magníficas trompas!

Debo confesar que este reportaje no sólo me apartó de la tibia siesta de la tarde, sino que me abrió la emoción de par en par.

 

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