LOS OJOS TURBIOS (Escrito en 1993 y revisado en 2020)

LOS OJOS TURBIOS

LOS OJOS TURBIOS

                Aquella soledad no era justa. No, pensaba ella, desde luego que no era justa. La distancia de los pasillos desolados, profundamente oscuros ante sus ojos enfermos, no era la recompensa que ella consideraba acertada para pagar sus años consumidos por el confinamiento, vendidos a la gloria de la seguridad, todo ese tiempo en el que había sido el eje indiscutible de la familia, a cambio del inmenso sacrificio de su libertad.

 Por aquel entonces, ella sustentaba y movía a su antojo cada una de las vidas de sus parientes, amarrados al poder de su dinero por la infranqueable imposición del hambre. La comida en su más absoluta expresión era, por imperativo de la necesidad, la particular aliada que la convertía en la estrella imprescindible del sistema familiar: hacía y deshacía, según la disposición de su ánimo, los detalles del curso vital de sus numerosos hermanos y hermanas, sus maridos y mujeres, y sus respectivos hijos. Ella decidía a través de ese encuentro interior de generosidad y tiranía que moldeaba su compostura, quién podía o debía ser feliz, quién era merecedor del don de la comida segura, quién podía aspirar a vivir con los requisitos mínimos de la aún insuficientemente restaurada clase media.

 Había sacrificado su juventud por alcanzar esta situación privilegiada, lo cual constituía un innegable atrevimiento para una persona de su origen. Llevaba esculpida en la palma de su mano la hondura de los dos estigmas que la habían marcado desde mucho antes de su derecho al tiempo: la ausencia de unos apellidos claros y finitos, grabados por la tinta de los hombres, y la ancestral condena de su raza gitana, si bien la limpia claridad de su piel escondía la verdad de su sangre, sólo visible en la dulce y a la vez contundente textura de su pelo, tan inexorablemente negro como sus ojos, esos ojos ahora casi muertos, enfrentados a esta soledad excesiva e injusta, esta maldición de su cuerpo que la dejaba a merced de los pasillos tenebrosos y las alcobas traicioneras, con sus múltiples e imprevistos fantasmas en forma de sillas, mesitas, o quicios crueles. Ya no quedaba nada de la pasada gloria y el mundo se había vuelto tan incomprensible como difícil de observar.

                Había sido guapa en el sentido redondo de la palabra, y su belleza casi ofensiva le había proporcionado la desviación de su historia predecible hacia otros derroteros mucho más altos, allá en el mundo de los poderosos, ya que su capacidad de fascinar rotundamente y sin puntos de equilibrio le abrió las puertas de las clases vedadas, empleando la energía de su cuerpo con tal sabiduría, que consiguió absorber a su paso de voluntad arrebatadora todas las miradas ajenas, y con ello logró, en plena facultad de su consciencia, el control de las emociones derretidas ante la luz de sus ojos.

 Sabía que tal maniobra podía suponerle unos beneficios inmensos, pero también sabía que el dinero que podría obtener sería demasiado caro. Sin embargo, ante tal pensamiento, en su mente se alzaban, como en un conjuro de fuerzas opuestas, de un lado, su ambición grande y posesiva, y del otro, su instintivo sentido de la supervivencia, traspasado a su vez sutilmente a un extraño impulso de amor a su familia, mediante la imperiosa necesidad de salvarles del hambre que anulaba su existencia. Se sentía movida por un sentimiento tribal, con todo su intrínseco significado de protección colectiva. Allí estaba su cuerpo para sacarlos a todos de la miseria que les vencía, para abrirles un camino seguro, vadeando la corriente de la inanición y la desesperanza. A cambio, esperaba un dominio ilimitado, un cetro permanente de sangre y aliento, la sagrada ofrenda de sueños de sus parientes, para así vivir a través de sus vidas las experiencias a las que había renunciado en su papel de abeja reina.

 Primero fue el Embajador de Portugal, aquel monigote aplastado, de manos excesivamente finas, y un odioso aire travieso en la sonrisa, que después, al cabo de los años, le traía al ovillo del recuerdo su grotesco parecido con una de esas bolas que sirven de adorno en Navidad. Aquel hombre sepultó su inocencia con la absoluta convicción de haber pagado lo justo para exponerla como un símbolo de triunfo ante todas las envidias. Era amable y atento, sí, pero su atención era la debida al cuidado de una propiedad de gran valor. No podía permitirse un solo defecto, una mota fuera de lugar, pues en tal caso, el material dañado ya no serviría para el primordial e insano propósito de proclamar la supremacía del Embajador en cuestión de mujeres.

 Ella sabía moverse con la suficiente maestría. No le era preciso hablar ni demostrar con el ingenio de la conversación inteligente su sitio exacto en aquel entorno fatuo, colmado de retos encubiertos y falsos modales. Sabía que era dueña y señora en el reino de la carne, y le gustaba observar a su alrededor a aquellos que temblaban ante el poder del sexo bajo aquella elegancia exacta y comedida. Gozaba de una pasión inquietante e intensa, capaz de descifrar la escondida arquitectura de los pensamientos, y así, con su carnal brillantez, desenvolvía tramas e intrigas a su gusto, manejaba a los hombres, tan encandilados que la seguían hasta traspasar el umbral de su provechoso interés. Todos los beneficios de su meditada pasión eran después distribuidos, aplicando los cánones de su acostumbrada arbitrariedad, entre los miembros de su familia, en la continua búsqueda de una sublimación gloriosa que nunca llegaron a entregarle por completo. Esta era la prueba: la triste situación de su ceguera solitaria, el olvido injusto de todos sus sacrificios, ahora que era una anciana vulnerable y sin vista …

 Sus sacrificios, sí, onerosos y complejos. Porque después del Embajador y de otros individuos cuyos nombres se habían caído de su memoria, incluso cuando aún la visitaban, se presentó el momento de la ofrenda más decisiva: llegó la hora de vender la totalidad de sus días, que a sus veintidós años eran muchos, a un señor treinta años mayor que ella, a cambio de la valiosa oportunidad de asumir una abundancia sin dudas, junto con la opción, lejana pero firme, de lustrar legalmente su nombre. Si se casaba con él, con aquel señor alto y enjuto, que arrastraba una larga lista de nombres y apellidos, tendría dónde elegir los que a ella le faltaban. Podría tener la posibilidad de guardar en sus manos ese ansiado documento que la salvaría para siempre de reproches inesperados o palabras inoportunas. Casarse con el hombre al que toda la familia llamaría después “Padrino” (pues apadrinó a toda la caterva de sobrinos y sobrinas), pondría a su alcance la honestidad escrita de la burocracia, y tal vez la idolatría de los suyos. Pero no era una decisión en absoluto fácil. De un lado, debía resolver su propio enfrentamiento interno con la angustia de ahogar su juventud en un sello indisoluble. Del otro lado, la tarea de esbozar, con la destreza necesaria, la estrategia que desarmase los estrictos fundamentos sociales que prestaban andamiaje a su amante, para así poder ganar con el uso acertado de cada uno de sus poros, el casi inalcanzable triunfo del matrimonio sobre los prejuicios marcados por su humilde origen y su falta de nombres. Lo más arduo era desbaratar la resistencia de aquel hombre rico desde hacía siglos, un hombre que podía aspirar a conseguir cualquier mujer, como a cualquier otra cosa, un hombre proyectado como un dios por sus incontables bienes ante una España de posguerra, más aún, una Andalucía de posguerra, una tierra vuelta en dolor, con la destrucción a cuestas, y miles de carencias enhebradas en cada calle, en cada habitáculo y su miseria.

 Para llegar a convencerle desde el fondo, desde la necesidad desnuda del alma, de que requería su presencia diaria para subsistir, aceptando por tanto la condición del matrimonio, era preciso desplegar toda su habilidad en el arte del amor; entrar en los dominios del respeto, aunque solo fuese  a través del espejismo artificial de los papeles, le suponía calibrar sus pasos mediante la eficacia de un plan conciso y ordenado, tejido sin tregua con lentas puntadas de pasión y la exacta medida de sentimiento. Era Don Rafael un hombre de cincuenta años, cuya apariencia física encajaba con su edad, sin resultar del todo desagradable por el momento, si bien era de esperar que, en el transcurso de algunos años, el deterioro se haría evidente, como manda la ley de la vida. Mas la gruesa capa de billetes que lo acompañaba, rotunda como el corte de sus trajes, ayudaba a borrar la flaccidez de su piel o la caída cansada de sus ojos en su agria madurez. Y ella adivinó casi desde el primer momento que su prueba definitiva dependía del uso apropiado de todo su saber emocional. Sin titubeos, en la plenitud de su confianza, decidió poner en práctica su plan y arriesgarse, pues tal vez, la bendición sacramental coronase su riesgo y su osadía con los dones de la divinidad, aunque también, por desgracia, era factible que al final perdiese la partida, y con la misma, sus años más preciados, la energía de su belleza, y, en fin, toda posibilidad de repetir la hazaña con otra presa de estatus similar.

 Poco a poco, su espléndida lucidez carnal fue minando la sangre de aquel hombre, por medio de un cuidado juego de rechazos y ternura, en el que ella adoptaba el papel más idóneo para cada instante del amor. Indagaba en todas las esquinas de su ánimo, y escogía con suma destreza qué decir para cada dolor, qué beso había que dar o qué caricia, qué dudas disipar, o qué temores eran necesarios para obtener la rendición sin condiciones. Cuando él se dio cuenta de toda esa fastuosa estrategia, no le importó con tal de que siguiera a su lado: tanto la amaba ya que aquel juego le bombeaba el corazón, del derecho y del revés. Nadie más le quitaría el sueño. No prestaría su mirada ni su ansia vital a ningún resto de pasado anterior a ella; ninguna mujer, ningún objetivo antiguo suponían lo más mínimo para él.

Sin embargo, esta convivencia previa a la consecución del ansiado vínculo matrimonial, le exigía a ella como pago la renuncia total a su derecho al más pequeño atisbo de vida libre o de relación con el resto de la humanidad. Sería una esclava aislada de los avatares mundanos en una clausura lujosa. Debía dar por hecho que había perdido el permiso a tener contacto con cualquiera que no fueran los parientes, sus hermanos y hermanas, cuñados, cuñadas y sobrinos, justo aquellos que le habían servido de excusa, o quizás de impulso, o probablemente de ambas cosas, para explicar el curso de su vida y hallar una disculpa aceptable a su particular empleo de la astucia. Ahora en la vejez, desde la neblinosa oscuridad que le impedía ver su entorno, surgían las voces conocidas de su encierro consentido, y toda su resignación se cuajaba en sus recuerdos, sus pobres recuerdos monótonos y circulares.

                En aquellos años, el mundo exterior, el que desplegaba sus alas inmensas e inalcanzables más allá de los balcones cerrados, era un continente prohibido. El amplio zaguán de mármol, siempre limpio, rebosante de macetas llenas de vida alrededor de la preciosa fuentecilla que murmuraba su agua en el medio, hacía para ella las veces de foso abismal en su brillo profundo, como los límites de un castillo mudo, triste, y sitiado desde dentro por unos celos podridos de miedo que la ataban sin discusión posible a su prisión de tres plantas. El hermoso edificio venía  provisto de un extenso cuerpo de servicio, cuyos miembros la aliviaban de cualquier carga doméstica, para dejarla sin nada que hacer. Nada le habría de faltar, nada se le negaría, excepto el derecho a salir a la calle libremente, a mirar sin miedo los interiores de los escaparates, a caminar sin dar cuentas a nadie bajo las bombillas de colores y los anuncios que centelleaban por el alegre centro de la ciudad, justo allí, debajo de los cierros caprichosamente repujados del espléndido salón de música, que nunca se usaba.

 Ella aguantaba en la creencia de que tal vez las cosas pudieran cambiar si el destino tenía a bien llevarse al otro mundo a la madre de Don Rafael, que, como era previsible en una señora de su posición y abolengo, se oponía tajantemente al enlace de su hijo con una mujer de pasado tan oscuro como vacíos sus bolsillos, y si bien no podía impedir sus públicas relaciones, si retrasaría la impensable boda (hasta el punto de quizás hacerlo desistir de su empeño), y para ello, mientras la vida le dejase un rastro de aliento, no consentiría en la celebración de dicho matrimonio, utilizando a tal fin la firme amenaza de borrar el nombre de su hijo del testamento.

                Entonces, por fin, sus esperanzas se hicieron realidad tangible. Por fortuna, a la madre de Don Rafael le llegó la hora ineludible de morir, y su muerte proporcionó a su hijo la libertad que le permitía, si así lo deseaba, legalizar su convivencia, que duraba ya ocho años. La batalla librada durante ese tiempo acabó para su amada en una dulce victoria, pues logró que tomasen cuerpo, como columnas indestructibles, las firmas en el anhelado contrato matrimonial, para regocijo de todos los miembros de la familia. Pero a pesar de este triunfo, el aire de la casa no cambió. Ella creía que había llegado el momento de romper los barrotes, que al fin podría pisar las aceras con el estruendoso concierto de sus tacones finos. Mas, no fue así, porque, a su ya marido, la seguridad del casamiento no le garantizaba en su mente celosa la integridad de su viejo corazón, y para evitar cualquier desliz que pusiera en peligro la fidelidad que ella le debía, prohibió al servicio prestarle su ayuda en el menor intento de salida, con instrucciones especiales para el chófer, a fin de impedir el uso del coche por parte de su esposa, sobre todo si solicitaba utilizarlo sin su conocimiento; el acceso al vehículo tendría lugar si y sólo si él mismo en persona la acompañaba, lo cual ocurría en muy escasas ocasiones. Además, al ser el verdadero dueño del dinero, y un experto en cuestiones pecuniarias, él sabía mucho mejor cómo dejar bien atados todos los cabos económicos para que ella no pudiera tocar ni una sola moneda si decidía salir sola al exterior. Su amor obsesivo, temeroso hasta del aire, le arrancó todo vestigio de libertad, y ni siquiera le permitía levantar las persianas de los balcones que daban a la calle, ocupando tan sólo la parte más interior de la casa en la primera planta, donde las ventanas y balcones se asomaban sombríamente a los patios interiores. Si ella protestaba, únicamente obtenía un doloroso enfrentamiento por respuesta, que enrarecía el ambiente aún más, por lo que optó por un silencio resignado.

 En alguna ocasión, ella llegó a pensar que el nacimiento de un hijo podría significar algún cambio en las estrictas reglas de su existencia, porque la dedicación y el amor ilimitado que requiere una criatura quizás harían desistir a su marido de seguir manteniendo el encierro. Pero por desgracia, sólo quedó encinta una vez, y el niño, varón, nació muerto en el sexto mes de embarazo. No tuvo, por tanto, hijos en los que volcar sus intereses, y con los que, tal vez, encontrar alguna rendija de apertura al exterior, al ceder de este modo a la descendencia el puesto central en el universo de Don Rafael. La ausencia de niños, sin embargo, más bien la dejó a solas con su matrimonio, la convirtió en el foco de los celos de su marido, sin nadie más que la alejara del eje central de sus preocupaciones.

 Al asumir la imposibilidad de la maternidad, y dado que estaba acostumbrada a su vida de cárcel, todos sus días siguieron el mismo curso, pareciéndole iguales hasta perder la noción de las fechas y las estaciones. Tan sólo las visitas de sus familiares sembraban su vida de episodios distintos. Para entretener esa vida que se repetía hasta semejar el transcurso de un único día eterno, cultivaba o daba alimento a las rencillas de sus parientes, aumentaba el tono de las mutuas críticas, y encendía las suspicacias de unos contra otros, mientras se pasaba las mañanas acicalándose las cejas y las líneas de los ojos, como si al perfilarse los mismos estuviese realizando una obra de arte, nunca a la plena satisfacción del artista.

                Como era de esperar, debido a su edad y sus achaques de salud, la muerte le sobrevino a Don Rafael. Gracias a esta afortunada circunstancia, y puesto que el testamento le era favorable a su heredera universal, se abrieron por fin todas las cancelas. Mas, la larga y penosa enfermedad de su esposo, la palidez de sus años perdidos entre sombras, y la absurda función que había representado en espiral durante ese tiempo hueco en su insistente vacío, le habían robado toda la juventud, esa fuerza que ahora necesitaba para hacerle frente a su pasión, desconcertante tras tanto tiempo contenida, y para desafiar al mundo que la miraba con asombro y extrañeza, al ver en ella a una mujer aún hermosa, pero desde luego, en medio de su clara travesía por la senda de la madurez femenina en sus bien entrados cuarenta años. Les llamaba la atención, cuando por fin la descubrieron, que ella se mostrase anclada a unas costumbres obsoletas, como si el mundo no se hubiera movido durante el transcurso de su encierro de veintitantos años. Quizás fue esa especie de ingenuidad ante una atmósfera moderna que no comprendía, esa postura inocente que negaba el paso de los años como si su vida hubiese quedado suspendida en otro instante de la historia, lo que la hizo derrochar sin acierto alguno todos los sentimientos que le quedaban, repartiendo torpemente, como una niña fuera de su sitio, amor, sexo, y dinero a quienes no se lo merecían.

 Los dos hombres a los que más en serio entregó su corazón en carne viva, no quisieron corresponderle con su amor en la misma medida, sino que, más bien por el contrario, le infligieron un daño enconado en el alma del que nunca se recuperó. Uno de ellos se dedicó a jugar al escondite con la emoción desesperada que ella le ofrecía, empleando un cruel despliegue de pares y nones donde jamás llegaba a resolución alguna, sin la decencia de presentarle, al menos, unas honrosas tablas como final del juego. Se trataba de un médico de cierta reputación profesional, que la menospreciaba por su falta de cultura académica, la formación que sus muy humildes raíces le impidieron adquirir. Era rica y todavía bien parecida, y eso fomentaba la atracción, pero en el fondo, no la consideraba a su altura intelectual, por lo que nunca se arriesgó del todo a asumir ni el amor ni el compromiso. Cuando se cansó, se marchó sin más, sin siquiera un adiós amistoso, ni la opción de enviarse saludos cordiales, bien por teléfono, bien en alguna que otra tarjeta navideña, casi como si nunca se hubiesen conocido. El otro fue mucho peor, pues simplemente la engañaba para sacarle los cuartos, con la eterna promesa de dejar a su mujer un día de estos, (ya que estaba casado y con tres hijos), mientras en realidad no tenía ni la más mínima intención de separarse, y sólo utilizaba su oportuno matrimonio como excusa para no formalizar en ningún momento la lucrativa relación. La esquilmó sin piedad durante varios años a cambio de unos ratitos de cama donde la fantasía de ella ponía el resto de la ilusión amorosa, hasta que, harto de la situación, y tras haber conseguido una sustanciosa fortuna, coche y casa incluidos, le expuso de par en par la verdad por delante con toda su crudeza, y la abandonó sin más, mientras ella se hundía en una depresión que no era capaz de reconocer, pues le había arrancado las pocas migajas de autoestima que todavía conservaba. Ella se pasaba las horas escuchando baladas amargas para llorar hasta casi desvanecerse, con la sensación cortante, como el cristal roto bajo los pies desnudos, de que su vida ya no tenía sentido, y de que todo el poder del que había hecho gala mientras era una joven de belleza exquisita y turbadora, se había agotado para siempre.

 Esa juventud, consumida y llorada con rabia, a estas alturas resultaba ya irrecuperable, tan irrecuperable como ahora, ya anciana, lo era el inconmensurable don de la vista, que la había despojado de toda posible independencia de su cuerpo, aprisionado sin remedio en la oscuridad que velaba sus ojos, dos trozos de vidrio deteriorado, turbios y apagados, como charcos de agua sucia amarilleando en su irremisible degradación.

 Pensó que aquella angustia, la indefensión que desgarraba su ser con la ceguera en medio de una abrupta soledad, sería tal vez una forma de anticipación de la muerte, una historia de final tortuoso dividido en capítulos lentos y arduos de leer.

                El pomo de la puerta se había perdido por algún rincón traicionero, por más que sus manos arañaban el aire con desesperación en su búsqueda. No había nadie para mostrarle el camino. Todo un bosque de tinieblas impenetrables delante de ella, y el pomo sin aparecer. El teléfono chirriaba como un niño hambriento, minando sus nervios desde un origen misterioso que nunca alcanzaría, agitada por el deseo de descifrar su mensaje imposible en esa voz que nunca podría escuchar. Los interruptores de la luz se habían esfumado, o eso le parecía, aunque tampoco serviría de mucho hallar la tenue y difuminada marca de algún que otro bulto encriptado, que era lo único que esa pobre iluminación le podía ofrecer. Las paredes eran muros infinitos, de horizontalidad idéntica e igualmente verticales, un laberinto liso del que no asomaba ningún rumbo conocido. Sus pasos desconcertados no la llevaban a ninguna parte…

 Entonces, en la cerradura principal de la casa, alguien colocó una llave. Sonaron las vueltas de la misma, y la puerta se abrió. La voz de una de sus sobrinas recorrió la masa de niebla oscura que invadía el ambiente, y retumbó como si fuera un estallido o un trueno anhelado. Un suspiro de alivio frenó la descontrolada carrera de su corazón. Era su sobrina Remedios, que había venido para echarle un vistazo, como solía hacer de vez en cuando por la cercanía de su vivienda. Notó unas manos sólidas como garfios que se posaban sobre el terror sudoroso de su cuerpo. Su proximidad le desveló un bulto conocido, reafirmado por esa voz familiar cuyo sonido se le antojó semejante a las olas de una isla a la que por fin llega el náufrago, exhausto de tanto forcejeo con la adversidad del mar embravecido y potente.

 <<¿Qué haces ahí, tita? ¿Cómo se te ocurre levantarte de la cama sin esperarme? De sobra sabes que no debes intentarlo tú sola. Te he dicho mil veces que tienes que esperarte hasta que yo llegue, y si no puedes esperar, pues me llamas, pero, ¡no lo hagas tú sola! Además, yo ya estaba de camino, mujer… ¡Qué impaciente!>>

 Y agarrada a su sobrina reconoció de nuevo la fisonomía de su casa, esa misma que le había parecido un enigma insondable hacía sólo unos minutos. Y los trayectos pavorosos, llenos de oscuridad e injusticia, volvieron a ser por un momento las estructuras sencillas y familiares que unían su habitación con el cuarto de baño.

Virginia Cobos Yuste

El Puerto de Santa María, 1.993 / 2020