LLEGADA A LUQUE EN AGOSTO (tras hacer senderismo durante muchos kilómetros y horas)
Los monstruos del averno
han mordido la tierra,
y sus graves eructos
salen en ígneas grietas.
El fuego se ha instalado
debajo de las piedras,
y el pueblo se refugia
con llaves en sus puertas.
La ausencia de agua duele
y la calor aprieta,
la canícula asola,
y las almas se encierran.
La sombra es un recuerdo
que cada casa sueña,
y el sol un enemigo
que en toda su grandeza
va desecando restos
de fresco en las aceras.
Hay un vacío anclando
la flama por las calles,
una huida perpetua
donde no queda nadie.
Hay una fuente seca,
¡no puede ni tocarse!,
con su estructura en llamas
y sus grifos que arden.
Se mastica el silencio
en la boca sin aire:
la sed acorralada
va cuajando la sangre.
No hay ni una ventana
que abra sus cristales,
ni una rendija al viento,
ni alguna voz que hable,
solo un brusco desierto,
un abandono exangüe
donde un reloj avisa:
¡las cuatro de la tarde!