Mística (09Marzo 2020)

20200309_125254Mística (09 Marzo 2020)

Te busco.

Te busco siempre.

Miro en los huecos negros del pavor

y en las ciénagas frías de los bosques.

Me asomo a los vacíos insondables

donde hasta el eco me quita la paz,

para ver si la búsqueda me lleva

a algún leve detalle de tu rostro.

Te llamo.

Te llamo siempre.

Tiendo a llamarte con un apellido,

aunque sé de tus múltiples lenguajes

y de la infinitud de condiciones

por las que los humanos te definen,

mas, me aferro a ese nombre que aprendí

en los tiernos albores de mi casa.

Te siento.

Te siento siempre,

aunque esta razón clara que me embarga

el corazón, a veces se rebele.

Soy expuesta a la ciencia y su cinismo

en una larga lista de certezas

que tal vez no lo son. Cambios de hierro

me dejan en mitad de la ceguera.

Te encuentro.

Te encuentro siempre,

aunque el desierto se empeñe en cargarme

con todas las ausencias, en la nada,

sobre espinadas alfombras de orgullo,

mientras la arena te niega impasible:

Te presentas detrás de alguna curva,

das constancia de ti, y me sorprendes

con pequeños asuntos misteriosos

que no entran al discurso del cerebro.

Estás ahí.

Ahí estás siempre.

Es un rastro tejido en la esperanza,

sentada en el columpio del reloj.

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FRENTE A LAS MONTAÑAS (24 Febrero 2020)

 

 

FRENTE A LAS MONTAÑAS (24 Febrero 2020)

ATARDECER B

El atrevido azul, casi guerrero,

se puede masticar. Calla la tierra,

y sólo el aleteo repentino

de las palomas en la chimenea,

o algún leve trinar entretejido

con lejanos ladridos por la espesa

anatomía del verde horizonte,

rasga el silencio agudo de la sierra.

Aquí y allá, los cencerros señalan

el tranquilo pastar de las ovejas,

y algún gallo pregona su legado

como un paje del sol entre las hembras.

 

Un olor desde el campo se desliza

por las paredes blancas y las tejas,

y en su empeño se une a las volutas

grises y caprichosas de la leña:

es el ocaso que se asoma al frío

que empieza a recorrer calles y sendas,

y mientras las ventanas aparecen

en un tapiz cuajado de luciérnagas,

si algo quedaba aún del ajetreo,

la tarde lo apaga y cierra las puertas.

 

El tiempo se duplica aquí, se extiende

como las sábanas en la azotea;

las horas ríen ociosas en la fuente,

y el día circular, su sombra acuesta.

BENAOCAZ, CALLE CUERVOS (Febrero 2020)

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Benaocaz,  Calle Cuervos (Febrero 2020)

La firme dentadura de la roca

con su verde entramado de quejigos

y encinas, que hacia el sol claman, testigos

del tímido calor que se desboca,

en un Febrero que en el aire toca

la dulce sumisión de sus amigos,

con el espacio claro,  sin abrigos,

va esperando a la noche, que se enroca

en su arenoso rastro de la sal.

Reconozco mi alma, absurda, loca,

piel enredada, un talud de cal,

la curva recogida, traicionera,

entre flores salvajes del parral

en la calle que sube la ladera.

 

NUESTRO SIMPÁTICO PLATERO (Febrero 2020)

Platero A

 

NUESTRO SIMPÁTICO PLATERO (Febrero 2020)

 

La mañana espléndida de la sierra se desparramaba por el paisaje desde un sol quizás demasiado irreverente para el invierno. El ingrávido horizonte azul, drapeado de verde brillante, nos llamaba hacia el sendero terroso que lleva de Benaocaz al Salto del Cabrero, aunque sabíamos que no podríamos avanzar, sino sólo asomarnos a la entrada de la ruta, pues no nos habíamos puesto la indumentaria adecuada, especialmente en lo que al calzado se refiere, ni tampoco disponíamos del tiempo suficiente para culminar con éxito la tarea. En cualquier caso, no albergábamos más pretensión que disfrutar de un corto paseo por el campo.

Al principio del sendero, pudimos ver a un lado una piara de tranquilos cerdos que dormitaban bajo el gratificante sol mañanero. Sus orondas figuras grisáceas, acostadas sin mayor preocupación que descansar sobre la tierra desnuda, sin moverse, nos recordaban a un curioso conjunto de turistas, de esos que vienen a tumbarse horas y horas al sol playero del litoral, como esperando conseguir con ello la bendición eterna de los rayos en su piel, en un tenaz intento por conservar el calor, cual posesión permanente que nadie les pudiera quitar al regresar a sus países. Nuestra presencia a media distancia no les supuso a los puercos ni la más mínima interrupción en su plácida rutina, y simplemente pasaron de nosotros, como si no existiéramos, como si no hubiésemos estado allí.

Al continuar caminando, el terreno se fue haciendo más irregular, más pedregoso, más salpicado de pequeñas trampas invisibles, como huecos de sorpresa, socavones escondidos, saltos de nivel inesperados, o aristas ocultas a modo de zancadillas cortantes. A un lado del camino, tras una delgada valla, de pronto nos pareció descubrir una mirada de inocencia absoluta, irradiada a través de un gracioso rostro peludo. Se trataba de un simpático asno plateado de aire contento que venía detrás, pendiente de nosotros tras el fino enrejado. Su persistencia en llamar nuestra atención por fin nos hizo darnos cuenta de que nos seguía con paso alegre y ganas de conversación, observándonos con sus enormes ojos de adorable limpieza. Nos hizo tanta gracia que nos paramos y nos acercamos al animal. Empezamos a hablarle y a decirle piropos, con ese tono dulzón que impregna la voz de una cierta musicalidad infantil, esa misma que los seres humanos tendemos a usar tanto con los animales como con los niños pequeños, y que fuera de contexto puede parecer incluso ñoña, pero, sin embargo, en su momento y contexto concreto, suscita un repentino y agradable sentimiento de satisfacción emocional.

El burrito estaba encantado con el despliegue de mimos y requiebros cariñosos que le estábamos dedicando, se notaba en su mirada feliz, y en el gracioso baile de sus orejas, que giraban como las antenas de un radar al ritmo de las ondas. Nunca había visto en mi vida tanto gozo en un burro. Su marcado deleite se transmitía en una comunión recíproca de emociones que nos esbozó en un instante unas vívidas sonrisas y carcajadas infantiles como cohetes de feria.

Tras este episodio lleno de sal y gratos reencuentros con la fe en el ser humano, continuamos nuestro paseo, adentrándonos cada vez más en la brusquedad del sendero, que ya empezaba a dejar sus lindes en una estructura difusa. Vimos también unas cabras encantadoras que balaban arremolinadas en corrillos como vecinas en plena conversación chismosa, con algunas crías por aquí y por allá, entretenidas en aprender el útil arte de saltar peñascos, ante la impasible supervisión de sus mamás. Asimismo, hallamos grupos de pollos camperos, donde el gallo alfa mostraba su pavoneo señorial y un tanto chulesco, para dejar claro quién mandaba en el corral, mientras las gallinitas se agazapaban silenciosas bajo las ramas de un arbusto inmenso que las cubría a modo de seta gigante, bajo la cual se adivinaban los numerosos pares de patitas nerviosas.

En un momento dado, nos dimos cuenta de que la dificultad de la senda se hacía ya casi imposible de soportar para unos zapatos de ciudad, cuyas suelas casi lisas poco podían hacer frente al arenal resbaladizo y las cortantes piedras cada vez más abundantes. Entonces, decidimos que lo mejor era dar la vuelta para regresar, siguiendo el mismo rumbo de la ida.

Íbamos distraídos, sumergidos a veces en el silencio salpicado de trinos y otras voces animales que el paisaje nos ofrecía, y a veces en nuestras propias conversaciones de humanos urbanitas, un tanto extasiados ante la explosión diáfana de la naturaleza.

De repente, sin esperarlo, escuchamos un grácil rebuzno cromático, a pleno pulmón, como el saludo de un familiar campechano de voz ruda y volumen subido. Ya ni siquiera nos acordábamos del rucho gris plata que tan cálidamente había recibido nuestras palabras zalameras, pero él en cambio sí que nos recordaba, y nos salió al encuentro junto a la delgada verja en un animado intento de volver a llamar nuestra atención. Le habíamos caído bien sin duda, y nuestro pequeño homenaje de mimos se le había quedado grabado en la memoria, pues había bastante gente paseando por el mismo sendero, al ser Domingo, y no cualquier Domingo, sino el Domingo grande de las fiestas del pueblo, y sin embargo, a pesar de la concurrencia de improvisados senderistas, nuestro particular Platero no se había acercado a llamar a nadie más, ya que probablemente nadie más se había fijado en él del mismo modo, y sólo nosotros fuimos obsequiados con su sencilla respuesta de animal afectuoso.¡Qué saludo tan acogedor su alegre rebuzno dirigido a nosotros como un reconfortante acto de reconocimiento! ¡Qué honesta y sincera bienvenida, aproximándose al pequeño risco donde la verja nos dejaba ver la simpática danza de sus ancas! Parece una anécdota demasiado simple quizás, pero para nosotros, más de ciudad que de campo, fue todo un descubrimiento, pues jamás se nos habría ocurrido que un asno, el animal que proverbialmente, (por desgracia), representa el colmo de la ignorancia y la falta total de inteligencia, fuese en el fondo un ser de alma tan sensible y con tanta capacidad para el recuerdo, ya que a pesar de haber interactuado con él sólo unos minutos, 10 o 15 a lo sumo, ese corto periodo de tiempo había sido suficiente para que el simpático burrito estableciese un vínculo con nosotros, con ese amor inconmensurable e incondicional que nos brindan los animales.

Y esa es la esencia de este sencillo relato anecdótico: el profundo deseo de aprender a valorar ese regalo sin precio posible en este mundo, que se encuentra en la magnífica ingenuidad del amor que nos profesan esos seres vivos que no pertenecen a nuestra especie. Nos podemos sentir afortunados.

 

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: ELEFANTES MARAVILLOSOS (Enero 2020)

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PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. ELEFANTES MARAVILLOSOS (Enero 2020)

 

Ayer, durante esa hora de sobremesa en la que los documentales nos sumergen en el dulce sopor del sueño relajado, me sorprendió desde la pantalla una narración cautivadora, en la que nos contaban una curiosa historia protagonizada por una manada de elefantes africanos.

Sucedió que, allí, en la amplia sabana de un parque natural situado en mitad del África profunda, un grupo de pacíficos y hermosos elefantes fueron sometidos al sufrimiento de una cruel masacre a manos de la ambición desmedida de unos cazadores tan furtivos como faltos de escrúpulos, y me atrevería a decir, que incluso faltos de corazón.

La otrora tranquila manada se transformó de repente, por obra y arte del odio y la inconsciencia del ser humano, en un incontrolado estallido de violencia y agresividad como nunca antes se había visto en dicho grupo, de manera que la sola presencia del hombre desataba un terremoto de trompas airadas, e impulsaba embestidas ciegas, tras las que la velocidad de sus cuerpos, como moles letales, encendía una carrera de columnas vengadoras a través de la vegetación agitada hasta las raíces. Esta constante estampida belicosa convenció a los responsables del parque de que el comportamiento de los elefantes suponía una peligrosa amenaza hacia los turistas que a veces visitaban aquel fantástico espacio natural.

Ante semejante peligro, y a fin de evitar daños mayores, las autoridades competentes decidieron trasladar a la problemática manada a otra zona con medidas de seguridad más sólidas y controladas.

Acabaron, pues, los elefantes protagonistas de esta historia en un área acotada por fuertes vallados, donde se establecía una especie de doble aislamiento con el objetivo de prevenir cualquier conato de ataque a la civilización.

Al observar esta medida, un par de biólogos, muy amantes de los animales, se propusieron recuperar la confianza perdida de los recelosos elefantes, que así habían reaccionado ante la maldad de los malnacidos cazadores cuando éstos habían matado indiscriminada y cruelmente a tantos miembros de su familia elefantina.

Durante casi un año, ambos estudiosos estuvieron acampando junto al enorme recinto en el que habían enclaustrado a los elefantes, para intentar hacerles perder su miedo, y la dolorosa ira que habían desarrollado ante la nefasta actuación de los humanos. Para ello, emplearon un ingente derroche de paciencia y muestras de tranquilidad y cariño, con tímidos y cautelosos acercamientos, siempre con la lentitud y la precaución que imponen la prudencia y el sentido común.

Al cabo de muchos meses, sus esfuerzos dieron sus esperados frutos, pues la portentosa jefa de la manada, bautizada como Frankie, decidió, por fin, darles un voto de confianza a ese par de locos humanos, lanzando paulatinas señales de aceptación. Para ello, la soberbia paquiderma, por primera vez desde su traslado, dejó de barritar estrepitosamente al percatarse de la presencia de los hombres, y asimismo, contuvo su anterior reacción violenta, y en su lugar, pasó a mostrar un significativo silencio, seguido de esa quietud impasible de quien simplemente observa. Por supuesto, el resto de los elefantes se sumó a la nueva conducta que su jefa había adoptado frente a los seres humanos.

El gran, y definitivo, día de la reconciliación tuvo lugar en una luminosa mañana, cuando la magnífica elefanta permitió que uno de los hombres, llamado Lawrence, se acercara lo suficiente al vallado como para encontrarse a corta distancia, y la rúbrica que firmó de una vez por todas el pacto, se produjo cuando Frankie alzó su trompa para tocar cariñosamente a Lawrence, que sintió hasta el fondo de su alma el brillante roce del amor que la hermosa elefanta había optado por profesarle.

Desde aquel día, la firme amistad entre estos paquidermos y los especímenes humanos no sólo perduró, sino que fue aumentando con el tiempo, de manera que el vínculo creado se fue haciendo cada vez mayor, hasta llegar a permitir que Lawrence y su compañero pudieran tocar incluso a las crías. La confianza adquirida a través de esta unión hizo que los elefantes recobrasen la fe en los seres humanos, hasta alcanzar el ansiado punto en el que desapareció del todo aquel violento recelo que un fatídico día habían causado los desalmados cazadores furtivos. Y así, con su nueva actitud de recobrada paz, la manada se ganó la vuelta al parque natural del que un día tuvieron que salir.

Pero lo más bello y emocionante de la historia tuvo lugar cuando se produjo la repentina muerte de Lawrence. Los elefantes, con Frankie al frente, recorrieron casi 1000 kilómetros para presentarse a rendir homenaje a su amigo humano muerto, justo a las puertas de su casa. La manada permaneció quieta y en el más absoluto silencio en la entrada de la parcela de Lawrence, durante 24 horas, sin moverse, cumpliendo con los rigurosos requisitos del más llorado de los velatorios. Y desde entonces, en el aniversario del fallecimiento de Lawrence, la manada, con el sólido paso de Frankie a la cabeza, vuelve al mismo sitio, para cumplir con el ritual, con sus 24 horas de callado homenaje frente a la cancela de la finca.

¡Qué poderosa visión, el grupo de paquidermos mostrando su sentido pésame y su aflicción, majestuosamente, sus enormes contornos dibujados en el tenebroso aullido del viento que cruza la sabana, en la inmensa noche de África, quietos, sin proferir ni un sonido, y sin mover ni un ápice sus magníficas trompas!

Debo confesar que este reportaje no sólo me apartó de la tibia siesta de la tarde, sino que me abrió la emoción de par en par.

 

LA PARCA (Enero 2020)

CALDERA A

 

LA PARCA  (ENERO 2020)

 

OIGO TU NOMBRE, Y EL MIEDO ME INVADE,

ARRASA COMO UN SOPLO DE CATÁSTROFE,

ANGUSTIA DE CALOR QUE SE DERRAMA

INFAME, EN SU BATALLA SIN CONTROL,

DONDE LAS ARMAS RUGEN SOBRE EL BARRO,

EN LA INOCENTE CARNE QUE SE ESCONDE.

 

TU FAZ DESCONOCIDA AMAGA RASGOS

CADA VEZ MÁS CERCANOS, MÁS CREÍBLES,

Y EL PAVOR ME DESVÍA LA MIRADA

PARA NO RECORDAR QUE ESTÁS PRESENTE,

QUE EXISTES CADA DÍA EN CADA ÁTOMO,

EN CADA INCAUTO SER DEL PANORAMA

QUE SE AGITA INCONSCIENTE EN EL PLANETA.

 

MI TEMOR ES SENTIR TU PASO LENTO

ACERCANDO SU SOMBRA INEXORABLE,

VERTE LLEGAR DE FRENTE, A PLENA LUZ,

RECONOCER LAS GARRAS DEL VACÍO

RASGANDO MIS PULMONES ATERRADOS

EN UNA SOLEDAD JAMÁS PREVISTA.

 

Y POR ESO, MI SUEÑO ES ENTREGARME

A LA FELIZ CEGUERA DE QUIEN ANDA

EN LA INCONSCIENCIA DE LOS DECORADOS,

CON LA ILUMINACIÓN DE LOS CRETINOS,

Y EL GOZO ALEGRE DEL QUE NADA SABE.

 

 

 

FELICITACIÓN NO RESPONDIDA (Diciembre 2019) (Si bien, ya sí que fue respondida, en fin de año!)

FLOR DE PASCUA MUSTIA

 

FELICITACIÓN NO RESPONDIDA (Diciembre 2019)

 

Yo me arranqué de las venas

aquella pasión maldita,

yo, que me había tragado

el ramillete de espinas

que el Destino, o malas artes,

forzaron entre mis tripas,

yo, que me había rendido

a tanta ilusión postiza,

yo, que lamento los años

que se escurrieron de prisa

tras una pantalla oscura

donde a veces se exhibían

unas historias de vaho,

con los andamios de arcilla,

yo, hoy me encuentro, sin tiempo,

doblando la última esquina,

sin saber si tú te acuerdas,

siquiera, de aquella vida.

Tanto pagué para nada,

tanto ofrecí que, vacía

de cualquier rastro de fuego

y de emociones antiguas,

he decidido inventarme,

construir estrellas vivas,

bautizarme, aun con las sombras

de la edad ennegrecidas.

 

 

 

HÁBLALE (Diciembre 2019)

ÁRBOL DE LUISRamas A

 

HÁBLALE (DICIEMBRE 2019)

 

Háblale. Sí.

Háblale a ella que tanto te amó,

con las cenizas de nuevas raíces,

desde la vista certera del joven

tronco que busca su sitio en la tierra.

 

Háblale desde ti.

Háblale muy despacio, con el viento

que orquesta el son festivo de las hojas;

cuéntale alguna historia en el perfume

suave y sencillo de la alegre fruta.

 

Háblale. No te calles.

Muéstrale tus misterios desde el fuego,

allá donde tu alma, al fin tranquila,

ha comprendido el texto que las nubes

van escribiendo en párrafos traviesos.

 

Súmate al árbol recién construido,

para que el cosmos brote del recuerdo,

y ofrécele un abrazo de corteza

cuando la tarde se colme de flores.

 

Háblale, sí, sin fin. Ya no te calles.

Ensártale algún beso por las ramas.

Ella sabrá que estás, y que la quieres

en la madera que se extiende y sube

hacia la dimensión de las sonrisas.

 

CUANDO LOS LIBROS SE CIERRAN (26 Noviembre 2019) A nuestro amigo Luis, incinerado hoy.

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CUANDO LOS LIBROS SE CIERRAN (26 Noviembre 2019)

 

La puerta tras tu espalda se ha cerrado,

y el polvo de tus suelas se esfumó

en pos de un fuego negro y recogido

donde plantar un árbol de cenizas.

 

La ventana de gruesa oscuridad

que quedó apuntalada en la mañana,

luce cristales, ya libres de sombras,

abierta al puente que cruzas al sol.

 

Tu diáfano camino ha comenzado,

y la cama a destiempo, ya vacía,

se disuelve en la brillante cancela

de la que no retorna la mirada,

para emprender tranquilamente el viaje

hacia la gran aurora de los libros:

Las páginas ya concluyen su historia

en el resplandor de la estantería.

 

 

 

 

BRUMA (24 Octubre 2019)

 

BRUMA (24 OCTUBRE 2019)

ESTRIBILLO:

Bruma

que me lleva al mar,

gotas,

pura voz de sal,

que me empuja

suavemente

hacia atrás,

a rincones escondidos

que la espuma se tragó.

 

Estabas,

entonces,

en la cara del agua,

cinceles

de rocas

conformaban la noche.

 

Mareas

azules

susurraban acordes,

vaivenes

dorados,

nos hacían de cuna al dormir.

 

ESTRIBILLO:

Bruma

que me lleva al mar,

gotas,

pura voz de sal,

que me empuja

suavemente

hacia atrás,

a rincones escondidos

que la espuma se tragó.

 

Las aves

del alba

iban desde la tierra,

sus limpias

canciones

nos abrían los ojos.

 

Vapores,

aromas,

las señales del día,

el blanco ajetreo,

al templado compás del café.

 

ESTRIBILLO:

Bruma

que me lleva al mar,

gotas,

pura voz de sal,

que me empuja

suavemente

hacia atrás,

a rincones escondidos

que la espuma se tragó.

A esos mundos ya perdidos

que la espuma se tragó.