Yo volvía feliz de la escuela, ensimismada en mis sueños pueriles y mis interminables tarareos, con el cuaderno en la mano, junto con el plumier de plástico, donde guardaba con cuidado el lápiz ilustrado por las tablas de multiplicar, la goma de borrar Milán, y los lápices de colores Alpino que me habían traído los Reyes Magos. Bajo el brazo, llevaba la Enciclopedia Álvarez a todo color, y un pequeño libro de cuentos. Caminaba contenta, con el tiempo abierto como un enorme escenario de fantasía, y la ilusión de la vida aún intacta delante de mí.
Me habían concedido algo así como un premio, justo el libro de cuentos que portaba, titulado “Mi costurero”. Había logrado este preciado galardón por mi lectura, que, la verdad sea dicha, siempre realizaba de manera impecable con gran orgullo, y casi sin esfuerzo, además de una ingente dosis de impostura vocal y dramática, pues de toda la vida me ha llamado el gusanillo del teatro y la interpretación. Para mí era casi una sorpresa observar cómo las maestras se quedaban un tanto perplejas al oírme leer los textos, ya que, entonces, no entendía el porqué de su asombro. Ahora, tras tantos años, y con la docencia a cuestas, deduzco que mi tendencia a la teatralidad realmente indicaba una buena comprensión lectora, muy necesaria, sin duda, para poder darle ese toque dramático a la narración, y eso era precisamente, lo que con tanto aprecio juzgaban las maestras.
Al llegar a casa aquel día, la iluminación que mostraba mi rostro enseguida me delató, y mi madre se dio cuenta de que traía alguna buena noticia. Al instante me preguntó cuál era el motivo de tal contento, y yo le respondí atribulada por los nervios que en el colegio me habían hecho leer un texto en público, en una especie de concurso con la participación de alumnas de distintas edades y clases, y que habían decidido darme el premio a mí. Tras contárselo y con el gesto de alegría aún chispeando brillo en mis ojos, le enseñé el ejemplar de “Mi costurero”.
Mi madre, con el gozo más absoluto rebosándole por cada poro, me dijo que esa hazaña se merecía una recompensa, algo de su parte, algo en lo que ella dejase su impronta personal para demostrarme todo su inmenso amor. Mi contestación no se hizo esperar. Casi de inmediato le solté mi deseo, que brotó como del instinto:
<<Mamá, quiero un pisto de los tuyos. ¡El mejor del mundo!>>
Esa era la recompensa única a la que yo aspiraba siempre en las grandes ocasiones o la celebración de algún éxito, como era el caso: el degustar a mi antojo y placer ese exquisito plato que mi madre preparaba con esmero y tiempo, pues todo lo hacía a mano, como era habitual en la época, pelando las verduras con mimo y paciencia, y cociendo y friendo la diversa y variopinta mezcla de ingredientes que el plato requiere.
Me acordé de aquel pisto cuando vi la película “Ratatouille”, porque ese plato me pareció muy similar, tanto en los ingredientes como en la elaboración, y también el duro crítico gastronómico de la película, Anton Ego, me hizo recordar al maravilloso pisto de mi madre, cuando dicho crítico probador aparece en esa famosa escena en la que se deleita tanto con el plato, que vuelve al pasado y a su niñez dorada, igual que al verlo yo también regresaba a aquel día de la celebración de mi triunfo en la lectura con el amoroso pisto de mi madre como premio. Nunca he ganado un premio mejor.
En el humilde espacio de opinión que la experiencia me brinda, afirmo que la tarea de volver a empezar es DOBLEMENTE difícil. Y, ¿por qué digo yo que la dificultad en esa situación está duplicada? Pues, porque, en principio, una cosa es empezar, a secas, cuando hay que edificar en un terreno limpio y desbrozado, y otra es volver a empezar, en cuyo caso es necesario reconstruir sobre ruinas, y ya no se trata tan solo de iniciar un nuevo camino, ni de simplemente inaugurar una senda inexplorada en la que rutila con fulgor la ilusión de las construcciones por levantar. No, no se trata solo de empezar, que aun complejo y arduo, se envuelve de entusiasmo y emoción, como todas las primeras veces.
Estoy hablando de volver a empezar, lo cual, supone arrancar de cuajo todo lo anterior, suprimir obligadamente todas las rutinas conocidas a las que se agarra, como al más preciado soporte, nuestro pobre ánimo de simples humanos.
Volver a empezar es salir al aire abierto desde la nada, esperar un milagro del vacío críptico que nos aguarda, soñar con un prodigio regenerador con el que poder trazar un plan virgen, aún por diseñar en el abismo de su fondo ya desierto, porque el pasado se escapó entre los dedos.
Y en esta tan sumamente difícil circunstancia de volver a empezar, el éxito es algo indirectamente proporcional a la edad, pues cuanto más años se arrastran, ya cumplidos en la vida, menos probabilidades nos quedan de emerger airosos, ya que además, este paso, prácticamente siempre, nos viene impuesto por el Destino, y no elegido por la Voluntad.
Sé de lo que hablo porque he tenido que pasar por ahí, por la dura exigencia de empezar de cero con los sesenta años a la espalda. Y también sé que cuando por fin se logra, cuando defines el horizonte desde esa fatigosa posición, la sensación de victoria y orgullo personal llega a la inmensidad, porque el hecho de labrarse una vida nueva, distinta, recién hecha, por estrenar, con el cuerpo ya ajado y el dolor agudo de los huesos latiendo por dentro, premia con una inconmensurable recompensa al pujante deseo de vivir.
En este incontenible torbellino de dolores y recuerdos que sus recién cumplidos 69 años le sella a fuego en el cuerpo, ella se sienta a pensar. Intenta poner en claro cuáles son esas pequeñas y simples cosas, que como decía la canción de Mercedes Sosa, son a las que se vuelve siempre, esas que le dejan el regusto de una cierta dosis de felicidad.
Y piensa, casi de inmediato, en los tiernos abrazos y mullidos besos que recibe de sus nietos, esas flores bellas y fuertes que brotaron de sus raíces cansadas, esas réplicas de ADN que llenan de luz sus espacios oscuros, y donde reconoce gestos y poses, parpadeos y expresiones de sí misma, como en un espejo prodigioso.
Y piensa también en la espléndida vista que contempla tranquilamente desde su sofá, donde la generosidad de la barandilla del balcón, montada sobre una amplia urdimbre de metal, le permite ver, aun sentada, la torre del homenaje del castillo de Alfonso X el Sabio, la vieja espadaña de la Iglesia Mayor, y la barroca y rojiza silueta de la vetusta plaza de toros, de raigambre visceral en la ciudad, y todo ello en el azul celeste e inmenso de los días radiantes, o las grises cortinas de la lluvia. E incluso, bajo la intensa paleta del arcoíris, que a veces se forma en el horizonte, donde al mismo tiempo se cimbrean un par de árboles majestuosos que habitan en el patio de las rancias bodegas.
Y asimismo piensa en el lento placer de saborear una buena loncha de jamón ibérico, seguido de una copa de buen vino, mientras se sumerge en la historia de alguna película, de esas que rezuman calidad. Y quien dice jamón, dice queso, o gambas, de las blancas, o langostinos, de los grandes, o ya puestos, cigalas. O mejor aún, galeras para la final del Falla.
Hay muchos otros detalles, cometas repentinos, que salpican su cabeza al invocar ese ramillete de felicidades sencillas y efímeras, pero condensadas como frescos bombones de praliné: ese instante en el que siente el sol suave del ocaso sobre la arena de la playa, o ese otro en el que baila como una loca irremediable en la penumbra del comedor, inmersa en los vibrantes compases del rock que tanto adora…
Pero también se da cuenta de que hay otra cosa que cada vez se ha convertido en más y más imprescindible para poder gozar de uno de esos momentos de felicidad: la existencia de un aseo cercano. Porque su pobre vejiga maltratada al parir niños muy grandes, se ha dejado vencer hasta hundirse en el canal que no le corresponde, derivando todo ello en un enorme y brutal cistocele. Esta circunstancia unida a la tensión alta y su consiguiente medicación diurética, acaba dando como resultado que la pobre vejiga sea incapaz de aguantar más de hora y media sin soltar su carga líquida.
Y sí, asume, con cierta rabia contenida, que, llegados a este punto, puede decirse que entre esas pequeñas felicidades cotidianas está la sencilla, pero no siempre asequible, presencia de un servicio a escasos pasos de su alcance.
JUGANDO CON MI NIETO A LA ENTREVISTA DE RADIO A (10 Octubre 2025)
Me encanta inventar juegos para mi nieto de cuatro años, que rebosa fantasía, dulzura e inocencia. Uno de los últimos pasatiempos que he ideado para él es el juego de la radio, donde la entrevista, con sus correspondientes preguntas pertinentes, sutilmente orientadas, me llevan sin fisuras al mundo auténtico, tierno, y a la vez lleno de magia que conforma la realidad cotidiana de mi querido niño.
Aquí reproduzco,sin más, el contenido de una de esas valiosas entrevistas en las que la maravillosa honestidad de mi nieto me permite atisbar su día a día, como una verdadera profesional que se asoma al detalle de su vida.
(Entrevista 26 de septiembre 2025. Sirve de micrófono un proyectil de juguete, hecho de gomaespuma con la punta de esponja).
“Buenas tardes, queridos radioyentes de su emisora más cercana, la siempre veraz Radio Macuto, en el 167,89 de la FM para todos ustedes. Hoy nos encontramos en presencia de Don Marco Fernández, que nos va a hablar de su colegio y sus avatares cotidianos en la escuela. Díganos Sr Marco, ¿qué tal es su colegio? ¿Cuál es su opinión sobre el centro en el que cursa sus estudios?
Mi cole está bien. Allí están mis amigos, y me lo paso bien.
¿Eso quiere decir, Sr Marco, que le gusta ir al colegio?
Sí, me gusta mucho. También como allí, pero enfrente, en otro sitio.
Eso significa que el comedor está en otro edificio, ¿no es así? Y, ¿por qué hay que ir a otro edificio?
Las mesas de comer no caben en la clase.
¡Ah, vale! Han tenido que trasladar el comedor a otro lugar porque no quedaba sitio en el núcleo original de la escuela. Y, ¿cómo le ha ido hoy el día en el colegio?
Bien, pero en mi clase hay un niño que se llama Thiago, que le pega a todos los demás, y nos da bocados y arañazos, y la Señorita Patri ya está harta. ¡Lo ha mandado a la silla de pensar!
Y, ¿qué es eso de la “silla de pensar”?
Es una silla que la señorita pone junto a la pizarra para que los niños que se portan mal piensen en lo que han hecho, y ya no lo hagan más.
¿A usted le han mandado a la silla de pensar en alguna ocasión?
No, este año, no. El año pasado me senté allí una vez, porque estaba hablando mucho y no me quedaba quieto, pero ya no lo hice más.
¿Qué me puede decir de las actividades que ha realizado hoy en la clase?
Mmmm, hemos visto algunas letras, que yo ya me sabía, la R y la S, y hemos dibujado, y a mí se me ha caído el lápiz rojo, y he tenido que pintar con un cachito chico.
Me ha comentado usted que suele almorzar en el comedor escolar. ¿Puede decirme qué ha comido hoy, y si le ha gustado?
Hoy me he terminado los macarrones, que me gustan mucho, y también he tomado sandía, pero con la sandía me he manchado…
Bueno, esto es todo por hoy, Sr Marco. Le agradecemos mucho su colaboración con esta su emisora de radio amiga, nuestra apreciada Radio Macuto, que otro día volverá con más reportajes y entrevistas interesantes.
¡Pero yo quiero seguir jugando a la radio!
Bueno, ahora vamos a merendar y a dejar que la voz de la abuela descanse un rato, que esto de reproducir voces impostadas hace que la garganta duela un poquito, ¿vale?