LA AMAPOLA DE CIUDAD (Enero 2019)

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LA AMAPOLA DE CIUDAD (Enero 2019)

 

EN EL FRÍO DE LA CIUDAD,

JUNTO A UNA TRISTE FAROLA,

HA BROTADO UNA AMAPOLA,

COMO POR CASUALIDAD.

 

VENID, VECINOS, MIRAD

EL ROJO DE SU COROLA,

DESAFIANDO, TAN SOLA,

A LA OSCURA REALIDAD.

 

EL CAMPO A PENSAR EMPIEZA:

¿CÓMO ESTA FLOR SALVAJE

QUE DERRAMA EN EL PAISAJE

SU INCONTROLABLE BELLEZA,

ESCAPÓ A MI MAJESTAD?

¡ILUMINADA PROEZA!

 

 

 

 

ME PARECE UN SUEÑO (Enero 2019)

 

ME PARECE UN SUEÑO (Enero 2019)

 

Cuando la mañana empuja a la niebla,

y al frío cargado de oscuridad,

las cortinas lucen piel de victoria,

y es una sorpresa el despertar.

 

En los remolinos de la cabeza

ya no hay hondos pozos que sortear;

allá en la arena duermen los recuerdos,

bajo un cálido cielo de cristal.

 

Estribillo:

Y me parece un sueño de gloria,

que sube envuelto de resurrección;

el agua me dibuja el porvenir,

mi sueño fue llegar aquí,

el sol sentado en el corazón.

 

Cuando las naranjas del firmamento

fluyen en las tardes de la ciudad,

van cerrando las ventanas del tiempo,

y trenzan destinos para estrenar.

 

Ya no me da miedo el techo vacío

que a veces la noche deja escapar,

motas blancas se acunan en los huecos:

la tranquila luz de la dignidad.

 

 

Estribillo:

Y me parece un sueño de gloria,

que sube envuelto de resurrección;

al cielo entrego mi limpio perfil,

mi sueño fue llegar aquí,

el sol sentado en el corazón.

 

EL DEMONIO EN LA CALLE Y EL BOSQUE OSCURO (Enero 2019)

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EL DEMONIO EN LA CALLE Y EL BOSQUE OSCURO (Enero 2019)

 

Esta es una historia cruel

de juventud machacada,

de secretos en las hojas

del bosque en la madrugada,

de insectos en la neblina

donde la vista no alcanza,

y en las pupilas del lobo,

acechos que no descansan.

Aquella tarde de viento

cuando Diciembre mostraba

algunos rizos de sol

sobre el blanco de las casas,

la calle era un sigilo

enconado en la ventana

desde donde un mal podrido

sin corazón, la miraba.

Ella, casi ajena al aire,

y casi recién llegada,

sentía el mundo por abrir

su ilusión aún temprana,

sin notar la sombra negra

que rondaba tras su espalda,

como las gélidas huellas

que despliegan los fantasmas.

 

Cuando con paso tranquilo,

en el tupido silencio

su inocencia caminaba

por la soledad del pueblo,

sumido en calladas siestas,

un demonio carnicero

con las zarpas de ponzoña,

de pronto surgió del viento,

y desalmado arrancó,

de raíz, sus claros sueños;

las llaves de puertas nuevas

y el mapa de los senderos

que el fulgor de su entusiasmo

había trazado en cientos

de sitios imaginados,

cayeron ante el violento

golpe de hiel desatada

desde el fondo del infierno.

Un halo turbio de barro

le atravesó todo el cuerpo,

y aunque intentó con sus pies

soltarse del diablo enfermo,

sus pezuñas eran fuertes,

y aún más mortales sus cuernos.

Y no pudo ser laurel,

ni cisne, ni flor, ni ciervo,

ni la ninfa que los dioses

salvan de monstruos infectos.

 

En el bosque, entre los juncos,

el demonio se reía

mientras ensuciaba impávido

el rumor del agua limpia,

dejando en brusca tiniebla

una ingravidez dormida

que ya nunca haría cuentas

con los meses, ni los días

por tachar al almanaque

florecido de la vida,

porque, cargado de noche

negra, estancada, y maldita,

el diablo había cumplido

su sentencia agria y fija

de sesgar en un instante

una esperanza sencilla,

con su soberbia de muerte

en la sinrazón escrita.

¡El mal fario te mereces,

las rejas más definidas,

una barrera de sangre

para tu hambre escondida,

la guerra de las mujeres

como una nube de avispas,

una maldición perenne

a tu espalda bien cosida!

¡En mala hora miraste

hacia donde no debías,

para incrustar tu penumbra

en la piel de su sonrisa!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL INSOMNIO LIBRE (Enero 2019)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL INSOMNIO LIBRE (Enero 2019)

 

Nunca he sido de mucho dormir. Esa disposición para caer en la dulce bruma del sueño horas y horas, hasta el punto de llegar, incluso, a abrir con las pestañas, aún perezosas, las deslumbrantes cortinas de la tarde, jamás se ha encontrado en mi naturaleza, ni siquiera en los tiempos de apuntes sin fin y sus consiguientes exámenes largos y frecuentes, con la juventud aún inmersa en mi formación, ni tampoco mientras la vida laboral me mantuvo en la persistente obligación de los madrugones diarios en las mañanas todavía oscuras. Quizás, sólo durante aquellos años cargados con el durísimo cansancio de la crianza de los niños, con poca diferencia entre sus edades, sentía a veces el enorme peso de los párpados como losas de hormigón, pues las azarosas imposiciones de sus noches rotas a base de llanto, tos, biberones, y pañales, me dejaban siempre con una sensación de eterna falta de sueño. Debo añadir que tampoco he buscado la espesa saturación de esas siestas prolongadas hasta casi la hora de la cena, pues desde siempre dicha tendencia, (que en mí no se ha obrado prácticamente nunca, al menos en estado óptimo de salud), suponía para mi escasa hambre onírica robarle al sueño de la noche el tiempo invertido en las cabezadas de la tarde, es decir, en mi pobre necesidad de sueño, una hora de siesta, acarreaba el castigo de quitarle una, dos, o más horas al descanso nocturno, lo cual no me aportaba beneficio alguno, sino que más bien, me resultaba una factura demasiado cara, porque el precio, pagado en insomnio, me convertía en un guiñapo sin más fuerza que una tremenda cefalea durante todo el día siguiente. Y como es de esperar, esa misma situación es algo que continúa ocurriendo en el Presente, en grado exponencial, si cabe, ya que, en la actualidad, a una siesta más o menos completa, le corresponde una noche entera en blanco.

Recuerdo aquellas tardes de la niñez que pasábamos mi familia y yo en casa de mi tía, un edificio soberbio, que contaba con tres plantas, una enorme azotea, dotada de inmensos trasteros, (en los que se amontonaban cuadros y muebles antiguos que yo admiraba de vez en cuando aún ignorando su valor), una pequeña capilla en el primer piso, un alto mirador desde donde se podía vislumbrar el ir y venir de los barcos en el puerto, y un maravilloso patio de corte andaluz y techo de cristal, cuya estructura marmórea, relucientemente blanca, presidida por decenas de plantas, permitía que la luz se difundiese por todas las habitaciones que se asomaban al espectáculo de las macetas desde el rectángulo interior. Allí, en las extendidas sobremesas de los adultos, los niños, (mis primos y yo), éramos obligados a dormir la siesta, para así otorgar a los mayores un rato de asueto y relax despreocupado, sin acciones inoportunas, ni trastadas, ni ruidos. Yo, que amaba aquella casa como albergue de muchos tesoros por descubrir, pues sus innumerables rincones, escaleras secretas, y baúles atestados de hermosos vestidos y sombrillas del siglo XIX, constituían el mayor paraíso para las fantasías infantiles, no entendía por qué me veía forzada a gastar las horas de mi rebosante energía en un silencio molesto para mi inquietud, tosca experiencia que se acrecentaba sobre todo cuando comprobaba atónita que mis primos se habían rendido al imán de Morfeo, y todos dormían con una placidez incomprensible para mí, que tumbada, miraba al techo como quien mira la lámpara del dentista, deseando que el tiempo discurriera de una vez para poder desplegar libremente toda la movilidad contenida de mi cuerpo, ansioso por correr, jugar, descubrir … Y si alguna vez, atosigada por el mero aburrimiento caía en un ligero sopor de tal vez 15 o 20 minutos, sabía con certeza, al recuperar la vigilia, que aquellos minutos me iban a costar muchas vueltas desesperadas en la cama en la profundidad de la noche posterior.

Ahora, con la estela de la madurez a cuestas, estoy aprendiendo a sobrellevar el insomnio, porque las dos molestias más graves que éste inflige se pueden resumir en mi opinión en lo siguiente: de un lado, la plena consciencia de que al despuntar el nuevo día nos espera una jornada laboral entera, en la que no es nada conveniente arrastrar el cansancio de una noche sin dormir, en particular si nos vemos en la tesitura de emplear la máxima concentración, bien por tener que conducir, o por alguna otra tarea que suponga peligro para la propia persona y para los demás; de otro lado, el insomnio nos parece más agobiante si tenemos a gente a nuestro alrededor a quienes no queremos perturbar ni con los bruscos movimientos que nos agitan a la espera del sueño que no llega, ni con la luz que necesitamos para ese libro que leemos con el fin de apaciguar el forzoso duermevela, ni con los pequeños ruidos del lecho que cruje al levantarnos, esos que se magnifican en el denso silencio de la noche. El miedo a despertar a quien está cerca aumenta la angustia y la sensación de impotencia ante el insomnio, que siempre es inmune a la voluntad, por más empeño que se quiera poner. Y es ahí donde entra el cambio milagroso que se ha operado en los sentimientos que este problema extrae de mi mente machacada por las madrugadas vacías, porque ahora, en medio de la ansiada estrella que me ha concedido la jubilación, y con el regusto nuevo de la libertad recién descubierta en la aceptación de la soledad, ya no siento el espoleo de las obligaciones del trabajo, ni tampoco el pavor a destruir el sueño nocturno de alguien que comparte colchón, enfadado tal vez por mis inquietos vaivenes bajo las arrugas de las mantas o por mis torpes pasos entre las perdidas siluetas de los muebles sin luz. Las horas blancas de mis noches insomnes son solo para mí, y eso las hace más livianas. Y entonces, entrar en el ámbito del subconsciente, cerrar los ojos y dormir, no parece tan difícil.