ATARDECERES PERDIDOS (24 Octubre 2021)

A mi casa de Benaocaz.

ATARDECERES PERDIDOS (24 Octubre 2021)

Se ha diluido el fondo del paisaje,

mi reino, tan extenso y solitario,

la íntima expresión del sol diario,

claras alturas de dorado encaje.

Nunca más sentiré el tranquilo orgullo

de contemplar la fuga de la tarde

desde la amplia terraza, en quieto alarde,

yo gobernando el centro del murmullo

del silencio viscoso de la tierra,

mientras el tintineo vespertino

se escondía en las curvas del camino,

y entre los verdes dientes de la sierra.

El sueño se cumplió, duró un momento.

Un trozo de niñez por la ventana

fue el resorte de luz que una mañana

me hizo firmar papeles en el viento.

Lo devolví. La cuesta desanduve.

Las llaves apagué bajo la alfombra,

pero acaso, quizás, quede una sombra

en el rincón de cal que un día tuve.

MICRORRELATOS: Y LUEGO LA INÚTIL SOY YO (Agosto 2021)

Y LUEGO, LA INÚTIL SOY YO

 ¡Dios mío! ¡12.000 euros! El irresponsable de mi marido ha sacado todos los ahorros de la cuenta para “prestárselos” al enganchado y retorcido de su jefe, que según dicen, anda metido en asuntos muy turbios. Debe ser que el muy imbécil quiere participar en esos negocios oscuros, porque si no, ¿a santo de qué le brinda al jefe todo lo que quedaba tras vender el piso de mi madre? Ya puedo despedirme de ese dinero, que en justicia es mío. Y él sin ganar un céntimo, sin cobrar las comisiones. ¡Y luego, la inútil soy yo!

 ¿Cómo pudo retirar tanto dinero de la cuenta familiar sin mi permiso, ni mi firma? Seguro que, al revés, a mí no me dejarían…

 ¿Cómo vamos a mantener a la familia?

 ¡Qué oportuno el teléfono! <<¿Diga? ¿Cómo? ¿Han encontrado al jefe de mi marido cosido a balazos?>> ¡Ay, Dios mío!

TRENES QUE SE MUEVEN

TRENES QUE SE MUEVEN (04 Agosto 2021)

                En medio del fresco placentero de la mañana veraniega, en la que el sol subía rotundo desde el horizonte de la sierra, ella se puso a pensar, como de repente, como si acabara de recibir la epifanía de su ser, en el acontecimiento que había estallado en su historia hasta hacerla comenzar el viaje de la vida nuevamente. Y empezó a vislumbrar por primera vez el significado de aquella terrible conmoción, la que había cercenado con una grieta sísmica el curso de su existencia, el amargo momento en el que él decidió abandonarla con el empeño de crearse una precipitada nueva vida a toda costa. Nadie, y menos aún ella misma, entendía cómo era posible que la hubiese dejado así, de pronto, de manera tan inesperada como definitiva, inopinada, fulminante, dolorosa. Menos entendible todavía, dado que todo el mundo, todos, tanto de lejos como de cerca, apreciaban a través de la evidencia más ostensible (y casi insultante para algunos), la íntima complicidad que compartían como pareja, una unión bien avenida para sorpresa de muchos, un dúo cuyo corazón multiplicado por dos acompasaba sus latidos en una sinfonía iluminada y grandiosa, sin importar las incompatibilidades intrascendentes de la superficie. Porque nunca, a pesar de todos los inconvenientes, a pesar de las trabas del destino y la sociedad, nunca fueron un “tú y yo”, sino un “nosotros” firme y sólido, casi desde el principio, una vez salvadas las oscuras y difíciles tormentas de los primeros escarceos, cuando el mundo se presentaba como una muralla sembrada de obstáculos y la apuesta por su relación saltaba la lógica de todas las bancas del sentido común.

  Entonces, ¿por qué esa ruptura súbita, hiriente y voraz, como un huracán desatado ante el asombro asustado de su alma descompuesta en el desconcierto? ¿Por qué este impacto contundente sobre el despertar apresurado de la población que dormitaba tranquila?, ¿por qué ese ataque de desolación, duro como las batallas del temido Atila, tras las cuales, según dicen, no quedaba ni una brizna de hierba?

 La respuesta le llegó a la mente con una simpleza que casi cegaba la visión absoluta de su interior: estaban, siempre estuvieron, en etapas distintas de la vida, porque la diferencia de edad, el salto generacional que los separaba inevitablemente por haber nacido en momentos diferentes del tiempo, los había colocado en senderos tal vez tangentes, pero nunca en la misma dirección ni en la misma fase de progreso. Sin embargo, a pesar de  ese hecho imposible de obviar, llegaron a amarse tanto, a necesitarse tanto, que buscaban, embargados por la ilusión, un punto de encuentro, una estación intermedia en la que abrazarse y vivir, un territorio aséptico para hacerlo suyo, un terreno común, un lugar flotando en alguna nebulosa donde existir compartiendo tiempo y sentimientos, aunque no pudieran en ningún momento olvidarse de la persistente partida de los trenes, porque éstos, sus diferentes trenes, seguían moviéndose. Su ruta continuaba inexorable a pesar de los hermosos lazos plantados durante casi 23 años en esas milagrosas estaciones exclusivas en medio de los destinos.

 Luchar era inútil: no podían negar su propia identidad. Nunca alcanzarían la parada final conjunta; las líneas acabarían divergiendo en el espacio del dolor y el desasosiego, sin pactos posibles ante las leyes de la Física.

 Mas, al ser su adiós un designio de los hados y la impermeabilidad del tiempo, y no la consecuencia de la voluntad, al no haber sellado la convivencia con la amargura del desamor, la indiferencia, o ese desgaste turbio que se enquista en los corazones de algunas parejas con el paso de los años, al no romper su relación de motu proprio, sino forzados por las máquinas de trayectorias antagónicas, su vínculo siempre seguiría latiendo vivo, y los sentimientos, el amor, nunca desaparecerían, pues las emociones no habían sido borradas por la desidia, el odio, la traición, ni tampoco por el fracaso, sino que muy por el contrario, continuaban respirando ahí, en los rincones secretos, cuidadosamente protegidos por la memoria en ambos corazones; la relación tuvo que acabar sencillamente porque sus vidas viajaban en diferentes direcciones, y el viaje debía continuar…   

  Esa fue la conclusión que irradiaba, con certeza indiscutible, la claridad de su pensamiento.

EL JOVEN GORRIONCILLO (20 Julio 2021)

EL JOVEN GORRIONCILLO (19 JULIO 2021)

                Mis agapornis, que ocupan una jaula enorme de dos compartimentos en mi balcón, se ponen a comer, como es típico en ese tipo de aves, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras escarban en el comedero con fuerza, ya que ese es su modo de acceder a la comida, al carecer de manos u otros apéndices para agarrarla. En ese movimiento rápido y compulsivo dejan caer hacia los lados, y sobre todo fuera de la jaula, un estallido de alpiste, que queda desparramado en derredor igual que un curioso baño de confeti, como si la rabia del levante o algún niño travieso lo hubiese diseminado por el suelo, hasta alcanzar bastante distancia.

 Ante tal despliegue de grano apetecible, los gorriones del barrio suelen acercarse a mi balcón, posándose aquí y allá y dando saltitos por toda la terraza, como “periquillo por su casa”, como invitados de urgencia que asisten a un ágape cuya ubicación llevan ya señalada en sus agendas biológicas.

 Durante esta primavera han estado visitando las losas granuladas de alpiste una familia de cuatro gorriones, dos pollos y dos adultos (no sé si macho y hembra). Han venido regularmente, varias veces al día, con la casi exclusiva intención de alimentar a los pollos con los granos esparcidos por todo el balcón. Los polluelos reclaman su alimento mediante una especie de temblor con el que agitan su cuerpo, mientras abren los picos con insistencia.

 Ya han crecido, y he comprobado que uno de los pollos, ya casi adulto, sigue viniendo con frecuencia en busca de ese alpiste fácil al que está acostumbrado. Sé que se trata de uno de las crías porque reconozco sus colores a causa de mi atenta observación durante los muchos meses que han continuado con sus visitas. Me suelo sentar en el sofá que está junto a la puerta de acceso al balcón, que es un lugar privilegiado para poder vigilar los movimientos de las aves.

 Lo que me ha resultado más curioso es el comprobar cómo ese pollo entra en mi balcón con la alegre y desenfadada familiaridad de quien conoce el terreno. Casi no tiene miedo a mi presencia, e incluso, muchas veces, intenta entrar sin perder el ánimo en la jaula de los agapornis, que por supuesto, rechazan al intruso, haciéndole saber que ese es su territorio, y que no tiene derecho a colarse. Pero él se posa con toda tranquilidad en el techo a dos aguas de la pajarera, en los platos de adorno, en los tubos de goma del aire acondicionado que cruzan la parte alta de la pared hasta la unidad exterior del mismo, en la barandilla metálica …

 ¡¡Ojalá pierda el miedo del todo y sea capaz de quedarse a comer impasible aunque yo esté presente y lo suficientemente cerca para verlo!!

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: DE CÓMO LA VERDAD AFECTA A LA POESÍA (04 Julio 2021)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: DE CÓMO LA VERDAD AFECTA A LA POESÍA (04 Julio 2021)

                Tengo tantos libros que no caben en las baldas de las estanterías, y los tengo que colocar en dos y tres filas, unas atrás y otras delante, junto con otras pilas encima de las mismas, a pesar de que hay bastantes muebles de los catalogados como “librería”, con múltiples estantes, los cuales ocupan una habitación entera de la casa, haciendo las veces de pequeña biblioteca personal. Por eso hace un año decidí realizar un inventario casero, que aún no he terminado, pues el material a inventariar parece crecer y multiplicarse de forma mágica e incomprensible, y siempre acaban apareciendo más cosas cuando creo que ya estoy a punto de concluir, y me veo forzada a incluir piezas olvidadas detrás de alguna repisa.

 Y he aquí que, al llevar a cabo esta labor de clasificación de mis libros, me encontré con uno de esos textos que en mi juventud me dejaron una marca indeleble, tanto en la forma como en el fondo, “Confieso que he vivido”, las memorias de Pablo Neruda.

 Recuerdo perfectamente cuando lo leí, gracias al generoso préstamo que me hizo del mismo mi querida compañera de estudios, Maribel Gaviño, y digo generoso porque tardé mucho tiempo en devolvérselo; yo, que de costumbre soy muy lenta en la lectura, pues me regodeo en las palabras como un niño en una golosina que chupa despacio para que no se acabe, fui especialmente calmosa y densa en la lectura de este libro. Me llevaba a veces varias horas con sólo una o dos páginas, en un intento por desmenuzar el lenguaje, por saborear cada oración, para disfrutar del conjunto desde las frases hasta las comas y los puntos. (Después, al cabo de unos años, me compré un ejemplar para que formara parte de mis lecturas de toda la vida).

 Desde entonces, a través de esta obra en prosa, entré de lleno en la poesía de Neruda, y su obra se convirtió en mi referencia de cabecera, una especie de fuente sagrada de raíces líricas. Sus poemas eran como un limpio espejo para mi corazón, que se hallaba a sí mismo reflejado en los sentimientos presentados por el poeta, y en la forma vigorosa y emotivamente terrenal que éste había elegido para su confección.

 Sin embargo, desde que tuve conocimiento de una turbia historia en la vida de Pablo Neruda, ya no lo puedo leer con la misma pasión, ni puedo creerme en el fondo del alma el significado de las palabras que tan certeramente empleaba.

 Pablo Neruda se casó por primera vez con una mujer de origen holandés, María Antonia Hagenaar, a quien él llamaba “Maryka”, con la que tuvo una hija, su única hija, Malva Marina Trinidad Reyes. Pero esta pobre niña nació con una grave enfermedad, la hidrocefalia, una deformidad derivada de un exceso de líquido cefalorraquídeo que produce un aumento en el tamaño de los ventrículos en la cabeza, lo cual ejerce una presión fatal sobre el cerebro. Pablo Neruda rechazó de plano lo evidente y no quiso aceptar el observar en su hija la dolencia a la que todos los síntomas apuntaban con absoluta y fatídica claridad. Y cuando la realidad se volvió tan obvia que era imposible negarla, simplemente optó por esconder a la niña para que nadie pudiese ver que un hombre tan fuerte y viril como él había concebido a una criatura tan “imperfecta”, que sufría una enfermedad tan “poco estética”, una vergüenza insoportable para un padre tan entregado a los cánones de la belleza y a su propio autobombo como varón.

 Sin pensárselo dos veces, abandonó a su mujer y a su hija cuando la pequeña sólo tenía dos años, e incluso les negó el salvoconducto que las hubiera salvado del terrible azote de la Segunda Guerra Mundial, cuando ambas se encontraban en Holanda sufriendo las penalidades del conflicto bélico y sus consecuencias. Por supuesto, ni que decir tiene que tampoco había aceptado hacerse cargo de la manutención de la niña, y ni siquiera fue capaz de ofrecer la ayuda económica que tal vez las hubiese salvado de morir en la indigencia.

 ¿Cómo puede un padre hacer algo semejante a su hija enferma? ¿Cómo podía hacer algo tan inhumano una persona que presumía de luchar contra la injusticia y que siempre andaba colgándose las medallas de la revolución, alguien que se prodigaba en discursos en pro de la igualdad y la conciencia social? ¿Cómo podía hacer tanto daño a una niña desvalida, sola, y de su propia sangre?

 La indignación se apoderó de mí en cuanto leí la historia, que vi corroborada posteriormente en una película, (cuyo título no recuerdo ahora mismo). Me pareció una actitud tan cruel y arrogante, un ardid tan despiadado, que se me estropearon de pronto las huellas que sus poemas habían dejado en mis recuerdos. Fue un desencanto doloroso y de agria fealdad, porque no sólo me enfurecía el vil desamparo que sumía a la pobre criatura en la más absoluta desatención y orfandad forzosa, sino que a mí también me despojaba de mi bagaje poético, de mi antiguo disfrute al sumergirme en su obra.

 Ya nunca sentiré lo mismo al leer sus poemas. Habrá quien diga que no tiene por qué ser así, que la obra sobrevive y sobrepasa al escritor, y que se puede contemplar y gozar de forma aséptica, abstrayendo el contenido de las anécdotas reales de su creador. Pero yo creo que eso no es posible con la poesía, pues en dicho género se apela al sentimiento, se desgaja el corazón para que otros reconozcan en las palabras sus propias vivencias y acaben por hacer suyos los versos como si albergaran sus propias emociones. Es una especie de intercambio de sensaciones que llegan a admitirse como parte de la experiencia de quien se digna a entrar en las estrofas en busca de una señal auténtica. No ocurre lo mismo en el caso de otros géneros literarios, como la novela o el teatro, donde sí se puede desvincular la lectura del autor, ya que los personajes adquieren vida propia, y la historia lleva sus propios derroteros, ajenos a la mano que les dio la vida en la ficción.

 Para mí es imposible desligar el significado de los conceptos que aparecen en el poema y la verdad que aparece agazapada detrás. Y por eso, si leo un poema de Pablo Neruda donde habla de confianza, amistad, entrega, amor, ¿cómo voy a creerme tales términos? ¿Cómo voy a darles valor sabiendo que quien los utiliza tenía un alma de piedra? Sólo puedo ver en su obra el resultado de un ejercicio de grandiosa destreza lingüística, un hábil juego de palabras con la sonoridad adecuada y el ritmo perfecto, los requisitos para crear un poema de magnífica artificiosidad, pero carente de sentimientos honestos, y por tanto, carente de verdad.

 Ahora, cuando leo o recito “Inclinado en las tardes/ tiro mis tristes redes a tus ojos oceánicos…”, por ejemplo, necesito hacer un esfuerzo titánico para volver a sentir lo que ese poema me inspiraba. Y si lo consigo, no es por el poeta, sino por la fuerza de mis recuerdos que rescatan los versos de la fría ignominia de su autor para insertarlos en mi propia memoria y en mis propias vivencias, donde sí que hay emociones auténticas.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL OCIO (26 Abril 2021)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. EL OCIO (25 Abril 2021)

                En esta convulsa situación en la que nos encontramos, a causa sobre todo de los estragos que el virus Covid-19 está produciendo en nuestro modelo de sociedad, he escuchado a algunas personas decir que sería necesario orientar nuestra base económica hacia otros derroteros que no se alimenten exclusivamente de los viajes y el turismo. Es cierto, y refulge por su obviedad, que la economía debe estar diversificada, y que su andamiaje fundamental no está a salvo de las sacudidas financieras si no dispersa sus raíces por diferentes campos económicos. Pero, ¿eso significa que debemos desechar por completo la riqueza que puede representar el sector turístico? A mi humilde modo de ver, desde luego, no tiene por qué ser así.

 Para empezar, podemos incidir en el hecho de que cada país, o grupo étnico, o cultura, si queremos llamarlo de ese modo, utiliza sus recursos disponibles para su supervivencia, y en ese sentido, el sitio en el que nos ha tocado nacer y vivir, España, posee afortunadamente una veta inmensa de “bienes” apetecibles para los turistas, como el sol y el clima benigno, los  museos, los monumentos y demás lugares valiosos y emblemáticos, que siguen estando ahí, por muy manido o tópico que resulte el nombrarlos.

 Sin embargo, yo quisiera ir más allá, y no quedarme en la superficie del asunto. Desde esa perspectiva, lo que verdaderamente me mueve a defender el entramado del intercambio cultural que conlleva la actividad turística es la convicción de que el ocio es precisamente la gran conquista del hombre en la era actual, y por ello, todo lo que suponga esfuerzo para protegerlo rueda a favor del desarrollo mismo de los humanos a través de la historia.

 Si nos fijamos, la humanidad no ha cambiado demasiado en el transcurso del tiempo, excepto en el hecho de que el ocio se ha ido extendiendo a todos los estratos de la sociedad cada vez más, caminando en conjunto con los períodos extensos de paz, lo cual parece querer decir que es justamente esa posibilidad de disfrutar del tiempo con una libertad inusitada lo que distingue la era contemporánea de otros momentos del pasado, sobre todo porque en la actualidad el regocijo ocioso no queda limitado por los muros insalvables de las clases sociales, sino que muy por el contrario, el éxito de la clase media lo ha difundido como un elemento más de la cotidianidad. Desde la abolición de la esclavitud y los horarios de trabajo inmorales, hasta el magnífico logro de la semana laboral reducida a 35 o 40 horas, con sus correspondientes períodos de descanso, y días de fiesta, la evolución humana parece estar ligada a la consecución del ocio, la recompensa implícita en esos momentos que son para nuestro propio disfrute sin más objetivo que sentirnos a gusto y libres, haciendo aquello que nos apetece sin tener que dar cuentas a nadie.

 Los animales en su entorno natural no saben lo que es el ocio. Sus vidas están marcadas por los horarios que programa el instinto de acuerdo con sus necesidades de supervivencia, tanto para los individuos como la especie. Las cebras no se pueden permitir dormitar alegremente junto al lago, despertando con dulce sosiego para retozar entre los pastos a su libre albedrío, con el éxtasis del hermoso paisaje en su mirada y el paso tranquilo de quien se reconoce en su hora de descanso. Han de permanecer siempre alerta por si asoma de repente alguno de sus depredadores, que tampoco gozan de horarios de trabajo establecidos de forma exacta por una ley escrita. Sólo atienden a las normas que dicta la Naturaleza, en función de pautas biológicas que no pueden alterar ni modificar. Los animales salvajes no realizan sus actividades vitales para buscar un rato de descanso y disfrute de manera consciente, y ni siquiera pueden llegar a “saber” lo que significa dicho concepto. Sólo las mascotas, cuya evolución se ha desarrollado tras la sombra del ser humano, llegan a experimentar la despreocupación del ocio, pues sus vidas dependen de las nuestras y adquieren los mismos hábitos y rutinas. Sus horas libres no son parte de su herencia genética, sino más bien la consecuente extensión de las costumbres de sus dueños.

 Sólo el hombre tiende al ocio, porque este último está íntimamente ligado a la libertad y la autoconsciencia del individuo. En cierto modo, la consecución de un tiempo ocioso ha constituido la meta de cada descubrimiento, especialmente desde que estallara la Revolución Industrial, pues si nos paramos a pensarlo, ¿de qué nos sirve la producción en masa y la fabricación en cadena de todo tipo de elementos, si no es para ahorrar tiempo y trabajo físico? ¿Qué finalidad pueden tener las máquinas y los inventos que disminuyen ostensiblemente la necesidad de esfuerzo corporal, ofreciendo en cambio una indiscutible eficacia en la elaboración final de productos, que no sea el contar con un valioso tiempo de sobra para los trabajadores? La búsqueda de nuevos dispositivos y aparatos tiene quizás como meta última el logro de artículos cada vez más sofisticados que nos ayuden en la vida diaria para ahorrar molestias y estirar el tiempo a fin de obtener más y más minutos limpios de obligaciones.

 Toda esta simple reflexión me lleva a pensar que el ocio forma ya parte de las necesidades humanas, y por esa razón, cualquier planificación que podamos trazar para el sistema económico debe pasar por contar con él y el enriquecimiento y aprendizaje a nivel personal y anímico que pueden surgir del aprovechamiento del mismo. Es decir, la valoración de esta área tan importante de la libertad se fundamenta en la potenciación de aquellas actividades que sean capaces de rellenar grata y positivamente el tiempo de ocio.

 ¡Ojalá podamos volver a los viajes y el turismo sin limitaciones!

LE CANTO Y ME SONRÍE (21 de Marzo 2021)

LE CANTO Y ME SONRÍE (21 Marzo 2021)

Le canto y me sonríe desde el cielo,

su alma en blanco entra en el colorido

de cada nota que toca su oído,

y cada ritmo que le atusa el pelo.

Huele a inocencia, agua, caramelo,

como un milagro que haya sucedido

en el mapa de azúcar escondido

tras el ingenuo afán del terciopelo.

En mi canción se sabe protegido

de las rojas espinas del desvelo;

es un ángel de seda, nata y miel,

y en su mirada veo la verdad

de los enigmas que la eternidad

ha trazado en las líneas de la piel.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL CHOQUE CULTURAL (07 de Marzo 2021)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. EL CHOQUE CULTURAL (07 Marzo 2021)

                Anoche vi en la 2, (que como de costumbre, es una de las pocas vías para este tipo de cine en televisión), una película de coproducción noruega, sueca, y alemana, titulada “El Viaje de Nisha”, y cuyo título original en noruego “Hva vil folk”, es decir “¡Qué va a decir la gente!”, refleja y engloba mucho mejor que su versión castellana la esencia del film.

 La cinta, escrita y dirigida por la noruega de origen paquistaní Iram Haq, se centra en la terrible experiencia que sufre su joven protagonista, una adolescente nacida y criada en Noruega, cuyos padres paquistaníes la quieren someter por la fuerza a las costumbres de su país.

 Es una película desgarradora, de tintes claramente autobiográficos, en la que se presenta con total crudeza uno de los dramas que por desgracia más se están extendiendo en los países occidentales: la cerrazón testaruda y cruel de la primera generación de inmigrantes respecto a sus vástagos, especialmente, y con más ahínco y vehemencia, en lo que se refiere a sus hijas, y los inadmisibles métodos que emplean para obligarlas a perpetuar unas costumbres que a ellas les son del todo ajenas.

Dicha primera generación llega a Occidente con el claro deseo de prosperar y buscar un mejor futuro para su descendencia, pero quieren seguir manteniendo a toda costa los hábitos traídos desde sus lejanas tierras, sin intentar la integración cultural en el nuevo territorio, lo cual es a todas luces (menos para ellos y su cegada y pobre perspectiva) una absoluta incongruencia. Sus hijos, y como ya he recalcado, sobre todo sus hijas, han nacido y crecido en otro país, con otras leyes, otras normas y otras costumbres, pero sus familias, sus padres, se aferran a sus viejas y, vamos a ser políticamente incorrectos, podridas y obsoletas reglas de honor, en las que el sexo, la independencia, la democracia, y, en resumen, la libertad en general, están completamente vetados,  con el insano fin de subyugar a las jóvenes e impedirles hacer uso de la libertad que les ofrece el país al que llegaron sus padres en busca de una vida mejor, pero sin que estos últimos se lleguen a plantear en ningún momento que esa vida mejor, lleva implícita también la libertad como forma de enriquecimiento de la persona, no a nivel económico exclusivamente, sino como el camino que conduce al individuo a trascender de la mera satisfacción de sus necesidades básicas.

 Cuenta Iram Haq en su film cómo fue sometida a un vil secuestro de casi dos años en casa de una tía paterna en Paquistán, donde la llevaron a la fuerza, arrancada de su Noruega natal, a fin de que “entrara en razón” y asumiera como propias las costumbres que tan extrañas le resultaban, y todo ello porque la habían pillado besando inocentemente a su enamorado y pelirrojo novio noruego.

No quiero contar más detalles de la historia porque no es mi intención destripar la narración, sino que, muy por el contrario, mi mayor pretensión es que esta humilde reseña despierte la curiosidad de alguien que acabe planteándose ver la película, que supongo aún está disponible en RTVE a la carta. Quiero destacar igualmente que no pude ver la cinta con tranquilidad, sino que me agitaba en el sofá movida por esa rabiosa inquietud que me produce observar la injusticia impune, e incluso me salieron en voz alta algunos insultos dirigidos a los familiares maltratadores, como si éstos me pudieran oír…

 En fin, se trata de una película muy recomendable por lo que tiene de auténtica y por lo que nos deja entrever de esa tragedia que resulta más cotidiana y más extendida de lo que pudiéramos pensar. De hecho, no pude evitar recordar a una antigua alumna de origen marroquí a la que casaron con 16 años con un señor de 45.