LA CAPA FANTÁSTICA (MAYO 2025)

LA CAPA FANTÁSTICA  (MAYO 2025)

 Aquel día Juanmi amaneció tan nervioso que ya casi no le quedaban uñas, y sus dedos parecían unas dolorosas tiras rojizas con los pellejos diseminados por la piel sin un concierto anatómico sano. Venía arrastrando los nervios desde la noche anterior, en la que apenas había podido conciliar el sueño, rumiando como un ternero asustado la idea de conseguir, por fin, la ansiada capa de invisibilidad que Rubén Gómez, el de 5º A, le había prometido. Rubén, dos años mayor que Juanmi, se había comprometido a traerle la deseada prenda, supuestamente dotada con el don de la invisibilidad, para colmar los sueños de Juanmi, a cambio de 15 € al mes, que este último llevaba abonándole desde principios de curso, allá por septiembre.

 Al chico le había costado mucho esfuerzo juntar religiosamente los susodichos 15 euros cada mes, pues a sus ocho años, la paga que recibía algún que otro fin de semana no pasaba de unos 2 ó 3 euros. Para alcanzar la cantidad estipulada, Juanmi tenía que sablear con astucia zalamera a su querida abuela Paca, que siempre estaba dispuesta a ayudarle con lo poquito de lo que disponía. Pero su abuela vivía en la otra punta de la ciudad, y no se veían con toda la frecuencia que les hubiese gustado.

 Así que, la mayor parte de las veces, el dinero restante tenía que salir de la exigua cantidad que su madre le proporcionaba para el bocadillo. A Juanmi no le importaba el sacrificio si con ello iba a lograr hacerse con la fantástica capa.

 Aquella mañana era la elegida para cumplir su sueño.

 Se encontró con Rubén en el recreo, como otras veces, y tras ponerle en su mano los últimos 15 euros de la inusual compra, éste le entregó una bolsa de Carrefour en cuyo interior se hallaba una especie de capa, fea y tosca, burdamente confeccionada con arpillera, en la que aparecía impresa la frase: “PATATAS DE SANLÚCAR. Producto de España”.

 La decepción en la inocente cara de Juanmi era más que evidente. No era ese el aspecto que su imaginación desbordada había escogido para tan magnífica prenda, que parecía tan solo un saco de patatas, y por unos instantes, la desilusión lo empezó a embargar con enfado y rabia, y a la vez, con unas incontrolables ganas de llorar. Rubén y su pandilla, viendo que el ardid estaba a punto de estropearse, intentaron convencer al chico de la eficacia del artilugio que le habían presentado:

  • ¡Vamos, Juanmi, no seas tonto! No te fijes en lo que parece por fuera. Lo importante es la magia que contiene. ¡Ya verás cómo te convierte en invisible nada más te la pongas por encima!

 Juanmi, con toda la fe y la credulidad de sus ocho años, aceptó las explicaciones de Rubén, y recogió la bolsa, palpando con temblor nervioso la rudimentaria prenda.

 Entonces, decidió poner en marcha su plan. En una esquina del patio estaba Laura, la chica de sus sueños, en animada charla con sus amigas. Sabía que en breve todo el grupo de chicas iría al baño, porque allí, hablaban de sus cosas más íntimas sin demasiada gente escuchando, y sobre todo, se sentían a salvo de la indiscreción de los chicos.

Efectivamente, en breves minutos, Laura y sus amigas se dirigieron al servicio de alumnas, al fondo del patio. Juanmi las siguió prudentemente, a una distancia comedida, con toda su timidez saltando en los latidos disparados de su joven corazón. Al verlas entrar en el baño, se colocó la rústica capa, y convencido de su habilidad para convertirlo en invisible, entró en el servicio de chicas, con el único e ingenuo fin de escuchar sus conversaciones más íntimas, para así poder comprobar si a ella también le gustaba él, como Rubén le había hecho creer.

 Pero, nada más entrar, se montó un estruendo monumental con el atronador griterío de las niñas, que se expandió hasta multiplicar su potencia en los azulejos del baño, como ante una suerte de altavoz improvisado. Dado el volumen de la algarabía, acudió la Señorita Carmen, a la sazón tutora de Juanmi, que andaba por la zona, vigilando el recreo. Se quedó estupefacta ante la escena: el niño Juanmi tirado en el suelo, pues se había resbalado de los mismos nervios al comprobar que no era invisible para las chicas, arrebujado en un áspero y basto saco de patatas, hecho de arpillera, con la cara de color rojo escarlata a punto de estallar de vergüenza, y el grupo de niñas, encabezado por Laura, en medio de un escándalo de voces y chillidos, mezcla de carcajadas y también enfado, al encontrar a un chico en su reducto de intimidad femenino.

 La Señorita Carmen intentó poner orden, empezando por la recuperación de un silencio lo suficientemente denso como para poder preguntar con tranquilidad y sosiego sobre el incidente. Las niñas, casi al unísono, exclamaron que Juanmi se había colado en el aseo de las chicas:

  • ¡Es un mirón, Señorita Carmen, se ha metido en nuestro baño!, dijo Sara.
  • ¡Yo diría que es un cotilla, que se ha colado para enterarse de lo que hablamos!, comentó rabiosa Judith, la prima de Laura.
  • ¡No, no!, gritó Juanmi con la cara encendida y chorreando de lágrimas y mocos. Yo sólo quería ser invisible con esta capa para oír lo que decían, por si decían algo de mí, porque…
  • ¿Porque, qué?, intentó indagar la Señorita Carmen, que volvió a insistir con su interrogatorio.

Pero el niño no quiso decir nada más. Con el alma abierta en canal, y la vergüenza acelerándole el pulso, se calló la verdadera razón de su indiscreta incursión al baño de chicas: le gustaba mucho Laura y quería averiguar si a ella también le gustaba él. Por eso, quería ser invisible.

 La Señorita Carmen, que conocía bien al niño, leyó en sus ojos que no había existido mala intención ni tampoco objetivo reprobable alguno, y simplemente lo ayudó a levantarse, mientras le susurraba al oído: “A ver, cuéntame eso de la invisibilidad”,  con una sensación divertida en su interior al recordar lo que había dicho Juanmi: “Yo sólo quería ser invisible con esta capa…”

 Y al marcharse con la Señorita, Juanmi pudo observar levemente cómo Laura le enviaba una tenue sonrisa en su rostro iluminado.

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