ESAS PEQUEÑAS FELICIDADES (VERSIÓN 2 DE DESDE EL SOFÁ) Enero 2026

ESAS PEQUEÑAS FELICIDADES COTIDIANAS

En este incontenible torbellino de dolores y recuerdos que sus recién cumplidos 69 años le sella a fuego en el cuerpo, ella se sienta a pensar. Intenta poner en claro cuáles son esas pequeñas y simples cosas, que como decía la canción de Mercedes Sosa, son a las que se vuelve siempre, esas que le dejan el regusto de una cierta dosis de felicidad.

Y piensa, casi de inmediato, en los tiernos abrazos y mullidos besos que recibe de sus nietos, esas flores bellas y fuertes que brotaron de sus raíces cansadas, esas réplicas de ADN que llenan de luz sus espacios oscuros, y donde reconoce gestos y poses, parpadeos y expresiones de sí misma, como en un espejo prodigioso.

Y piensa también en la espléndida vista que contempla tranquilamente desde su sofá, donde la generosidad de la barandilla del balcón, montada sobre una amplia urdimbre de metal, le permite ver, aun sentada, la torre del homenaje del castillo de Alfonso X el Sabio, la vieja espadaña de la Iglesia Mayor, y la barroca y rojiza silueta de la vetusta plaza de toros, de raigambre visceral en la ciudad, y todo ello en el azul celeste e inmenso de los días radiantes, o las grises cortinas de la lluvia. E incluso, bajo la intensa paleta del arcoíris, que a veces se forma en el horizonte, donde al mismo tiempo se cimbrean un par de árboles majestuosos que habitan en el patio de las rancias bodegas.

Y asimismo piensa en el lento placer de saborear una buena loncha de jamón ibérico, seguido de una copa de buen vino, mientras se sumerge en la historia de alguna película, de esas que rezuman calidad. Y quien dice jamón, dice queso, o gambas, de las blancas, o langostinos, de los grandes, o ya puestos, cigalas. O mejor aún, galeras para la final del Falla.

Hay muchos otros detalles, cometas repentinos, que salpican su cabeza al invocar ese ramillete de felicidades sencillas y efímeras, pero condensadas como frescos bombones de praliné: ese instante en el que siente el sol suave del ocaso sobre la arena de la playa, o ese otro en el que baila como una loca irremediable en la penumbra del comedor, inmersa en los vibrantes compases del rock que tanto adora…

Pero también se da cuenta de que hay otra cosa que cada vez se ha convertido en más y más imprescindible para poder gozar de uno de esos momentos de felicidad: la existencia de un aseo cercano. Porque su pobre vejiga maltratada al parir niños muy grandes, se ha dejado vencer hasta hundirse en el canal que no le corresponde, derivando todo ello en un enorme y brutal cistocele. Esta circunstancia unida a la tensión alta y su consiguiente medicación diurética, acaba dando como resultado que la pobre vejiga sea incapaz de aguantar más de hora y media sin soltar su carga líquida.

Y sí, asume, con cierta rabia contenida, que, llegados a este punto, puede decirse que entre esas pequeñas felicidades cotidianas está la sencilla, pero no siempre asequible, presencia de un servicio a escasos pasos de su alcance.

¡Un cuarto de baño! ¡Qué alegría! ¡Qué felicidad!

Realmente, se conforma con poco…