EL PISTO DE MI MADRE (28 Febrero 2026)

EL PISTO DE MI MADRE

 Yo volvía feliz de la escuela, ensimismada en mis sueños pueriles y mis interminables tarareos, con el cuaderno en la mano, junto con el plumier de plástico, donde guardaba con cuidado el lápiz ilustrado por las tablas de multiplicar, la goma de borrar Milán, y los lápices de colores Alpino que me habían traído los Reyes Magos. Bajo el brazo, llevaba la Enciclopedia Álvarez a todo color, y un pequeño libro de cuentos. Caminaba contenta, con el tiempo abierto como un enorme escenario de fantasía, y la ilusión de la vida aún intacta delante de mí.

 Me habían concedido algo así como un premio, justo el libro de cuentos que portaba, titulado “Mi costurero”.  Había logrado este preciado galardón por mi lectura, que, la verdad sea dicha, siempre realizaba de manera impecable con gran orgullo, y casi sin esfuerzo, además de una ingente dosis de impostura vocal y dramática, pues de toda la vida me ha llamado el gusanillo del teatro y la interpretación. Para mí era casi una sorpresa observar cómo las maestras se quedaban un tanto perplejas al oírme leer los textos, ya que, entonces, no entendía el porqué de su asombro. Ahora, tras tantos años, y con la docencia a cuestas, deduzco que mi tendencia a la teatralidad realmente indicaba una buena comprensión lectora, muy necesaria, sin duda, para poder darle ese toque dramático a la narración, y eso era precisamente, lo que con tanto aprecio juzgaban las maestras.

 Al llegar a casa aquel día, la iluminación que mostraba mi rostro enseguida me delató, y mi madre se dio cuenta de que traía alguna buena noticia. Al instante me preguntó cuál era el motivo de tal contento, y yo le respondí atribulada por los nervios que en el colegio me habían hecho leer un texto en público, en una especie de concurso con la participación de alumnas de distintas edades y clases, y que habían decidido darme el premio a mí. Tras contárselo y con el gesto de alegría aún chispeando brillo en mis ojos, le enseñé el ejemplar de “Mi costurero”.

 Mi madre, con el gozo más absoluto rebosándole por cada poro, me dijo que esa hazaña se merecía una recompensa, algo de su parte, algo en lo que ella dejase su impronta personal para demostrarme todo su inmenso amor. Mi contestación no se hizo esperar. Casi de inmediato le solté mi deseo, que brotó como del instinto:

<<Mamá, quiero un pisto de los tuyos. ¡El mejor del mundo!>>

 Esa era la recompensa única a la que yo aspiraba siempre en las grandes ocasiones o la celebración de algún éxito, como era el caso: el degustar a mi antojo y placer ese exquisito plato que mi madre preparaba con esmero y tiempo, pues todo lo hacía a mano, como era habitual en la época, pelando las verduras con mimo y paciencia, y cociendo y friendo la diversa y variopinta mezcla de ingredientes que el plato requiere.

 Me acordé de aquel pisto cuando vi la película “Ratatouille”, porque ese plato me pareció muy similar, tanto en los ingredientes como en la elaboración, y también el duro crítico gastronómico de la película, Anton Ego, me hizo recordar al maravilloso pisto de mi madre, cuando dicho crítico probador aparece en esa famosa escena en la que se deleita tanto con el plato, que vuelve al pasado y a su niñez dorada, igual que al verlo yo también regresaba a aquel día de la celebración de mi triunfo en la lectura con el amoroso pisto de mi madre como premio. Nunca he ganado un premio mejor.

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