a través de VENTANAS (Rescatado de 1998)
MARÍA LA PORTUGUESA (Carlos Cano. Versióncon los compañeros del IPEP. Marzo 2019)
LA SIRENA EN LA ALHAMBRA (Carlos Cano. Versión con los compañeros del IPEP. Marzo 2019)
LA EDAD (MARZO 2019)

LA EDAD (MARZO 2019)
AHORA ESTÁS. AHORA NO ESTÁS.
DURA Y ABRUPTA CONSCIENCIA,
QUE NOS NUBLA LA INOCENCIA
PARA NO VOLVER JAMÁS
A ESOS AÑOS, ALLÁ ATRÁS,
EN QUE LA DULCE IMPACIENCIA
SE ACUNABA EN LA EXISTENCIA,
SIN PENSAR EN NADA MÁS.
DE JÓVENES, NOS CREEMOS
EN INMORTAL POSESIÓN
DE ESTA VOLÁTIL MANSIÓN
EN LA QUE, CIEGOS, NACEMOS.
Y AL ACERCARNOS, YA VIEJOS,
A LA ESPESA OSCURIDAD,
HALLAMOS QUE, EN REALIDAD,
NUNCA ESTUVIMOS MUY LEJOS.
NO ES FÁCIL (Escrito en el doloroso Febrero de 2016)
NO ES FÁCIL (Febrero 2016)
No es fácil decidirse a echar cortinas,
ni a cerrar los pestillos de las fotos,
cuando has sentido un círculo de azúcar
completo en cada punto de sus días,
entero, hacia arriba, detallado,
en el centro perfecto del paisaje.
No es fácil acallar la queja sola
en un desolador fundido en negro,
engullido ante el peso de la lógica,
mas al fin a la fuerza consentido,
cuando se han transitado mil senderos
hacia un cénit cuajado de naranjas.
No es fácil acabar mirando al suelo
y encontrarse los pies andando solos,
con un camino gris por horizonte,
y unas manos vacías por destino,
cuando se ha estado al fondo de las nubes,
y se ha conocido el arcoíris,
cuando se ha atestiguado la existencia
de un júbilo de luz en las pestañas
y en las venas, concretas como el cielo,
y el aliento sublime de las olas
que conforman las almas enlazadas
en los pequeños mundos cotidianos.
No es fácil despedirse de la tierra
en la que se ha alcanzado el azahar,
ni despojarse de glorias intensas,
para acabar contando las paredes
y dándole la vuelta a los recuerdos,
con el único fin de buscar luces
que de antemano sabes imposibles.
No es fácil desgajar el equipaje
con la luna durmiendo en la camisa,
ni borrar las señales bien guardadas
en un hatillo luminoso y blanco,
sin poder apoyarse ni en el odio
como un arma de hiel hacia el pasado,
pues odiar es un acto inalcanzable
cuando en tu corazón cabe tan sólo
ese puñado de días eternos,
extendidos al sol como reliquias,
hasta que llegue la noche cerrada
en que los ojos vuelen para siempre.
Febrero 2016
MI CASTILLO DE NIÑA (Canción. Mayo 2016) Lo pongo de nuevo, con la letra.
MI CASTILLO DE NIÑA (Canción. Mayo 2016)
El viento se llevó un día
su rumbo de mimbre y pan,
para cargarla de piedras negras,
y ponerla a caminar.
Y con la espalda apretada
por los golpes del azar,
entró en los bosques desconocidos
con el recuerdo del mar.
Estribillo:
El castillo dorado
con raíces de niñez,
lo transformó
el viento en desilusión,
para empezar otra vez.
De repente el camino
se perdió en un arenal,
se puso en pie
tras el atardecer
sin zapatos para andar.
Con el cuerpo entumecido,
las rodillas de cristal,
cerró los ojos al calendario,
y a la cruel soledad.
El corazón confundido,
inventándose un afán,
guardó las letras para nombrarse,
y así tal vez, comenzar.
Estribillo:
El castillo dorado
con raíces de niñez,
lo transformó
el viento en desilusión,
para empezar otra vez.
De repente el camino
se perdió en un arenal,
se puso en pie
tras el atardecer
sin zapatos para andar.
Se puso en pie
tras el atardecer
sin zapatos para andar.
COMETAS (Marzo 2017)
a través de COMETAS (Marzo 2017)
LA AMAPOLA DE CIUDAD (Enero 2019)

LA AMAPOLA DE CIUDAD (Enero 2019)
EN EL FRÍO DE LA CIUDAD,
JUNTO A UNA TRISTE FAROLA,
HA BROTADO UNA AMAPOLA,
COMO POR CASUALIDAD.
VENID, VECINOS, MIRAD
EL ROJO DE SU COROLA,
DESAFIANDO, TAN SOLA,
A LA OSCURA REALIDAD.
EL CAMPO A PENSAR EMPIEZA:
¿CÓMO ESTA FLOR SALVAJE
QUE DERRAMA EN EL PAISAJE
SU INCONTROLABLE BELLEZA,
ESCAPÓ A MI MAJESTAD?
¡ILUMINADA PROEZA!
ME PARECE UN SUEÑO (Enero 2019)
ME PARECE UN SUEÑO (Enero 2019)
Cuando la mañana empuja a la niebla,
y al frío cargado de oscuridad,
las cortinas lucen piel de victoria,
y es una sorpresa el despertar.
En los remolinos de la cabeza
ya no hay hondos pozos que sortear;
allá en la arena duermen los recuerdos,
bajo un cálido cielo de cristal.
Estribillo:
Y me parece un sueño de gloria,
que sube envuelto de resurrección;
el agua me dibuja el porvenir,
mi sueño fue llegar aquí,
el sol sentado en el corazón.
Cuando las naranjas del firmamento
fluyen en las tardes de la ciudad,
van cerrando las ventanas del tiempo,
y trenzan destinos para estrenar.
Ya no me da miedo el techo vacío
que a veces la noche deja escapar,
motas blancas se acunan en los huecos:
la tranquila luz de la dignidad.
Estribillo:
Y me parece un sueño de gloria,
que sube envuelto de resurrección;
al cielo entrego mi limpio perfil,
mi sueño fue llegar aquí,
el sol sentado en el corazón.
PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL INSOMNIO LIBRE (Enero 2019)
PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL INSOMNIO LIBRE (Enero 2019)
Nunca he sido de mucho dormir. Esa disposición para caer en la dulce bruma del sueño horas y horas, hasta el punto de llegar, incluso, a abrir con las pestañas, aún perezosas, las deslumbrantes cortinas de la tarde, jamás se ha encontrado en mi naturaleza, ni siquiera en los tiempos de apuntes sin fin y sus consiguientes exámenes largos y frecuentes, con la juventud aún inmersa en mi formación, ni tampoco mientras la vida laboral me mantuvo en la persistente obligación de los madrugones diarios en las mañanas todavía oscuras. Quizás, sólo durante aquellos años cargados con el durísimo cansancio de la crianza de los niños, con poca diferencia entre sus edades, sentía a veces el enorme peso de los párpados como losas de hormigón, pues las azarosas imposiciones de sus noches rotas a base de llanto, tos, biberones, y pañales, me dejaban siempre con una sensación de eterna falta de sueño. Debo añadir que tampoco he buscado la espesa saturación de esas siestas prolongadas hasta casi la hora de la cena, pues desde siempre dicha tendencia, (que en mí no se ha obrado prácticamente nunca, al menos en estado óptimo de salud), suponía para mi escasa hambre onírica robarle al sueño de la noche el tiempo invertido en las cabezadas de la tarde, es decir, en mi pobre necesidad de sueño, una hora de siesta, acarreaba el castigo de quitarle una, dos, o más horas al descanso nocturno, lo cual no me aportaba beneficio alguno, sino que más bien, me resultaba una factura demasiado cara, porque el precio, pagado en insomnio, me convertía en un guiñapo sin más fuerza que una tremenda cefalea durante todo el día siguiente. Y como es de esperar, esa misma situación es algo que continúa ocurriendo en el Presente, en grado exponencial, si cabe, ya que, en la actualidad, a una siesta más o menos completa, le corresponde una noche entera en blanco.
Recuerdo aquellas tardes de la niñez que pasábamos mi familia y yo en casa de mi tía, un edificio soberbio, que contaba con tres plantas, una enorme azotea, dotada de inmensos trasteros, (en los que se amontonaban cuadros y muebles antiguos que yo admiraba de vez en cuando aún ignorando su valor), una pequeña capilla en el primer piso, un alto mirador desde donde se podía vislumbrar el ir y venir de los barcos en el puerto, y un maravilloso patio de corte andaluz y techo de cristal, cuya estructura marmórea, relucientemente blanca, presidida por decenas de plantas, permitía que la luz se difundiese por todas las habitaciones que se asomaban al espectáculo de las macetas desde el rectángulo interior. Allí, en las extendidas sobremesas de los adultos, los niños, (mis primos y yo), éramos obligados a dormir la siesta, para así otorgar a los mayores un rato de asueto y relax despreocupado, sin acciones inoportunas, ni trastadas, ni ruidos. Yo, que amaba aquella casa como albergue de muchos tesoros por descubrir, pues sus innumerables rincones, escaleras secretas, y baúles atestados de hermosos vestidos y sombrillas del siglo XIX, constituían el mayor paraíso para las fantasías infantiles, no entendía por qué me veía forzada a gastar las horas de mi rebosante energía en un silencio molesto para mi inquietud, tosca experiencia que se acrecentaba sobre todo cuando comprobaba atónita que mis primos se habían rendido al imán de Morfeo, y todos dormían con una placidez incomprensible para mí, que tumbada, miraba al techo como quien mira la lámpara del dentista, deseando que el tiempo discurriera de una vez para poder desplegar libremente toda la movilidad contenida de mi cuerpo, ansioso por correr, jugar, descubrir … Y si alguna vez, atosigada por el mero aburrimiento caía en un ligero sopor de tal vez 15 o 20 minutos, sabía con certeza, al recuperar la vigilia, que aquellos minutos me iban a costar muchas vueltas desesperadas en la cama en la profundidad de la noche posterior.
Ahora, con la estela de la madurez a cuestas, estoy aprendiendo a sobrellevar el insomnio, porque las dos molestias más graves que éste inflige se pueden resumir en mi opinión en lo siguiente: de un lado, la plena consciencia de que al despuntar el nuevo día nos espera una jornada laboral entera, en la que no es nada conveniente arrastrar el cansancio de una noche sin dormir, en particular si nos vemos en la tesitura de emplear la máxima concentración, bien por tener que conducir, o por alguna otra tarea que suponga peligro para la propia persona y para los demás; de otro lado, el insomnio nos parece más agobiante si tenemos a gente a nuestro alrededor a quienes no queremos perturbar ni con los bruscos movimientos que nos agitan a la espera del sueño que no llega, ni con la luz que necesitamos para ese libro que leemos con el fin de apaciguar el forzoso duermevela, ni con los pequeños ruidos del lecho que cruje al levantarnos, esos que se magnifican en el denso silencio de la noche. El miedo a despertar a quien está cerca aumenta la angustia y la sensación de impotencia ante el insomnio, que siempre es inmune a la voluntad, por más empeño que se quiera poner. Y es ahí donde entra el cambio milagroso que se ha operado en los sentimientos que este problema extrae de mi mente machacada por las madrugadas vacías, porque ahora, en medio de la ansiada estrella que me ha concedido la jubilación, y con el regusto nuevo de la libertad recién descubierta en la aceptación de la soledad, ya no siento el espoleo de las obligaciones del trabajo, ni tampoco el pavor a destruir el sueño nocturno de alguien que comparte colchón, enfadado tal vez por mis inquietos vaivenes bajo las arrugas de las mantas o por mis torpes pasos entre las perdidas siluetas de los muebles sin luz. Las horas blancas de mis noches insomnes son solo para mí, y eso las hace más livianas. Y entonces, entrar en el ámbito del subconsciente, cerrar los ojos y dormir, no parece tan difícil.