Contemplo desde el privilegio de mi balcón flotante, a bordo del inmenso crucero, todo el cuadro que se desliza mientras la nave surca suavemente las aguas de verde profundo del fiordo. Es de tal solemnidad, de tal hermosura que casi abruma, y nos deja con los ojos repletos de ese arte que sólo la naturaleza sabe mostrar. La imagen , en su virgen despliegue de rocas, acantilados, y trazos verdes que chisporrotean aquí y allá, deja fluir agrestes escorrentías y cascadas traviesas, que se despeñan como ansiosas de llegar a su destino. A veces, hay pequeñas coronas de nieve a las que la primavera no ha sido capaz de derrocar, y en la escarpada cumbre del declive, antes de la montaña, la fronda espera en la vanguardia, ante la negra majestad de su reina, allá arriba. Y como en un juego de plasticidad envolvente, se intuyen por las crestas, filas de árboles añejos y custodios, como un ejército guardián de todo el espectacular conjunto.
