FLAMENCO EN CARNE VIVA (Abril 2025)

FLAMENCO EN CARNE VIVA (Abril 2025)

Eres como un acento desgranado.

¡Ya vienes por el aire!

Trepas garganta arriba como un pájaro

que grita en carne viva

la desesperación de alas cumpliendo

su destino final hacia el Calvario.

¡Ya vienes por el aire, ya te acercas!

Cargas la soledad como una sombra.

Te agarras a las cuerdas como un náufrago

que tañe su rosario de cadenas

de sangre consumida por el barro.

¡Ya vienes por el aire, ya te agitas

 con volutas de arena!

¿Adónde vas con esa muerte al hombro?

¿Qué haces con tu instinto derramado

en aceras sin luz, rincones negros,

arcilla rota, cristales temblando?

¡Ya vienes por el aire, te aproximas

con tu desconsolada desnudez!

Llevas la oscuridad ácida y seca

de tu dolor antiguo y solitario.

Tu queja alza una copa de agonía

y esconde un puñal de oro entre las manos.

Llegas y asumes, como de repente,

soportar las columnas de la tierra.

Caracoleas altivo por las voces,

caldeando palmas y alas en los pies,

rumiando los colores desde dentro

hacia el ritmo esencial del corazón.

¡Ya llegas por el aire!

¡Reverbera tu paso!

¡Ya gime la guitarra,

y la penas entonan

su recuerdo enconado!

LA COMISARÍA DE JUGUETE: PEQUEÑAS CONVERSACIONES CON MI NIETO (Abril 2025)

LA COMISARÍA DE JUGUETE. PEQUEÑAS CONVERSACIONES CON MI NIETO (Abril 2025)

Marco (4 años): “Abuela, ¿quieres jugar conmigo a policías y ladrones con mi comisaría? Tengo una comisaría muy bonita.”

Abuela: “Claro, mi niño. ¿Qué comisaría es esa?”

(Acto seguido, Marco va a su cuarto y aparece en el salón transportando un juguete grande que lleva cosas dentro. Me percato de que es una “comisaría” de indudable gracejo, compuesta por una estructura abierta, presentada al corte, como los planos de los edificios, donde me asombra la singular y muy lograda disposición de los elementos, como las puertas batientes, que se abren y cierran, la fachada que simula un curioso acristalamiento, la mesa de ordenador con todos sus dispositivos, incluido el teclado y el monitor, las sillas giratorias, y el helipuerto a escala de la azotea, con su helicóptero y todo.)

Marco: “Tú eres el ladrón, ¿vale? (y me enseña un click con gafas oscuras y mochila sospechosa a la espalda), y yo soy el policía. (Como es de esperar, me muestra un click vestido de agente). Yo tengo un coche de policía, y tú tienes una moto de esas de cuatro ruedas, que sirven para ir por el campo…”

Abuela: “Un quad.

Marco: “Eso. ¡Alto, policía! Estás detenido. (Le coloca unas diminutas esposas en las muñecas  al click ladrón.)Vamos a la Comisaría.”

(Hacemos el ademán de ir hacia el “edificio” moviendo ambos muñecos por la mesa del salón en esa dirección.)

Abuela: “Señor policía, yo no quiero ser malo. Estoy harto de ser malo, y me arrepiento, y quiero ser bueno, porque de ser malo, hasta me duele la cabeza. ¿Me puedes ayudar? Prometo que me voy a portar bien.”

Marco: “Sí, yo te ayudo. Te voy a enseñar el coche de policía. Te va a gustar, y ya no serás malo nunca más.”

(Marco acerca el simpático coche, dotado de sirena y luces azules, que se activan al presionar unos pequeños botones que asoman en la baca del auto).

Marco: “¡Mira! ¿A que es guapo el coche? Te voy a encender las luces para que las veas, pero la sirena no, porque te duele la cabeza…”

Abuela: “Jajajajajajaja. ¡Ay, que me como a mi niño!”

Y SIN EMBARGO, LA VIDA RENACE (26 Marzo 2025)

Y SIN EMBARGO, LA VIDA RENACE (26 MARZO 2025)

El aire atribulado en remolinos

se encrespa en el clamor de las sirenas,

y el eco de sus cantos destemplados

rompe en oscuridad por las esquinas.

Y sin embargo, la vida renace.

El ruido machacón de los talones

en formación estricta y paso pétreo,

arranca mudas sombras en gargantas

que ahogan su pavor, cruzando dedos.

Y sin embargo, la vida renace.

La voraz consistencia de los mapas

apaga sin piedad todas las fechas,

como turbios olvidos que eliminan

y van quebrando el sueño de los niños.

Y sin embargo, la vida renace.

No podemos huir, ya no sabemos

si quedará una flor tras el ocaso,

si algún río valiente se hará plata,

si se verán colores bajo tierra.

Pero hay que agarrarse a la cordura

que asoma como tímido pabilo

de semillas prendidas por el suelo

y cobrizos esquejes misteriosos.

Hay que creer que aún sobran las mañanas

para estrenar sorpresas bajo el sol,

bruñir, acaso, cuerpos deslucidos,

o ventilar espacios de silencio.

Y a pesar de los vómitos de hierro,

la intensa tizne de las humaredas,

y la máscara grave de los ciegos,

la vida nace en cada primavera.

ATARDECER EN VALDELAGRANA (MARZO 2025)

ATARDECER EN VALDELAGRANA  (NOVIEMBRE 2024)

ESTRIBILLO:

Ruedan suaves

las olas y el agua

dulcifica la tarde

en Valdelagrana,

el ocaso del mar

pone punto final

a ese día que busca

su silueta esencial.

Los niños juegan

saltando en la arena,

recogiendo las conchas

de la humedad quieta,

y la gente se va,

bajo un halo de paz,

con rumor de salitre

en la bolsa del pan.

ESTROFA 1:

El sol es como un milagro

que se asoma sin cuidado

en la placidez dorada

que se extiende por la playa, ah.

Los misterios del espejo

tan grandiosos que a lo lejos

trazan detrás de las rocas

los contornos de la costa, ah.

 ESTRIBILLO:

Ruedan suaves

las olas y el agua

dulcifica la tarde

en Valdelagrana,

el ocaso del mar

pone punto final

a ese día que busca

su silueta esencial.

Los niños juegan

saltando en la arena,

recogiendo las conchas

de la humedad quieta,

y la gente se va,

bajo un halo de paz,

con rumor de salitre

en la bolsa del pan.

ESTROFA 2:

En tapiz anaranjado

las gaviotas han dejado

sus blancas plumas al aire,

sus señales en la tarde, eh.

Y para que el sol se esconda,

se van echando las sombras,

sobre aleteos de espuma

que se enredan con la bruma, ah.

ESTRIBILLO:

Ruedan suaves

las olas y el agua

dulcifica la tarde

en Valdelagrana,

el ocaso del mar

pone punto final

a ese día que busca

su silueta esencial.

Los niños juegan

saltando en la arena,

recogiendo las conchas

de la humedad quieta,

y la gente se va,

bajo un halo de paz,

con rumor de salitre

en la bolsa del pan.

ANÉCDOTA NAVIDEÑA DE NIÑEZ E INOCENCIA

ANÉCDOTA NAVIDEÑA DE NIÑEZ E INOCENCIA

 De niña, yo era un desastre a la hora de comer. Comía menos que un gorrión, con minúsculas porciones, y de muy limitada variedad, pues no me gustaba casi nada y me negaba a probar alimentos o platos nuevos. En general, la ingesta era tan escasa que, incluso, en una ocasión, había derivado en una peligrosa enfermedad llamada cetoacidosis, comúnmente conocida como “acetona”, que se da en casos de anemia persistente por inanición. Hasta ese punto llegaba mi inapetencia y mi negación a alimentarme en condiciones.

 Nunca quería comer. Nunca tenía ganas. Mis padres estaban desesperados, consumidos por la preocupación y el miedo por mi salud, en medio de esta extraña situación, que no sabían cómo resolver.

 Y he aquí que a mi padre se le ocurrió una curiosa idea, aprovechando la gran ilusión que yo sentía por la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Un día cercano a la Navidad, me llamó y me hizo saber que por suerte disponía de un teléfono mágico para comunicarse con los famosos Magos, y así contarles las incidencias o vicisitudes que pudieran surgir por mi comportamiento. Por supuesto, el susodicho teléfono sólo podía ser usado por los adultos, sobre todo, los padres, que además eran los únicos a quienes se les permitía mantener conversaciones con los Reyes. Solamente ellos podían hablar y escuchar lo que se decía a través de ese aparato, y también ellos en exclusiva lo podían ver, pues para los niños era completamente invisible. La mágica línea funcionaba sólo para los padres o familiares adultos, pero le estaba vedada a los menores.

 Yo me creí todo esto con la fe abierta e inquebrantable de la inocencia infantil, y cuando mi padre manipulaba el aparato invisible, haciendo girar el mágico dial con el dedo como si marcara el número celestial, y al final comenzaba la conversación con un: “¡Hola! ¡Buenos días tengan sus Majestades!”, yo me quedaba boquiabierta, embargada por la emoción y con los ojos medio saliéndose de sus órbitas. Él continuaba: “Soy el padre de Virginia, de 7 años de edad. Miren ustedes, estamos muy preocupados porque mi niña apenas come, y si sigue así no va a crecer, y además se va a poner muy malita. ¿Cómo? ¿Cómo dicen ustedes? ¿Qué si no se come todo el plato no le van a poner nada, ni tan siquiera carbón? … Vale, vale. Sí, sí, yo se lo digo”, y me lanzaba una mirada fija y potente, una mezcla entre amenaza y súplica. “¿Ves? Mira lo que dicen los Reyes, que si no te alimentas como Dios manda, no te van a traer ni un regalo. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.” Yo asentía con una seriedad de témpano sobre mi rostro, con mi cuerpo temblando por los nervios, y algunas lágrimas que, al resbalar por mi cara azorada, bosquejaban un solemne rastro salado de promesa, hasta mojar mis labios. “¡Sí, sí, papá! Diles que lo voy a intentar, aunque no tenga ganas. Voy a dejar los platos limpios. ¡No quiero quedarme sin juguetes!”, balbuceaba yo, entre hipidos y sollozos. “¡Díselo, por favor, papá! ¡Lo prometo!”.

“¿Han oído eso, sus Majestades, Melchor, Gaspar, y Baltasar? La niña Virginia asegura que va a acabarse los platos que le pongan, y va a intentar comer de todo, así que no dejen de preparar los paquetes con sus regalos para este 6 de enero, ¿de acuerdo?… Vale, vale, sí, así lo hará. ¡Gracias, señores Magos!”, exclamaba mientras colgaba el asombroso auricular.

 Y yo, ni que decir tiene, en la más absoluta convicción de que mi padre había contactado con los Magos de Oriente, procuraba poner todo mi empeño para cumplir la promesa, y recibir gracias a este esfuerzo la recompensa que la mágica Noche de Reyes tenía reservada para mí.

EL AUTOBÚS DE LAS 7:15 (Marzo 2025)

EL AUTOBÚS DE LAS 7:15  (Marzo 2025)

 La tenue luz que aún se despereza en la calle húmeda de relente no basta para poder apagar los potentes faros del autobús, que siguen alumbrando la tibieza del amanecer, mientras el vehículo serpentea con energía en la joven mañana a través de su ruta, cruzando la ciudad que empieza a marcar el volumen de sus ruidos cotidianos, descorriendo cortinas, alzando barajas, vistiendo escaparates, o simplemente levantándose al albur del desayuno.

 Los viajeros, todavía con cara de haberse peleado con el despertador, cubren sus tímidos bostezos, en un intento por enfrentarse al día con la fuerza suficiente para sacarlo adelante. Entre ellos, en la mitad del vehículo, se encuentra la joven Lucía, estudiante de 1º de Filología Hispánica, con sus recién estrenados 19 años, que, apretando los apuntes y los libros contra su regazo, lanza miradas furtivas al muchacho sentado justo al otro lado de su asiento. Ella sabe que se llama Pablo, y también ha averiguado que estudia 3er curso de Filología Románica, porque su madre es francesa, y ese hecho le ha impulsado a estudiar el mundo francófono. A través de unas amigas, a las que ha puesto a investigar para ayudarla en el desaforado empeño de su amor platónico, también sabe que no tiene novia…

 Pablo, a pesar de ir enfrascado en el esquema de ese trabajo que debería haber terminado para su clase de 1ª hora con Don Abundio, a quien todos apodan “el Hueso”, no puede evitar que sus ojos permanezcan fijos sin querer en el hermoso rostro de la chica que va sentada en la zona delantera del autobús. La única información que tiene sobre ella es su nombre, Adela, porque un día alguien la saludó llamándola así, y él se quedó con el cante. También sabe que se baja después que él, aunque ignora en qué parada. Si no fuera por el miedo que le tiene a don  Abundio, seguiría montado hasta ver dónde se apea Adela. Pero hoy no puede ser, pues se la puede jugar con “el Hueso”. Tendrá que darle un buen pretexto a don Abundio para justificar la tarea inconclusa.

 Allá adelante, Adela se agita un poco nerviosa porque va con el tiempo justo al hospital donde trabaja como enfermera. Ha tenido que quedarse con su abuela, y le han surgido algunos percances, como cambiarla y lavarla hasta dos veces. Con todo ello, se ha visto obligada a correr sin más remedio. Desde luego, no le gusta salir de casa así, con esas prisas de buena mañana, pues le da la sensación de que el tiempo ya va acelerado incluso antes de dar el pistoletazo de salida. Eso es muy agotador. Sus pensamientos viajan al norte, a Noruega, desde donde ha recibido una tentadora oferta de trabajo, con alojamiento gratis garantizado, un sueldo 4 veces mayor que el de aquí, y un horario de ensueño, sin carga excesiva de guardias. Y lo más importante, allí le aseguran el reconocimiento respetuoso y agradecido que se merece su labor en el duro mundo sanitario. Pero, claro, está el asunto de su querida abuela…¿Cómo va a marcharse y dejarla sola?

Sentado en el asiento que salta intempestivamente sobre una de las ruedas traseras, está Carlos, un alegre muchacho de planta agradable y ademanes educados, que trabaja como comercial en unos grandes almacenes. Antes, sus ambiciones no iban más allá de ese sueldo mediocre que le permite costear sus salidas y sus diversiones, mientras continúa viviendo en casa de sus padres. Pero últimamente, eso ha cambiado. Desde que toma este autobús, se ha quedado prendado de esa dulce chica que siempre parece abrazar sus libros, y que suele sentarse en la parte media del autobús. Le encanta su aire de ensoñación  y de ingenua intelectualidad. Sabe que se llama Lucía, porque lo vio escrito en una hoja de sus apuntes que una vez se le cayó al suelo, y que por supuesto, él se apresuró a recoger solícitamente, aunque ella no le hizo el menor caso. No entiende qué hay en el brillo de sus ojos, pero de repente, ha empezado a sentirse espoleado por la urgencia de prosperar, de avanzar, de crecer. Quiere volver a estudiar, compaginar sus estudios con el trabajo, sacar lo mejor de sí, para poder, algún día, presentarse ante ella, y decirle: “¡Hola! Me llamo Carlos. Todos los días vamos en el mismo autobús, el de las 7:15…”

CARTA DESDE EL CIELO (Febrero 2025). TEXTO ELEGIDO COMO FINALISTA EN EL V CERTAMEN DE CARTAS DE AMOR DE MAR A MAR. Pequeño homenaje a las víctimas del maltrato.

CARTA DESDE EL CIELO (Febrero 2025)

Querido esposo, amado a pesar de todo, porque mi corazón, inmenso de amor aquellos años, impregnaba la vida como una verdad indiscutible y sólida, con firmes raíces de plata en la tersura de la tierra.

Decías que me amabas. Al principio, tal vez fue así, muy al principio, cuando todavía la perversidad disparatada de necesitar controlarme no se había plantado en tus entrañas, cuando todavía la obsesión tal vez no era más que un germen diminuto que aún no te había inoculado la sinrazón de los celos y el desprecio. Pero después, poco a poco, una densa tiniebla te fue envenenando con un ansia de poder sobre mí que desató la furia de tu alma ya podrida.

Decías que me amabas, que yo tenía la culpa, que te empujaba a descargar tu diabólica idea de la justicia con castigos de hiel y espinas. Llevaste mi vida en cuerpo y alma al grotesco infierno de dolor y vejaciones que tus ciegos impulsos trazaban sin piedad. La tortura se disfrazó de rutina durante años en el más oscuro de los despropósitos, mientras yo intentaba calmarte, cambiarte quizás, arrinconada en las temibles penumbras de la casa.

Decías que me amabas. Incluso aquella fatídica noche en que tu delirante locura decidió hundir ese afilado cuchillo en mi corazón, desde el pecho hasta la espalda, diez veces, diez dardos de muerte que me atravesaron hasta clavarse en el parqué del comedor, porque no podía más. Me marchaba…

Desde aquí, donde mi cuerpo no es más que un recuerdo de ceniza, y mi nombre una triste cifra en algún registro, un número que apunta la vergüenza del mundo como una sombra de tragedias cotidianas, soy libre, estoy en paz. No creo que llegues a tu último destino con el alma aseada al viento. Aunque desearía tu sanación, el odio nunca beneficia a nadie.

¡Qué pena de amor desperdiciado!

Espero que mi absurda muerte sirva de advertencia a alguna incauta para salir corriendo. Decías que me amabas. ¡Qué sabrás tú de amor! ¡Menos mal que el amor existe y es más grande que tu mezquindad!

Adiós, esposo.

LA ÚNICA FAROLA

LA ÚNICA FAROLA (23 Febrero 2025)

 En la perturbadora oscuridad de la noche, la tormenta libraba su salvaje batalla contra el asfalto desgastado de la calle, dejando a su paso, tras el impávido rugido de los truenos y el denso tejido de la lluvia, una legión de charcos redondos y burbujeantes por todo el pavimento.

 La electricidad descargada en la vorágine del chubasco había apagado de repente todas las farolas del entorno, quedando como única fuente de luz los chispazos intermitentes de los relámpagos.

 De pronto, una de las farolas comenzó a parpadear inquieta, como quien sale de un estado de inconsciencia temporal, o como quien abre los ojos tras la anestesia de una complicada operación. Y por fin, tras el ligero titubeo, se volvió a encender sin más preámbulos.

 Una chica que, empapada por la inclemencia del aguacero, intentaba seguir su camino a casa, pudo notar, a pesar de la inmensa tiniebla y la implacable cortina de agua, la aparición de aquella tímida pero firme luz de la única farola que alumbraba en toda la calle, como un sencillo faro en posición de resistencia. Sin pensarlo fue hacia ella, igual que las polillas acuden al resplandor de las lámparas en las noches de verano. Y bajo la luz amarillenta y cálida de la farola, le pareció ver, en un lado de la acera, un extraño bulto, algo parecido a un cesto cubierto por bolsas de basura abiertas por la mitad, a modo de improvisados impermeables caseros. Observó una especie de tenue movimiento, por lo que se decidió a levantar las bolsas mojadas. Con la mayor cautela, y con los nervios afilados y tensos, tratando de contener el temblor de los dedos, palpó entre el revoltijo textil que formaban una manta y un chal de lana. La sensación de tocar algo vivo la sumió en el desconcierto, y al mirar más de cerca, con toda la prudencia de la que pudo hacer acopio, se encontró con lo que menos se podía esperar en una noche tormentosa como aquella: la tierna figura de un bebé. Era un hermoso niño de tan solo una o dos semanas de vida, que se agitaba suavemente, en un intento por hacerse notar y llamar la atención sobre su peligrosa y precaria circunstancia, y aunque se podía percibir el, por el momento, buen estado de salud de la criatura, estaba claro que precisaba ayuda urgente e inmediata.

 La muchacha se desprendió de los plásticos mojados, y recogió al niño con cuidado extremo, abrumada por el miedo, la sorpresa, y la falta de seguridad en sus propias acciones, pues era una chica joven, sin demasiado conocimiento sobre bebés. Aún así, lo abrazó contra su pecho, y más por instinto que por experiencia, lo sostuvo bien arropado con lo que halló seco dentro del cesto. Corrió hacia su portal a toda la velocidad que daban sus piernas, y una vez allí, ya desde dentro, bajo techo, en el seco ambiente de la entrada al bloque, por fin llamó a emergencias.

UNA DIRECCIÓN

UNA DIRECCIÓN (Febrero 2025)

La incertidumbre, como una amenaza,

dividió las fronteras del camino

que allá adelante, ciego, bifurcaba

en un doble contraste sus designios:

uno, la solidez que da la tierra,

el otro tentación, torpe delirio.

Hacia un lado, sin más, se repetía

el solemne proyecto del destino,

una promesa a ciegas en el agua

de la infelicidad rota en un grito.

Hacia el otro, las sombras imprecisas

de un misterio embrujado en vano sino,

la ignominiosa pérdida de todo,

tal vez, fatal caída hacia el vacío.

Por un ramal, las voces conocidas

de lo que desde siempre estuvo escrito,

la cansada llamada del fracaso,

y la inercia del corazón vencido.

Por el otro, el alegre disparate

que le cantan los locos a los grillos,

la apuesta enajenada de la noche,

número de períodos infinitos.

Mas, arrastramos condenas de plomo

donde solo escogemos un sentido,

una sola verdad de cifra sola,

en un solo destello, un solo abismo:

la forzosa función que impone el tiempo

única decisión, un solo ritmo.

No se puede elegir en esta vida

más que una dirección, un rumbo estricto;

no se puede volver hacia el comienzo,

ni desandar errores, ni indecisos,

podemos afianzar un doble juego

para nadar y guardar los vestidos.

El caprichoso azar que nos obliga

a poner todo o nada en un camino,

no perdona si das un paso en falso,

y te impide empezar desde el principio.

CARTA DE AMOR A NINGUNA PARTE (FEBRERO 2025)

CARTA DE AMOR A NINGUNA PARTE (FEBRERO 2025)

 Me he sentado ante la blanca extensión del papel para escribirte, amor, simplemente una carta. Pero, a decir verdad, me abruma un cierto vacío, porque estas cosas, tan antiguas, tan cursis quizás, ya no se hacen. Ahora los lances del amor quedan ceñidos a dos o tres palabras sueltas, palabras multiuso, manidas de tanta repetición, como el tapizado de una silla ajada por el desgaste, como un sucio timbre mil veces pulsado en un descolorido y desvencijado caserón.

 Los amoríos modernos y jóvenes tienen bastante con esos dos o tres términos insulsos, a los que acompañan de algún emoticono, que aun teniendo su gracia visual, inhibe de por sí la necesidad de un vocabulario más complejo o más osado, y da a los mensajes un cierto tono de jeroglífico egipcio.

 Pero, si pudiera, si todavía se llevara esto de escribir cartas de amor, te diría que en aquellos momentos de angustia sin límite, el frío de la habitación estuvo resbalando por los muebles como una pesadilla recurrente, desde las sábanas a la colcha, de la mesilla a las cortinas, desde los espejos sin azogue a la madera en su silencio persistente, desde los tenues hilos de luz hasta la oscuridad porfiada del suelo.

Te diría que el pesado eco que choca contra las paredes, ya no sabe recordar. Te diría que en esta reencarnación de libertad desnuda, tan lejos de las vidas anteriores, las cosas son tan brillantes que puedo verlas antes de que aparezcan, a través de una preclara lucidez que alumbra milagrosamente mi capacidad de pensar. Te diría que mi nombre de antes ha cambiado, la identificación pasada de mi ser, la que nombra una de mis existencias de antaño, se ha caído, como las hojas de los calendarios, y que ya, a estas alturas, escribir una carta de amor de remite borroso y destino perdido, es casi absurdo.

 Y sin embargo, a pesar de todo, aún así, esto, como decía Serrat, “es una carta de amor / que se lleva el viento pintado en mi voz, / a ninguna parte, / a ningún buzón.”