DE LOS RETORNOS IMPOSIBLES (2004)

De los retornos  imposibles

LA MOSCA (I) (En La Pinta en 2004)

En un instante soy como una mosca

diminuta y extraña, sin un nombre,

una presencia que nadie contempla,

espacio inadvertido entre las voces.

En un instante mi tiempo se fue

y ahora que lo sé, ya no hay remedio;

todo puede curar, menos la herida

que asestan los relojes en el cuerpo.

Ese es el modo en que llega la muerte,

que ataca a la materia con sigilo,

va ajando cada huella de tus dedos,

deteriora tu sangre y tu destino.

Poca cosa es el alma en esta lucha,

y nada es lo inmortal contra la carne,

nada el empeño de todos los pasos

que cruzaron el viento hacia delante.

Me he mudado la piel en la de insecto:

pues tú ya no me ves, no me ve nadie.

Me borraron del mundo sin piedad,

me han despojado del rostro y del aire.

No existiré, sin más, por este amor

de amanecer cuando cae la tarde.

Contra el tiempo pequé, y mi condena

me aleja de las líneas de la imagen.

Año 2004

NÚMEROS (II) 

Cuando se esperan números abiertos

la línea de la noche se hace nítida,

se olvida que hay destinos perfilados,

y que el mundo no es más que un punto fijo.

Cuando hay gestos que quedan en suspenso,

como en una oración, como hacia arriba,

se olvida que el camino está trazado,

y nunca hay un regreso hacia la carne.

Son todos los retornos imposibles

que nos dejan exhaustos, sorprendidos,

enfadados, en fin, ante los números

que a cada paso cierran con mil llaves

la proyección de estelas de cristal

que se nos va cayendo en el camino.

Año 2004

NAVIDAD EN LA DISTANCIA (Diciembre 2023)

NAVIDADES EN LA DISTANCIA (DICIEMBRE 2023)

En Oriente, una vez hubo un lugar

por la luz de una estrella coronado

donde un refugio humilde fue encontrado

para Aquel que este mundo iba a salvar.

Dicen que una envolvente claridad

anunció por los campos la venida

del Niño que trazó para la vida

una eterna lección de humanidad.

Desde entonces, ese acontecimiento

se reescribe en un gozo milenario

que pinta de color el calendario,

festejando la Flor del Nacimiento.

Bolas, espumillón y algarabía,

calles engalanadas y balcones,

panderetas, zambombas y canciones

marcan la Navidad y su alegría.

Mas, para mí, en cambio, se ha borrado

todo aquello, de pronto, en los espejos:

y aparecen las sombras a lo lejos

de un destello fundido en el pasado.

Porque ahora, las luces de la infancia

se han quedado a remolque del recuerdo,

en una masa azul en que me pierdo

por la amorfa inquietud de la distancia.

Y lo que para otros resplandece

como celebración de eternidad

es para mí una oscura soledad

que en todos los diciembres reaparece.

MARCOS NO SE LAVA LOS DIENTES (Octubre 2023)

MARCOS NO SE LAVA LOS DIENTES

Marcos era un niño alegre y juguetón, que además tenía muchos amigos, y se divertía muchísimo con ellos. Pero Marcos tenía un problema muy importante: era demasiado goloso, y se pasaba el día comiendo chucherías de todo tipo. Se ponía morado de nubes, ositos, moras de caramelo, chocolatinas, Cheetos, gusanitos, gominolas, chicles de todos los sabores, y muchas cosas más. Cada vez que su abuela le daba un euro, se lo gastaba en chuches sin miramiento alguno. Y lo peor no era solo que se atiborrase de chuches, lo cual podría producirle un empacho. No. Lo peor de todo era que después de zamparse tantas golosinas, Marcos no se lavaba los dientes.

Su mamá no hacía más que reñirle en un intento inútil de controlar la cantidad de chuches que ingería Marcos, porque sabía que cualquier día se podía poner malo. Y también le recordaba constantemente que debía lavarse los dientes con regularidad, ya que si continuaba comiendo tantas golosinas sin la higiene precisa, le podrían salir caries, lo que se suele conocer como “tener los dientes picados”, que además de ser muy feo a la vista, acaba doliendo mucho, y eso hace necesario ir al dentista.

Pero Marcos no hacía caso.

Un día se le cayó un diente, y Marcos, muy ilusionado, colocó la diminuta pieza dental en una pequeña envoltura de plástico de cocina, y una vez hecho esto, lo puso debajo de su almohada, esperando el deseado regalo del famoso Ratón Pérez, que, como sabéis, suele traer algún presente a cambio del diente caído. Todos los amigos de Marcos que habían perdido un diente habían recibido alguna cosita del Ratón Pérez.

Sin embargo, cuando Marcos se despertó esa mañana, nervioso por ver qué le había dejado el Ratón, miró bajo la almohada, y no había nada, ¡nada!, nada más que el mismo diente que había depositado la noche anterior.

Muy triste, y con los ojos a punto del llanto, Marcos llamó a su madre para contarle lo que le había sucedido.

<<¡No me ha puesto nada el Ratón Pérez, mamá! ¿Por qué será?>>, preguntó sollozando.

<<Pues, yo creo que es porque no te lavas los dientes. El Ratón Pérez no quiere llevarse un diente sucio, porque tiene una enorme colección de dientes, y todos están muy limpios. Deberías lavarte los dientes bien y con regularidad. Saca el diente del papel film y lávalo. Verás como entonces el Ratón te regala algo>>

 Marcos hizo lo que su madre le había pedido. Se cepilló los dientes con esmero después de cada comida, y también limpió el diente caído. Lo volvió a colocar bajo la almohada y a la mañana siguiente, cuando miró se encontró un precioso cochecito rojo, una reproducción magnífica de un Ferrari, que además corría casi como un bólido de verdad. ¡Marcos no cabía en sí de contento!

 Desde entonces, no sólo come muchas menos chucherías, sino que también se cepilla los dientes después del desayuno, del almuerzo y de la cena, y por eso luce una dentadura limpia, sana, y espléndida.

CADENAS (Septiembre 2020)

CADENAS (24 Septiembre 2020)

Estas cadenas que amarran mi tiempo

acosan mi vejez, que no descansa,

me lastran cada paso desde adentro,

desde la carne viva, desde el alma.

Es el hierro salido de mi vientre,

mis células, ajenas, pero ancladas

en un cordón de tierra permanente

que abrocha los caminos a mi espalda.

Los años que me comen cual gusanos

se llevan la presteza de mis piernas

y el sólido coraje de los brazos,

mas no el destete agrio de mi estela.

Mi libertad, que es nueva, ha tirado

esa llave de búsqueda en el cielo

y en la grandiosidad ciega del campo,

la que abre el corazón hasta los dedos.

Las puertas del romance al fin se cierran,

guardan sus hilos junto a las arañas:

miro impasible el rastro de las guerras

desde un inmune acero de distancia.

Y ahora que el capítulo, ya viejo,

del frágil corazón se me ha olvidado,

me esclavizan los llantos, a destiempo,

de aquellos que en mi carne se forjaron.

MUCHO MÁS QUE ANIMALES (Octubre 2023)

MUCHO MÁS QUE ANIMALES (Octubre 2023)

  • Buenos días, señorita. Este es el Departamento de Sanidad y Salud Públicas, ¿no es así?
  • Sí, señor. ¿Qué podemos hacer por usted?
  • Me llamo Arsenio Pérez y quisiera comunicar que en mi casa tengo una plaga de chinches. ¿Qué se puede hacer para exterminarlas? Estamos desesperados con la situación.
  • ¿Exterminarlas, dice? ¡Pero, por Dios! ¿Acaso no sabe usted que está totalmente prohibido torturar y matar animales? ¿Cómo se le ocurre?
  • ¿Qué me está diciendo? ¿Que erradicar unos bichos indeseables, molestos, y peligrosos para la salud de mi familia es un delito? ¿Insinúa usted que no puedo aniquilar de ninguna manera esa plaga que nos tiene llenos de picaduras?
  • ¡Por supuesto que no los pueden aniquilar! ¡Son animales, seres vivos, criaturas de la naturaleza!
  • Pero, mire usted, compréndame. Mi hijo de sólo tres años está acribillado por las chinches. No puede dormir, la criaturita, y ya no sabemos qué hacer. No sirven los insecticidas convencionales, no es suficiente con matar a las que podemos encontrar. Siguen ahí, y cada vez hay más. Mi mujer tiene los nervios desquiciados, quiere tirar todos los colchones y canapés y todas las sábanas, mantas y colchas, y que se lo lleven todo a algún sitio donde lo puedan quemar para evitar que vuelvan a salir y a expandirse. Pero eso cuesta mucho dinero. Yo no gano lo suficiente como para poder tirar todo eso a la basura y comprar mobiliario nuevo y ropa de cama flamante. Ni siquiera me llega para pagar el alquiler…
  • Mire, señor, le estoy diciendo que no pueden saltarse la ley y matar animales a su gusto, que es un delito, y si continúa con la misma cantinela, lo voy a denunciar por maltrato animal. ¿Entendido?
  • Pero, ¿eso cómo va a ser? Estamos llenos de ronchas, vamos a caer enfermos, y el estrés y la falta de sueño nos tienen alterados los nervios. ¡A mí me va a estallar la cabeza! No podemos seguir así…
  • ¡Ya le he dicho que…! ¡Oiga! ¿Qué hace?

(Se escuchan sollozos de desesperación y seguidamente, la detonación de un disparo)

  • ¡¡Danerys María!! ¡Otro que se pega un tiro! Llama a Izan y dile que venga a recoger el cadáver para llevarlo al Parque Nacional, que los buitres necesitan comer, ¡animalitos!

LAS MERIENDAS DE CARMELITA (Octubre 2023)

LAS MERIENDAS DE CARMELITA

 Las cosas no eran nada fáciles en mi barrio, un distrito de clase obrera situado en el extrarradio de la ciudad, donde imperaba la pobreza y la lucha constante con los escasos sueldos, cuyas exiguas cifras apenas permitían llegar a fin de mes. Entre sus habitantes había un gran número de trabajadores que mantenían la estabilidad de sus hogares con extenuantes jornadas laborales, que a veces alcanzaban las trece o catorce horas, como era el caso de mi padre. Pero también se encontraban otros padres de familia, de poca especialización en sus empleos y casi nula formación, que sucumbían ante la penuria económica, y se dejaban caer en el abismo del alcohol y el maltrato familiar como rutina de vida.

 Yo, que era aún una niña, no me daba mucha cuenta de lo gravemente dura que era esa situación, especialmente para los niños que la sufrían, aunque por instinto, sentía que aquellas circunstancias eran muy dolorosas y dignas de lástima, como ocurría en el caso de mi amiga Carmelita.

 Carmelita era una compañera del colegio, pero faltaba con demasiada frecuencia a las clases. Llevaba casi siempre la misma ropa raída y cuajada de lamparones, y su aspecto también ofrecía la misma apariencia de suciedad, con la cara sin lavar, donde asomaban restos de tizne de carbón, las manos, al igual que las uñas, ennegrecidas por la roña acumulada, y los pies desaseados como los de un zíngaro nómada. Pero lo más característico, lo que sigo recordando a día de hoy como si la tuviera delante, era su pelo, pajizo, enmarañado y tieso como si no lo hubieran peinado jamás.

 Carmelita venía a merendar a mi casa. Con delicadeza, mi madre le lavaba la cara y las manos antes de la merienda. Ella no protestaba ni se molestaba, al contrario, sentía que se le hacía caso, que nos preocupábamos por ella, y que se le daba un trato digno. Al principio, la vergüenza le impedía comer demasiado, tratando de esconder la urgencia del hambre, pero cuando adquirió cierta confianza, ya se fue atreviendo a coger de todo lo que se le ofrecía: chorizo, mortadela, chocolate, manteca “colorá”, etc., siempre con su generoso trozo de pan correspondiente. Incluso, al cabo del tiempo,  optó por decidirse a repetir. Los colores de tono carmesí que encendían sus cachetes y la mirada alegre que nos regalaba, nos daban cuenta de su enorme satisfacción y de su agradecida felicidad con la abundante, aunque humilde, merienda.

 A veces, yo iba a buscarla a su casa, pero no me quedaba demasiado allí. La impresión de descuido infinito inundaba toda la vivienda. Había porquería por todas partes: platos con restos añejos de comida, cortinas rotas y medio caídas, ropa sucia tirada por doquier, y sobre todo, botellas de vino y cerveza, tanto vacías como aún por acabar, desperdigadas por todas las estancias, incluyendo el suelo. Las botellas usadas dejaban un olor a fermento nauseabundo semejante al de las viejas tabernas.

También en ocasiones, Carmelita aparecía con algún moratón en la cara o en el ojo, y arañazos por todo el cuerpo. Yo no le preguntaba nada, suponía que tener que contar sus terribles avatares la harían sentir aún peor. Simplemente le hablaba como si nada, como si aquello no hubiera sucedido, como si ese no fuera su mundo porque se merecía uno mejor.

 A mi madre y a mí nos daba mucha pena, sobre todo cuando veíamos a su padre arrastrarla por los pelos como un pelele de trapo en medio de la calle, para dejarla después tirada en la acera, mientras se acercaba tambaleándose a su mujer, con quien se enzarzaba en una pelea plagada de violencia y gritos, justo en ese fragor de agresiva borrachera que los hacía estallar. En pleno tumulto, yo le chistaba a Carmelita y le hacía señales desde mi ventana para que subiera y se quitara de en medio, y ella subía corriendo a mi casa, como quien escapa hacia un refugio oculto.

 Me he preguntado muchas veces qué habrá sido de Carmelita. No era nada torpe, y albergaba una especie de veneración por la escuela, que para ella constituía la representación de una realidad bien distinta a la suya. Pero la angustiosa existencia a la que estaba sometida probablemente no le permitió salir de aquella atmósfera enrarecida por los vapores del alcohol y las palizas. No lo sé…Sólo puedo constatar que mientras merendaba y jugaba en mi casa, Carmelita tuvo, al menos durante un rato, algo parecido a una infancia feliz.

TIEMPO DE CASTAÑAS, TIEMPO DE MÚSICA

TIEMPO DE CASTAÑAS, TIEMPO DE MÚSICA

El clima es un pájaro asustado que aletea con aspavientos de terror. La locura que la inconsciencia del hombre ha impuesto a los fenómenos meteorológicos nos deja con estelas de verano en mitad del otoño, con sequías persistentes, con aguaceros torrenciales que todo lo arrasan, y temperaturas descompuestas y enfermas, bailando como locas a un son impredecible.

Sin embargo, yo recuerdo aquellos lejanos noviembres de nubes apretadas de negrura y lluvia intensa, pero no dañina, cuando había que abrigarse y usar el paraguas para ir al colegio. Y, sobre todo, recuerdo aquellas tardes húmedas y frescas en las que acompañaba a mi padre a los ensayos. Caminaba feliz de su mano, con un impermeable amarillo limón, deseando hallar algún charco que pisar con mis botas de agua nuevas.

<<Ten cuidado, hija, que me vas a salpicar los pantalones>>, me advertía mi padre, en suave y cariñosa reprimenda.

 Al salir del entrenamiento musical, ya de noche, sintiendo todavía el dulce regusto de los clarinetes, las trompetas, la flauta y demás instrumentos, solíamos pasar junto a una viejecita, en la esquina de la calle donde se encontraba el local del ensayo. Era una anciana castañera, que removía las ascuas bajo la ennegrecida olla de las castañas, sembrando la calle de un humo de aroma penetrante y casi hipnótico.

<<¡Papá, cómprame un cartuchito de castañas!>>, le rogaba yo, con los ojos abiertos como ventanas mañaneras, y mi padre sonreía mientras rebuscaba unas monedas en el bolsillo.

 Yo regresaba a casa irradiando contento, con mis ricas castañas calentitas, casi quemándome los dedos a través del papel de periódico del que estaba hecho el cartucho.

 Quizás por eso las castañas tienen para mí un nostálgico sabor a La Revoltosa, al Baile de Luis Alonso, a La Leyenda del Beso, e incluso a España Cañí y Amparito Roca, y hasta a la marcha Amargura o Virgen del Valle. El aroma de las castañas se ha quedado fijo en la música, al compás de aquellas tardes entrañables, a las que nunca podré volver más, si no es, únicamente, con la volátil traslación de la memoria.

FELICIDAD EN EL ESPACIO (28 Septiembre 2023)

Cuadro: Niña en la playa

FELICIDAD EN EL ESPACIO (28 Septiembre 2023)

(Homenaje a Joaquín Sorolla)

El Mar Mediterráneo ha florecido

en un eterno cénit luminoso;

el viento frunce el blanco vaporoso

del ágil movimiento en el tejido.

El oleaje, mágico bramido,

deja un húmedo paso cadencioso

en un encuadre grácil y vistoso,

donde mandan la luz y el colorido

Es la inmortalidad de la alegría,

reino del sol, del agua, y de la arena,

la dimensión del mundo en una escena.

Es la niñez, que asoma muy despacio,

en la fastuosidad del mediodía.

Es la felicidad en el espacio.

LA ESCALERA DE FERNANDO (21 SEPTIEMBRE 2023)

LA ESCALERA DE FERNANDO (21 de septiembre 2023)

Fernando lanza un suspiro

hacia el mar en la Alameda:

quiere volver a ese blanco

refulgir de La Caleta,

a las osadas gaviotas

y a la espuma tempranera,

pero no halla el camino

para bajar a la arena.

No hay balaustrada de mármol,

ni escalones de madera,

ni dibujos repujados

en la quebrada silueta;

pero las mullidas nubes

los peldaños le moldean,

y su espíritu desciende

la vaporosa escalera.

<<¡Ay, mi Cádiz, que me fluyes

por las huellas de las venas!

Te reconozco en el aire,

en el salitre, en la siesta,

en las líneas que hacia el cielo

tu mapa de sol recrea,

en las noches arropadas

por el Levante, en la piedra

acrisolada de indianos

que volvieron a su tierra.

Yo me quedo con el nombre

tendido en las azoteas,

para medirme en las olas

con las palabras abiertas,

y persistir en el dulce

titilar de las estrellas.>>

<<¡Ay, Fernando, ¿qué te digo?

¿Qué te digo que no sepas?

¿Qué voy a decir yo ahora

de quien con el alma entera,

con los huesos y las uñas,

la carne y la voz dispuesta,

se desvivió por cantar

hasta la última acera,

el más mínimo adoquín

en cada plaza, las letras

que resuenan en las coplas

cuando febrero revienta?

Quédate, que te esperamos,

y desenreda tu ausencia,

que te llaman los piratas,

y la sonrisa de Hortensia.>>

AGOSTO ANTES DE LA JUBILACIÓN (Agosto 2023) FOTO AGOSTO 2014

AGOSTO ANTES DE LA JUBILACIÓN (Agosto 2023)

Agosto.

Agosto antiguo.

Agosto, te recuerdo en la nostalgia,

un bálsamo dorado en mi memoria,

en la parcela de mi libertad.

Aparecías como un alto el fuego,

truncando el malestar del sobresalto

del grito del reloj en la rutina,

de par en par tu puerta de horas sanas,

con tu “dolce far niente” hasta la luna.

Tus mañanas, extensas en mis manos,

oficiaban rituales en los mapas,

para dejar trazada una aventura

donde explorar Dios sabe qué senderos.

No eras un punto más del calendario.

Marcabas el final de la contienda,

en la cansada lucha del día a día.

Dividías el tiempo en dos mitades,

siendo bandera de la ensoñación.

Cuando te ibas marchando, te añoraba,

ya te extrañaba sin haberte ido,

porque sabía que al llegar septiembre,

el mundo volvería a sus penurias

cuajadas en la piel de los minutos

escritos uno a uno en un papel.

Agosto.

Agosto antiguo.

No me importaba la ardiente cadencia

de esas noches de trópico prestado,

ni los fieros mordiscos del sudor

bajo el arbitrio del mercurio vivo.

No me importaba que el viejo refrán

no acabara cumpliendo su promesa

de refrescar el rostro…

Agosto. Agosto libre.

Mi existencia de entonces compartía

tu cuerpo y tu lugar en el verano.

En este agosto

que ya no es diferente de otros meses,

echo de menos mi amor expectante

por ese agosto libre y definido,

cuando el calor grababa la señal

de ese tiempo privado que era mío.