
VACÍO (Septiembre 2020)
Mi pájaro en su oronda juventud
columpia el trino azul de la mañana;
su esencia, tan vital, marca compases
en el áureo silencio, y despereza
el último resquicio de la noche.
Yo lo miro y me acuerdo de los días
cuando aún me habitaban los amores,
con las guirnaldas en el corazón,
frenético de auroras sometidas
y colmado de angustias indomables,
en el torrente cálido y arcano
de una entrega total y sin fisuras.
Era una suerte de disolución,
de correntía extensa y desplegada,
derramando, en sutiles inconsciencias,
las armas por el suelo, en pacto inútil,
más restos de equipaje, apenas tibio,
a cambio de minutos imposibles,
vendavales de flores imperfectas,
y de años de espera en el umbral.
Era una condición de tiempos tiernos,
de corazón abierto desde el fondo,
(puertas sin llaves y sin vigilancia,
en una expectación casi infinita),
de rendición constante cada hora,
de no saber ser libre en soledad…
La edad me ampara ahora en su blindaje,
ajustando los goznes de metal,
y cruzando pestillos en los huecos
del músculo vacío que aún palpita,
en una libertad grande y resuelta
donde su masa ya no tiene sitio.
No hay mariposas ni aleteos breves,
sino una calma espesa y contundente
que se abruma al mirar en el espejo
dibujos de memoria descarnada.
No quisiera volver, ahora no.
Ahora que contemplo desde lejos
la presión de ferrosa gravidez
en latidos lastrados por la ley
(esa ley tan antigua como el aire
del ingrato vaivén del sentimiento),
no volvería, tras hallarme entera,
yo misma al viento por primera vez…
Mas, a veces se añora hasta el dolor
en el inmenso páramo vacío.