FERIA, QUE LA EDAD NO IMPORTA (31 Mayo 2023)

 

FERIA, QUE LA EDAD NO IMPORTA (31 MAYO 2023)

Cuajada de mantones y puntillas

y faralaes al viento está la acera,

con sus trajes gitanos, las chiquillas

marcan las fiestas de la primavera.

Van alegres, cantando en el camino,

hasta cruzar los arcos de la entrada:

el olor de las flores y del vino

deja su rastro fresco en la portada.

Los brazos al compás se balancean,

como el ramaje de un jardín florido,

mientras las alas del niño Cupido,

con su batir, sueños de amor recrean.

Y para aquellos que peinamos canas

y tiramos de feria en la memoria,

jóvenes somos con las sevillanas,

o al aire ajetreado de la noria.

AFILADO DIAMANTE EN OTRO PLANETA (Mayo 2023)

¡Amor cruel, que a otra galaxia fuiste,

a un astro oscuro para ver, distante,

con la fina dureza del diamante,

los restos rotos de mi alma triste!

En vilo quedó todo el universo,

recogiendo los trozos del quebranto:

madurez desleída en agrio llanto,

sueño hecho astillas, ya en el mar disperso.

Me pregunta el dolor, rozando el verso,

si acaso fue un error quererte tanto.

FIESTA Y JAZMÍN (mayo 2023)

FIESTA Y JAZMÍN

Fiesta, jazmín y luces de colores.

Un aroma absorbente de verano.

Un festival de estrellas sonrientes,

una pantalla grande, aún en blanco,

y mientras, yo, saltaba entre las ramas

de aquel bosque frondoso de zapatos,

que rodaban prendidos en la música,

al compás de Los Brincos o Los Bravos.

Ya no era necesario ir a la cama

a plegar la jornada muy temprano,

ni dejar los cuadernos y los lápices

en la mesa del cuarto preparados,

para emprender, al aire mañanero,

la ruta del colegio de mi barrio:

el fugaz juego de las vacaciones

el portón de la escuela había cerrado.

Eran noches de bailes y de cine,

con la luz del solsticio aún en alto:

primero los refrescos, dulces, fríos,

la Fanta con sus hielos en el vaso,

y la sangría para los mayores,

y ricas avellanas en los platos.

Después los discos de cuarenta y cinco

cuajaban melodías en el patio,

y todos empezaban con el baile,

muchachos y muchachas enlazados,

o rodando sin fin cual caracolas,

o trazando piruetas, giros, saltos,

al frenético ritmo que llenaba

la explanada del cine de verano.

Juventud desbordante que a mis ojos,

en la frontera de los ocho años,

eran adultos firmes, pues algunos,

¡casi alcanzaban ya los veinticuatro!

Yo emulaba los gestos de la danza,

aspirando el aroma denso y mágico

del dorado jazmín, frescor nocturno,

y las damas de noche que en los flancos

de la verja del cine rezumaban

su olor hacia la luna como un cántico.

Al fundirse la luz del sol de estío,

al irse los fulgores más brillantes,

bombillitas azules, verdes, rojas,

dejaban su arcoíris en el aire,

para ofrecer un rastro de colores

a la última audiencia de la tarde.

Se guardaban los discos en sus fundas,

la música cesaba, y los danzantes

retiraban los vasos y los restos

que habían sobrado del ruidoso baile,

y colocaban sillas en el patio

con la pantalla a punto de estrenarse.

Cuando al final la sábana callada

retomaba el color de alguna historia,

del oeste, tal vez, o de aventuras,

o alguna narración graciosa y cómica,

se hacía el silencio, tupido, expectante,

en el hermoso manto de las sombras.

Fiesta, jazmín, damas de noche y cine,

las luces de colores y las horas

iban moldeando emociones intensas,

de esas que anidan en el alma, hondas.

El estío y su traje de verbena

en el recuerdo de la infancia asoman.