JUGANDO CON MI NIETO A LA ENTREVISTA DE RADIO (Octubre 2025)

JUGANDO CON MI NIETO A LA ENTREVISTA DE RADIO A (10 Octubre 2025)

 Me encanta inventar juegos para mi nieto de cuatro años, que rebosa fantasía, dulzura e inocencia. Uno de los últimos pasatiempos que he ideado para él es el juego de la radio, donde la entrevista, con sus correspondientes preguntas pertinentes, sutilmente orientadas, me llevan sin fisuras al mundo auténtico, tierno, y a la vez lleno de magia que conforma la realidad cotidiana de mi querido niño.

 Aquí reproduzco,sin más, el contenido de una de esas valiosas entrevistas en las que la maravillosa honestidad de mi nieto me permite atisbar su día a día, como una verdadera profesional que se asoma al detalle de su vida.

(Entrevista 26 de septiembre 2025. Sirve de micrófono un proyectil de juguete, hecho de gomaespuma con la punta de esponja).

  • “Buenas tardes, queridos radioyentes de su emisora más cercana, la siempre veraz Radio Macuto, en el 167,89 de la FM para todos ustedes. Hoy nos encontramos en presencia de Don Marco Fernández, que nos va a hablar de su colegio y sus avatares cotidianos en la escuela. Díganos Sr Marco, ¿qué tal es su colegio? ¿Cuál es su opinión sobre el centro en el que cursa sus estudios?
  • Mi cole está bien. Allí están mis amigos, y me lo paso bien.
  • ¿Eso quiere decir, Sr Marco, que le gusta ir al colegio?
  • Sí, me gusta mucho. También como allí, pero enfrente, en otro sitio.
  • Eso significa que el comedor está en otro edificio, ¿no es así? Y, ¿por qué hay que ir a otro edificio?
  • Las mesas de comer no caben en la clase.
  • ¡Ah, vale! Han tenido que trasladar el comedor a otro lugar porque no quedaba sitio en el núcleo original de la escuela. Y, ¿cómo le ha ido hoy el día en el colegio?
  • Bien, pero en mi clase hay un niño que se llama Thiago, que le pega a todos los demás, y nos da bocados y arañazos, y la Señorita Patri ya está harta. ¡Lo ha mandado a la silla de pensar!
  • Y, ¿qué es eso de la “silla de pensar”?
  • Es una silla que la señorita pone junto a la pizarra para que los niños que se portan mal piensen en lo que han hecho, y ya no lo hagan más.
  • ¿A usted le han mandado a la silla de pensar en alguna ocasión?
  • No, este año, no. El año pasado me senté allí una vez, porque estaba hablando mucho y no me quedaba quieto, pero ya no lo hice más.
  • ¿Qué me puede decir de las actividades que ha realizado hoy en la clase?
  • Mmmm, hemos visto algunas letras, que yo ya me sabía, la R y la S, y hemos dibujado, y a mí se me ha caído el lápiz rojo, y he tenido que pintar con un cachito chico.
  • Me ha comentado usted que suele almorzar en el comedor escolar. ¿Puede decirme qué ha comido hoy, y si le ha gustado?
  • Hoy me he terminado los macarrones, que me gustan mucho, y también he tomado sandía, pero con la sandía me he manchado…
  • Bueno, esto es todo por hoy, Sr Marco. Le agradecemos mucho su colaboración con esta su emisora de radio amiga, nuestra apreciada Radio Macuto, que otro día volverá con más reportajes y entrevistas interesantes.
  • ¡Pero yo quiero seguir jugando a la radio!
  • Bueno, ahora vamos a merendar y a dejar que la voz de la abuela descanse un rato, que esto de reproducir voces impostadas hace que la garganta duela un poquito, ¿vale?
  • Vale. Quiero un batido de chocolate.

REVUELO DE SOL Y TOROS EN PATERNA DE RIVERA (Dedicado a los organizadores del programa de poesía en Radio Paterna, que con tanta devoción y empeño, emiten la lectura de nuestros poemas para darles difusión)

REVUELO DE SOL Y TOROS EN PATERNA DE RIVERA

El sol quedó columpiado

sonriendo por las macetas

que cuelgan en los balcones

de las calles de Paterna.

Quiere asomarse tranquilo

a mirar las azoteas,

en el silencio que corre

por esquinas y plazuelas.

Saluda con brillo airoso

los ojos de gente buena

que acuna, al rumor del campo,

su orgullo de estirpe honesta.

Es su intención conquistar

con su alto poder de estrella

la bonhomía sencilla

que abunda por esta tierra.

Juega con dedos dorados

a que se lleva la fuerza

y el trapío de la lidia

en una estampa torera.

Los toros, en un revuelo,

giran a la luz sus testas

y rinden su culto al sol

con magnífica soberbia.

Los toros bravos persiguen

a ese círculo que quema,

dios que prodiga caricias

en el pueblo y la dehesa.

Continúa el sol paseando

por las calles de Paterna.

Camina con paso alegre

y con gallarda firmeza,

para iluminar ferviente

a la Virgen de la Inhiesta.

Ansía el ardor que guarda

el cante por peteneras,

y la gloria del flamenco

que el Perro le dio a Paterna.

Su hambre cuaja en el cielo,

y el sol se va a las tabernas

a hartarse de tagarninas,

de venado en la cazuela,

de alcauciles con jamón,

de caracoles y berza,

y copas del mejor vino

que reposa en las bodegas.

Anda tan contento el sol

con las viandas de la mesa,

que comparte con la gente

el ritual de la siesta.

Casi al borde del ocaso

su alma de tarde lo lleva

al regocijo de niños

que ríen en son de fiesta.

Y el astro, muy satisfecho,

rumia su hora y bosteza,

para dejar que la luna

perfile su blanca esfera,

y tornee tirabuzones

en forja de plata añeja

por los rincones dormidos

y en el dintel de las puertas.

Aunque el rey del firmamento

dice adiós y ya se acuesta,

mañana seguro vuelve

por plazas y callejuelas:

sueña en resaltar el blanco

de las casas de Paterna.

LO QUE QUEDA DE LA ESFERA (Otoño 2025)

LO QUE QUEDA DE LA ESFERA  (Otoño 2025)

¿Cuándo fue? No lo sé, mas no hace mucho.

Ocho años, quizás, que me di cuenta

de que el círculo azul del firmamento

había ido menguando a pasos largos,

hasta dejar tan solo los resquicios

de un tercio mal contado de la esfera,

una pequeña hoz de barro incierto,

donde las piernas temen las caídas.

Los años discurrían como ríos

que ves pasar sin saber dónde llevan,

sin pararte a pensar que el agua guiña

los ojos un instante casi mudo,

y no tuerce su tránsito guerrero,

ni vuelve la corriente que saluda

para decir adiós, sin recalar

en la orilla que cambia dormitando…

El otoño llegó, y todavía

yo llevaba la ropa de verano,

la maleta de agosto aún deshecha,

y las sábanas finas en la cama.

Pero el calor se había diluido,

y ya el maldito viento, de repente,

trasbocaba hojas muertas, sin cuidado,

en lo que aún quedaba de la esfera.

Rugieron sobre el aire las borrascas,

con su dolor anclado por los huesos,

sus amargos cristales de ventisca

fustigando la paz de las rodillas,

mientras truenos hirientes como agujas,

clavaban la tersura de la carne,

para marcar con látigos de angustia,

los pequeños espacios aún de pie.

Entonces, arreciaron las preguntas

y el miedo, al contemplar el precipicio,

pero también se abrieron los balcones

y los misterios llenos de candados,

y se hizo paso un coro de guirnaldas

de una clarividencia tan radiante,

que el mundo apareció, iluminado,

como una realidad por estrenar.

Es ahí, no sé cuándo, pero ahí,

en el perfil plegado por la lluvia,

en el brillo tenaz de la conciencia,

ahí es donde tercamente miro,

donde he aprendido a deletrear mi alma,

el punto donde el tiempo se hace escaso,

pero infinito al fin, de tan intenso,

reloj veraz, donde la luz se espesa.

Es ahí donde sueño que encontré

la feliz sutileza del otoño.

EL TIEMPO HERMAFRODITA

EL TIEMPO HERMAFRODITA

A veces, cual enigma inapelable,

se carcajea el Tiempo de sí mismo:

con alma hermafrodita, su amor vuelca

en su vientre cruel, y eructa niños

que aceptan en su vida o en su olvido

la mutabilidad y la paciencia.

Entonces, cuando todo va despacio,

y se atragantan todos los segundos

con la vista en el sol, siempre en el cénit,

descubren que han gastado las mareas,

y se ahogan en océanos malditos.

Y la risa del Tiempo enamorado

se funde en un abrazo con la arena.

MUDANZAS INESPERADAS (de cómo los cambios bruscos con que nos golpea la vida nos van arrebatando seres queridos y su amada impronta)

MUDANZAS INESPERADAS

Hay cambios destructores, que a deshora,

irrumpen con su empuje de huracán,

para arrancar de cuajo todo afán

que el corazón esconde y atesora.

Arrasan con crueldad devastadora

los cofres de emoción que en el desván

custodian los recuerdos, y se van,

manchando lo que el alma rememora.

Son catástrofes ciegas de maldad,

que minan la razón y la confianza.

Toda la incertidumbre que la edad,

con su avance mortal, dicta en sentencia,

ancla en el fondo su aire de mudanza,

y acaba por sesgarnos la existencia.

CLAMOR HUNDIDO (Julio 2025)

CLAMOR HUNDIDO (30 Julio 2025)

Cuando hay manos malditas que en zarpazos

bruscos de odio retiran la harina

de los labios resecos de los niños

tras su clamor hundido de derrota,

es que el mundo se cae, desquiciado,

en abismos sin ojos e insondables.

Cuando hay balas que escupen su sentencia

sobre espaldas gastadas de cansancio

en el centro voraz de la vejez,

con la amargura negra en la memoria,

es que ajenas conciencias diluyeron

la vista extraviada en el desierto.

Cuando el agua se niega con las bombas

que irrumpen en la paz de los aljibes

a mujeres, a niños, a tullidos,

a enfermos con las cuencas desvaídas,

es que el arma infinita de la sed

masacra tenazmente hacia el vacío.

¿Qué está pasando?¿Acaso no aprendieron?

¿A qué viene esta burda imitación,

estos dobles espejos de la historia?

¿Es que el dolor pasado siente alivio

remedando los pasos de la muerte,

aplastando sin fin las mismas huellas?

No habrá futuro en este calco turbio.

No habrá un mañana sin romper la inercia.

AQUELLOS SUEÑOS DE VERANO (Julio 2025)

AQUELLOS SUEÑOS DE VERANO (Julio 2025) 

 En mi remota niñez, que aún lejana, permanece latiendo y a pleno color en mi memoria, el verano era la estación ansiada. Y eso que en las circunstancias de precariedad de mi familia, era imposible albergar ni el más sencillo de los planes de vacaciones para el estío, por lo que mis únicos objetivos en la abrasadora canícula se reducían a la posibilidad de ir algún día suelto a la piscina con mi vecina Ángeles y su preciosa niña de un añito, a quien yo cuidaba de vez en cuando, siempre con mucho cariño y esmero, y por puro gusto, sin cobrar, pues desde siempre me han encantado los niños chiquititos, y además reconozco que poseo una habilidad especial para comunicarme con ellos y para manejarlos con absoluta ternura. La piscina se encontraba como a una hora andando desde mi casa, pero para mí, a pesar de la caminata, era una de las mejores recompensas con las que podía soñar. Otra de las alegrías que me proporcionaba el verano eran los manguerazos de agua fresquita que nos lanzaban las vecinas de los pisos bajos en algunos bloques, entre risas, palmadas, y alegres chorros refrescantes sobre nuestros jovencísimos cuerpos embutidos en los bañadores del año anterior, que todavía servían, aunque ya se nos habían quedado un poco pequeños.

 Pero el gran sueño, la estrella de mi anhelo infantil, lo constituía la playa, ese mundo de agua revuelta que acariciaba la arena en las imágenes que había visto en la tele o en el cine, porque yo no había tenido la suerte, aún, de conocer el mar, y esas imágenes resultaban ser toda mi información sobre la realidad de la costa. Sabía que no era más que un deseo, prácticamente imposible de cumplir. Mas, sin embargo, la playa, las olas, la espuma, y todas las aventuras que mi imaginación era capaz de construir, se repetían como un delirio en las noches sudorosas de mi infancia, como un resorte de esperanza frente al calor insufrible, como una fuente de vivencias excitantes que mi pequeña ilusión de niña aspiraba alcanzar algún día.

 Y a pesar de las temperaturas asfixiantes, lo mejor de todo era que jugábamos, incluso con el calor achicharrando la piel como una intensa bocanada de fuego. Jugábamos a juegos que nosotros mismos, los niños, habíamos inventado, adaptándonos a la estructura y configuración del barrio, como el “pisa tierra”, donde el niño o niña que “se la quedaba” o “la llevaba” tenía que atrapar a los demás compañeros de juego, sin poder pisar la tierra, es decir, el albero que cubría la calle sin asfaltar, flanqueada por aceras de cemento basto. Aunque también nos apuntábamos a los típicos juegos de siempre, como el “escondite”,  la “gallinita ciega”, o el “un, dos, tres, pollito inglés”. Y el sueño estival más fácil de lograr consistía simplemente en poder quedarnos a jugar hasta tarde, con el frescor de la noche, mientras los padres, junto con otros adultos, charlaban en la calle con sus sillas bajo el alivio nocturno del termómetro. Sueños sencillos e irrepetibles, con el poderoso acicate del entusiasmo infinito de la niñez.

LA MESA BONITA Y ESPECIAL (Junio 2025)

La mesa bonita y especial.

El colosal gigante del mar en el que navegábamos para gozar del fascinante relieve de la costa noruega, había arribado a puerto por la mañana temprano, como una ciudad ajena al mundo exterior, poblada por miles de turistas curiosos.

Mis compañeros de grupo habían planeado una visita a la ciudad de Bergen, punto de atraque de la mole flotante en la que viajábamos, pero yo había estado sufriendo unas molestias estomacales, que me habían urgido camino del baño al menos 6 veces, por lo que no me atreví a salir del barco. Por el contrario, me quedé en el camarote esperando a ver la evolución de mi desorden digestivo.

Cuando llegó la hora del almuerzo, (temprano, pues teníamos prevista una excursión), me decidí a comer, puesto que en unas dos horas mi estómago no había dado señales de alarma. Por supuesto, mi intención era ser muy prudente con los alimentos, para no tentar a la suerte.

Bajé al restaurante situado en la tercera planta (cubierta 3), donde te sirven en la mesa. Tras entrar,  observé que no había mucha gente, lo cual me animó a solicitar al camarero guía, de origen asiático, a que me condujera a una mesa “bonita”, de las que nunca hay cuando el restaurante está atestado de público. El camarero, con una sonrisa picarona que no acabé de entender, me contestó: “Yo la voy a llevar a una mesa bonita y especial. Sígame, por favor”. Tras un pequeño recorrido por entre las mesas dispuestas, me susurró con los ojillos brillantes y alborozados: “Aquí tiene su mesa, señora. ¡Muy romántica!”. Yo, más bien absorta pensando: “¿Eh, de qué va esto?”, no me había percatado de nada, pero al final, recalé en la realidad circundante, y vi cómo me ofrecía un asiento en una mesa para dos, con un señor bastante mayor, y completamente desconocido para mí.

Se me cayeron, digamos, al menos tres cuartas partes de los palos del sombrajo, pero no quise hacer el feo a nadie, apeché con el tema, y me senté allí, con bastante desgana. Sin embargo,  lo peor vino después. El señor mayor no hablaba nada de español, ni de inglés, ni de italiano. Yo creo que simplemente no hablaba. Para colmo, le faltaban un par de dientes, lo cual le daba un aspecto de anciano perdido no sé dónde. Yo, que heredé de mi madre un carácter muy abierto, y que siempre he tenido una tendencia cosmopolita, intenté entablar algún tipo de conversación, aunque solo fuera por cortesía, y por mitigar la incomodidad de la situación.

Con la pericia de un interrogador del FBI, logré sacarle que era alemán, pero esa fue toda la información, por más que yo intentaba rellenar los huecos, aunque fuese con gestos, la mímica o las manos. Pero no hubo manera.

Yo ya no sabía para dónde mirar, ni dónde posar las manos.

Otro camarero que vino a tomar nota, creyó que éramos pareja, aunque yo me apresuré a explicarle que no, que me habían colocado ahí sin saber la razón, pues había mesas de sobra. Este camarero, italiano, se echó a reír a carcajadas, y medio llorando de la risa, me aconsejó que comiese como si no hubiera nadie.

Y eso hice. Empecé a comer como si el alemán fuera un cuadro de adorno, desviando los ojos, y mirando el móvil de vez en cuando.

Terminé el almuerzo con más rapidez que el correcaminos, no solo por lo insólito de la circunstancia, sino porque quería escribir el esbozo de esta pequeña y divertida anécdota, que siempre recordaré como mi “aventura amorosa a ciegas más original”

El verde profundo de la belleza

Contemplo desde el privilegio de mi balcón flotante, a bordo del inmenso crucero, todo el cuadro que se desliza mientras la nave surca suavemente las aguas de verde profundo del fiordo. Es de tal solemnidad, de tal hermosura que casi abruma, y nos deja con los ojos repletos de ese arte que sólo la naturaleza sabe mostrar. La imagen , en su virgen despliegue de rocas, acantilados, y trazos verdes que chisporrotean aquí y allá, deja fluir agrestes escorrentías y cascadas traviesas, que se despeñan como ansiosas de llegar a su destino. A veces, hay pequeñas coronas de nieve a las que la primavera no ha sido capaz de derrocar, y en la escarpada cumbre del declive, antes de la montaña, la fronda espera en la vanguardia, ante la negra majestad de su reina, allá arriba. Y como en un juego de plasticidad envolvente, se intuyen por las crestas, filas de árboles añejos y custodios, como un ejército guardián de todo el espectacular conjunto.