EL MATAMOSCAS DE HILO DE ORO (Agosto 2018) Cuento Infantil

 

MOSQUITO B (2)

 

EL MATAMOSCAS DE HILO DE ORO  (Julio 2018)

 

Érase una vez, hace muchos años, tantos que los números se marean, una niña de seis veranos luminosos, cuyos ojos parecían haber salido directamente del mar sereno y alegre, en pleno Agosto; era preciosa y de viva imaginación, y le habían puesto por nombre el de esa virtud que hace renacer a la Humanidad entera, Esperanza.

Esperanza aguardaba con enorme ilusión su séptimo cumpleaños. Al ser preguntada sobre lo que quería para celebrar tan señalada fecha, ella contestó que su mayor deseo era visitar a su abuela allá en el lugar donde vivía, el Pueblo de los Sueños, pues había oído que en ese sitio había playas radiantes como en los paraísos desconocidos, a la vez que bellos bosques cuajados de vegetación de todas clases, todo lo cual dejaba impregnada la zona con una vasta y asombrosa paleta de colores, cuyo mayor poder consistía en abrirnos los ojos a toda la belleza del mundo, la que se halla en los detalles pequeños y también la que refulge en los paisajes de apabullante extensión. Le prometieron que ese sería su regalo y partió rumbo al deseado pueblo.

Cuando Esperanza llegó a la aldea, se quedó boquiabierta ante el despliegue de panoramas hermosos, y se puso muy contenta de poder conocer por fin el lugar. También se alegró mucho de encontrarse con su abuela.

Un día, mientras paseaba por la calle, oyó sin querer y por casualidad la conversación que algunos habitantes del pueblo mantenían con el rostro un tanto serio y el ceño preocupado. Hablaban de unos Mosquitos Gigantes, que por lo visto aparecían de vez en cuando por allí, atraídos quizá por la exuberancia natural del paraje y por la salud envidiable que disfrutaban sus gentes. Esperanza decidió preguntarles a unos niños vecinos de los que se había hecho muy amiga, y éstos le respondieron que era cierta la amenaza de los Mosquitos.

 

  • “¡Hola, Pablo!¡Hola Laura! Quería haceros una pregunta. He oído algo acerca de unos Mosquitos Gigantes que suelen venir por aquí. ¿Es eso cierto?”, inquirió Esperanza.
  • “¡Hola, Esperanza! Sí. Son unos mosquitos enormes, y si te pican, te dejan una roncha tan grande como una tortilla de patatas, pero con chorizo, de lo roja que se pone. No puedes parar de rascarte, e incluso llegas a sentir picor y dolor al mismo tiempo. ¡Es muy molesto! Y además, si eres alérgico, puede ser muy grave, y hasta tienes que ir al hospital, durante muchos, muchos días. La prima de una amiga de mi madre casi se muere por su culpa”, contestó Laura.
  • “¿Y no se puede hacer nada para combatirlos?”, volvió a preguntar Esperanza.
  • “Me han dicho que no se consigue nada con los insecticidas, por tóxicos que sean en apariencia. Algunas personas mayores cuentan algo sobre un Matamoscas especial con el que es posible librarse de ellos”, respondió Pablo. “Pero no sé cómo es ese matamoscas, ni dónde se encuentra, ni siquiera sé muy bien si eso es verdad. Son cosas que dicen …”
  • “Pues, voy a ver si mi abuela puede darme más información sobre el artilugio ese. Seguro que ella sabe algo del tema”, determinó Esperanza con convicción.

 

Dicho y hecho, se encaminó a la casa de su abuela para hacerle las preguntas oportunas. Efectivamente, su abuela le confirmó la existencia de las plagas de Mosquitos Gigantes, que tanto asolaban la región en plena ebullición del verano, espantando a los visitantes que con toda su ilusión habían optado por conocer aquel privilegiado entorno.

 

  • “Abuela, ¿hay algo que podamos hacer para quitarnos de encima a esos peligrosos bichos?”, quiso saber Esperanza
  • “Pues, sí. Pero es una tarea muy complicada, y precisa de muchos requisitos que cumplir. Primero has de saber que hace falta estar en disposición de usar un matamoscas, pero no es un matamoscas normal.”
  • “¿Qué es un matamoscas, Abuela? No lo tengo muy claro. Me parece que nunca he visto uno.”
  • “Es un instrumento para matar insectos voladores, que se compone de un mango largo y una especie de pala hecha de rejilla al final del mango. Sirve para golpear a los bichos con la rejilla, mientras se sujeta el aparato por el mango. La pala de rejilla hace que pase el aire a través del entramado y así resulta más difícil para los insectos detectar su presencia, y por eso se les puede aniquilar. Pero el que necesitamos es uno muy especial, pues se trata del Matamoscas de Hilo de Oro, ya que la rejilla de la pala está confeccionada con hilo de oro puro.”
  • “¿Dónde está ese Matamoscas? Estoy dispuesta a buscarlo para que nos podamos quitar de encima a esos dichosos Mosquitos.”
  • “Lo encontrarás al fondo más perdido del Bosque de las Brujas Enanas, que es un bosque lleno de vegetación, donde reinan los árboles y los grandes arbustos, hasta tal punto, que se convierte en un lugar muy oscuro con tanto ramaje descontrolado, y también muy peligroso, pues lo habitan las Brujas Enanas, que, a pesar de ser pequeñas, son muy fieras y malvadas, y se llevan a las personas, especialmente a los niños, a su reino de Tinieblas para no volver jamás. Si quieres atravesar el Bosque, necesitarás una Canción Mágica, que no debes parar de cantar en ningún momento. Esa canción te protegerá del ataque de las Brujas.”
  • “¿Cómo puedo aprender esa canción?”, preguntó Esperanza, con una abierta y azul mirada de asombro.
  • “Pues, debes completar una serie de requisitos importantes, y una vez los hayas realizado todos, tendrías que encomendarte a la Canción Mágica, diciendo: <<Ven, Música, a mí>>. La melodía con la letra correspondiente vendrá de súbito a tu cabeza. Deberás aprenderla y repetirla sin cesar.”
  • “¿Y cuáles son esos requisitos?”
  • “Los requisitos tienen que ver con tus obligaciones diarias, pues consisten en: Ayudar en casa. B. Recoger tu cuarto, y sobre todo, tus juguetes, colocándolos en su sitio. C. Comer bien todo tipo de alimentos y comidas. D. Hacer todas las tareas pendientes del colegio y repasar regularmente. Si haces todo eso, podrás cantar la canción.”
  • “Lo voy a hacer, Abuela. Tengo la intención de librar a este lugar que tanto me gusta de esos mosquitos asesinos”, aseguró Esperanza, dominada por el entusiasmo.
  • “Muy bien, Esperanza, pero debes tener muchísimo cuidado, y seguir mis instrucciones al pie de la letra, porque los peligros que te acechan son muchos, e impredecibles, y por ello, debes permanecer siempre alerta para que ningún mal te pille por sorpresa y sin saber qué hacer.”

 

Desde aquel momento, Esperanza comenzó a cumplir los requisitos que su abuela había enumerado, demostrando un gran esfuerzo y tesón en la consecución de sus objetivos. Ayudó en aquellas tareas de la casa que su corta edad le permitía llevar a cabo, como quitar algunas cosas de la mesa, limpiar el polvo con un gracioso plumero que su abuela guardaba en la cocina, apagar las luces de las diferentes habitaciones al salir, guardar su ropa, o echarla al cesto de la ropa sucia … Asimismo, puso todo su empeño en recoger los juguetes después de utilizarlos, devolviéndolos a su lugar correspondiente, en vez de dejarlos desperdigados por la casa como hacía antes de proponerse la tarea de acabar con los mosquitos. Incluso no puso pegas a ninguno de los alimentos que se le ponían por delante en el almuerzo o la cena, lo cual le sirvió para darse cuenta de que muchos de esos alimentos realmente le gustaban mucho, e igualmente comprendió que había sido un poco tonta al negarse rotundamente a probarlos, porque estaban deliciosos, además de ser muy nutritivos y magníficos para su crecimiento, como por ejemplo, las judías verdes, las cuales eran cocinadas por su abuela junto con otras verduras de forma realmente exquisita, e incluso, se habían convertido en uno de sus platos favoritos. Por último, se dedicó con ahínco a los ejercicios que había dejado sin terminar en la escuela, y hasta se inventó unos juegos para repasar de forma sistemática todas las lecciones sin que le resultara pesado, sino todo lo contrario, pues llegó un momento en el que estas actividades se volvieron divertidas y muy enriquecedoras.

Todas las noches, antes de dormir, Esperanza pronunciaba la mágica letanía que su abuela le había indicado como el conjuro necesario para conseguir la Canción Mágica: <<Ven, Música, a mí.>>, y por fin, una noche tibia de aquel verano, cuando el guiño guasón de las estrellas acariciaba su pelo a través de la ventana de su cuarto, una extraña melodía cosquilleó los oídos de Esperanza, con estas palabras:

 

Por el Bosque voy alegre,

y ya nada temeré,

porque por fin he aprendido

lo que yo tengo que hacer.

 

Entonces, tras repetir la canción muchas veces, y una vez que tanto la melodía como su letra quedaron bien asentadas en su cabeza, Esperanza se puso en marcha para entrar por fin en el tenebroso Bosque de las Brujas Enanas.

No le costó mucho dar con la entrada a dicho bosque, siguiendo las instrucciones que su abuela le había proporcionado. Efectivamente, la inmensa masa de profundo color verde se hallaba a las afueras del pueblo, cerca de la Granja de Manolo, donde las vacas solían pastar tranquilas sin prestar atención al universo ajeno a su rutina que se adentraba por el sendero del sur. Esperanza dejó atrás el tranquilo amarillo nocturno de la granja y sus vacas serenas, y traspasó la primera nota de sombra que anunciaba la espesura del bosque. Comenzó a cantar la Canción Mágica:

 

 

Por el Bosque voy alegre,

y ya nada temeré,

porque por fin he aprendido

lo que yo tengo que hacer.

 

La melodía surgía de su boca sin interrupción, tal como le había advertido su abuela. La floresta tupida del lugar se fue haciendo cada vez más densa, hasta hacer desaparecer las lindes del sendero, creando una atmósfera de tinieblas gruesas, como el dominio pegajoso de las telarañas, pero en forma de troncos inmensos, raíces de insultante tiranía como montes imprevistos, dispuestas a ponerle la zancadilla,  y ramas incontables que parecían perseguirla sutilmente, como esqueletos enfadados. Ella notaba la presencia de algo más, algo que rondaba por el enredado techo que esculpían las impenetrables copas de los árboles, y la invadió un miedo húmedo y templado que mojaba las palmas de sus manos y el cabello trenzado por encima de la nuca. Era solamente una niña de seis años, con los nervios desatados por la atmósfera lúgubre que la envolvía, pellizcada por las agujas traicioneras del terror. Esta sensación, la pérdida del horizonte, la hizo olvidar por un instante la canción que debía continuar sin descanso, y en el mismo momento en que dejó de entonar la mágica melodía, notó como unas figuras diminutas, finas y etéreas como madejas de sombra negra, la observaban desde arriba, no muy lejos de su pelo, con el vuelo ágil e imprevisto de los fantasmas. Eran como pequeñas siluetas de humo, moviéndose cual larvas peludas,  acercándose cada vez más al cuerpo de la niña. Pero, afortunadamente, Esperanza reaccionó con rapidez, y enseguida empezó a cantar de nuevo:

 

Por el Bosque voy alegre,

y ya nada temeré,

porque por fin he aprendido

lo que yo tengo que hacer.

 

Y tal como las notas comenzaron a salir de su garganta, aun en tono bajito y con cierto temblor en la voz, las retorcidas figuras de humo negro se fueron dispersando, subiendo al compacto tejido de las copas de los árboles, hasta desvanecerse en su oscuridad. Bajo el manto intenso del bosque, un poco más limpio de amenazas después de haber devuelto a las Brujas Enanas a sus ramas escondidas, Esperanza continuó su camino, mirando cuidadosamente a su alrededor por si daba de repente con su ansiado objetivo.

De pronto, percibió una tenue luz entre la frondosa espesura allá adelante, al fondo del sendero casi recuperado; el fulgor parpadeante iba aumentando según sus pasos la acercaban al foco de donde procedían los destellos, y por fin, llegó a un cúmulo de arbustos donde observó un objeto de mango alargado y rojizo, con una brillante pala dorada, que era el origen del poderoso resplandor. Supo sin dudarlo que se trataba del Matamoscas de Hilo de Oro, y llena de fuerza y entusiasmo, lo asió con firmeza para llevarlo al pueblo a cumplir su cometido.

 

El camino de vuelta se le hizo corto a la luz radiante del Matamoscas. Retomó el canto de la melodía mágica para evitar el ataque de las Brujas Enanas, pero con mucha más confianza y bastante menos miedo que en el camino de ida. Alcanzó con cierta facilidad el umbral de su casa, y tan pronto como entró en su habitación, colocó el matamoscas junto a su cama. Se puso el pijama deprisa, porque estaba muy cansada tras los grandes sobresaltos de la aventura que acababa de vivir, y por eso mismo, se sumió en un profundo sueño casi inmediatamente después de meterse en la cama, con una de sus manos por fuera, palpando suavemente el mango carmesí del Matamoscas, por si acaso.

 

Durante el desayuno, le contó a su abuela las peripecias de la noche anterior, y la hizo partícipe de su enorme contento al haber conseguido cumplir la curiosa misión con éxito. Tras engullir la tostada con mantequilla y miel, y casi atragantarse con la leche fresca, debido a los nervios que sentía por sus atrevidos avatares, le enseñó a su abuela y al resto de su familia el preciado Matamoscas de Hilo de Oro, y todos quedaron sorprendidos tanto por el resplandor del metal, como por la fabulosa historia que Esperanza les había contado al respecto. Su abuela le advirtió de que tenía que cuidar del matamoscas como si de su propia vida se tratara, por lo que debía asegurarse de no extraviarlo ni causarle ningún daño, así como también de tenerlo siempre a mano, sobre todo de noche, para poder hacer uso en cualquier momento de su maravillosa protección contra los Mosquitos Gigantes.

Una noche en que el calor se hizo más denso, mientras los grillos insomnes entonaban sus cantos al hechizo de la luna, Esperanza sintió unos zumbidos desagradables desde la cómoda y mullida balsa del sueño en que se hallaba acurrucada. Se despertó, un tanto sobresaltada, y agarró con la energía del instinto el mango del matamoscas. Al mirar alrededor, vio cómo unos mosquitos de tamaño descomunal revoloteaban por encima de su cabeza, como si fueran aviones enemigos cargados de armas malignas, que la cercaban desde arriba. Entonces, en un momento dado, hicieron un giro en el aire y se lanzaron en picado hacia ella a gran velocidad. Esperanza blandió el matamoscas con decisión y comenzó a golpear a los mosquitos con la pala encantada. Dos de los enormes insectos cayeron al suelo, y los otros huyeron en desbandada por la ventana al comprobar el estado de sus compañeros muertos en la batalla. La habitación se llenó de pequeñas estrellas palpitantes, y los mosquitos caídos desaparecieron en un inesperado centelleo de color, convirtiéndose en múltiples motas doradas.

La niña se quedó quieta, inmóvil, abstraída por la escena que acababa de experimentar desde dentro, como una protagonista improvisada. Poco a poco, fue surgiendo en sus labios un esbozo de sonrisa satisfecha, y su corazón se llenó de orgullo al ser consciente de que, por fin, de verdad, había luchado con los monstruosos mosquitos hasta espantarlos. Como lanzada por un resorte, salió corriendo para contar a su familia lo acontecido hacía sólo unos minutos. Cuando sus padres y su abuela escucharon la historia de todo lo ocurrido, se pusieron a tocar las palmas, felicitando a la niña con una explosión de júbilo desatado. Esperanza recibió tantos besos que se le quedaron los oídos dormidos. Nunca había sido más feliz.

 

A la mañana siguiente, cuando la abuela y la propia niña relataron los sucesos de los últimos días a algunos amigos y vecinos, desde el comienzo de la aventura, hasta la pelea con los mosquitos, todos empezaron a saltar de alegría y a vitorear a Esperanza por su gran valentía y el enorme esfuerzo desplegado para llevar a buen fin su propósito. La invitaron a comer un gran trozo de la fabulosa tarta de chocolate que había preparado Doña Aurora, la madre de Juan, el panadero, y le regalaron entradas gratis para el cine de verano que montaban en la plaza del pueblo, durante todo el resto de la temporada estival.

Pronto se corrió la voz de la fantástica hazaña que Esperanza había realizado, y todos los habitantes del Pueblo de los Sueños decidieron hacer una gran, gran, fiesta, sin precedentes, para mostrar su agradecimiento a la niña por haber logrado ahuyentar a los Mosquitos Gigantes. Éstos por su parte, también escucharon la historia en prácticamente todas sus colonias, por lo que tomaron la determinación de no acercarse nunca más al Pueblo de los Sueños, al que denominaron desde entonces como “Zona No Segura para los Mosquitos”.

Para Esperanza, la experiencia vivida supuso una lección única para su progresiva madurez, y aquel cumpleaños, en aquel verano, se convirtió en uno de los mejores recuerdos de su vida.

 

 

El Puerto de Santa María, a 02 de Agosto de 2018.

MOSQUITOS GIGANTES DIBUJADOS POR ESPERANZA A

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