TRENES QUE SE MUEVEN

TRENES QUE SE MUEVEN (04 Agosto 2021)

                En medio del fresco placentero de la mañana veraniega, en la que el sol subía rotundo desde el horizonte de la sierra, ella se puso a pensar, como de repente, como si acabara de recibir la epifanía de su ser, en el acontecimiento que había estallado en su historia hasta hacerla comenzar el viaje de la vida nuevamente. Y empezó a vislumbrar por primera vez el significado de aquella terrible conmoción, la que había cercenado con una grieta sísmica el curso de su existencia, el amargo momento en el que él decidió abandonarla con el empeño de crearse una precipitada nueva vida a toda costa. Nadie, y menos aún ella misma, entendía cómo era posible que la hubiese dejado así, de pronto, de manera tan inesperada como definitiva, inopinada, fulminante, dolorosa. Menos entendible todavía, dado que todo el mundo, todos, tanto de lejos como de cerca, apreciaban a través de la evidencia más ostensible (y casi insultante para algunos), la íntima complicidad que compartían como pareja, una unión bien avenida para sorpresa de muchos, un dúo cuyo corazón multiplicado por dos acompasaba sus latidos en una sinfonía iluminada y grandiosa, sin importar las incompatibilidades intrascendentes de la superficie. Porque nunca, a pesar de todos los inconvenientes, a pesar de las trabas del destino y la sociedad, nunca fueron un “tú y yo”, sino un “nosotros” firme y sólido, casi desde el principio, una vez salvadas las oscuras y difíciles tormentas de los primeros escarceos, cuando el mundo se presentaba como una muralla sembrada de obstáculos y la apuesta por su relación saltaba la lógica de todas las bancas del sentido común.

  Entonces, ¿por qué esa ruptura súbita, hiriente y voraz, como un huracán desatado ante el asombro asustado de su alma descompuesta en el desconcierto? ¿Por qué este impacto contundente sobre el despertar apresurado de la población que dormitaba tranquila?, ¿por qué ese ataque de desolación, duro como las batallas del temido Atila, tras las cuales, según dicen, no quedaba ni una brizna de hierba?

 La respuesta le llegó a la mente con una simpleza que casi cegaba la visión absoluta de su interior: estaban, siempre estuvieron, en etapas distintas de la vida, porque la diferencia de edad, el salto generacional que los separaba inevitablemente por haber nacido en momentos diferentes del tiempo, los había colocado en senderos tal vez tangentes, pero nunca en la misma dirección ni en la misma fase de progreso. Sin embargo, a pesar de  ese hecho imposible de obviar, llegaron a amarse tanto, a necesitarse tanto, que buscaban, embargados por la ilusión, un punto de encuentro, una estación intermedia en la que abrazarse y vivir, un territorio aséptico para hacerlo suyo, un terreno común, un lugar flotando en alguna nebulosa donde existir compartiendo tiempo y sentimientos, aunque no pudieran en ningún momento olvidarse de la persistente partida de los trenes, porque éstos, sus diferentes trenes, seguían moviéndose. Su ruta continuaba inexorable a pesar de los hermosos lazos plantados durante casi 23 años en esas milagrosas estaciones exclusivas en medio de los destinos.

 Luchar era inútil: no podían negar su propia identidad. Nunca alcanzarían la parada final conjunta; las líneas acabarían divergiendo en el espacio del dolor y el desasosiego, sin pactos posibles ante las leyes de la Física.

 Mas, al ser su adiós un designio de los hados y la impermeabilidad del tiempo, y no la consecuencia de la voluntad, al no haber sellado la convivencia con la amargura del desamor, la indiferencia, o ese desgaste turbio que se enquista en los corazones de algunas parejas con el paso de los años, al no romper su relación de motu proprio, sino forzados por las máquinas de trayectorias antagónicas, su vínculo siempre seguiría latiendo vivo, y los sentimientos, el amor, nunca desaparecerían, pues las emociones no habían sido borradas por la desidia, el odio, la traición, ni tampoco por el fracaso, sino que muy por el contrario, continuaban respirando ahí, en los rincones secretos, cuidadosamente protegidos por la memoria en ambos corazones; la relación tuvo que acabar sencillamente porque sus vidas viajaban en diferentes direcciones, y el viaje debía continuar…   

  Esa fue la conclusión que irradiaba, con certeza indiscutible, la claridad de su pensamiento.

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