LA SENDA ANGOSTA (Enero 2025)

LA SENDA ANGOSTA (Diciembre 2024)

El día amaneció con barrigas de plomo rozando el paisaje. El panorama, ya cercano al otoño, se enfundaba en gris para el primer fin de semana de septiembre. Este se iba a prolongar por la suma del día festivo local, y por ello se iba a convertir en un apetecible puente, un periodo de ocio como de vacaciones extendidas, muy apropiado para una “escapadita”. Las preñadas nubes hacían guiños de oscura gravidez mientras cargábamos las cosas para emprender el viaje hacia el camping de la sierra en el que nos íbamos a instalar unos días, como despedida del verano, y también como celebración de pequeña bienvenida para tu regreso. Volvías de una primera campaña en el mar, con la experiencia de la vida marinera agitándose aún, casi por digerir todavía. Aquellos meses en el apretado aislamiento de la nave, con su ausencia de tierra firme, y su particular encierro todo horizonte, supuso un antes y un después para la rutina de nuestra anterior existencia, sobre todo para ti, que te enfrentaste por primera vez al peso de los monólogos a merced del viento salado, los límites marcados por el hierro del casco, y la constante falta de sueño que los horarios de a bordo urdían en el permanente cansancio de la tripulación.

Por eso te hacía tanta falta sacudirte el salitre y la espuma yodada, por eso necesitabas el descanso quieto y sin vaivenes de la tierra contundentemente sólida, y también por eso deseabas con tanto ahínco esos días de campo y monte, ajenos al mar, con el hábito justo del silencio, y la jubilosa garantía de no tener que hacer nada más que recorrer los impávidos senderos que, con su travieso fluir, discurrían por las densas arboledas y bordeaban los tupidos precipicios.

Para mí era como entrar en el mundo casi desconocido de la naturaleza, una circunstancia íntima con un mágico trasfondo rural que apenas si conocía, y que solo recordaba, muy vagamente, en los ya perdidos y lejanos tiempos de la adolescencia, cuando en un par de ocasiones me había aventurado con mi grupo de amigas a pasar unos días en unos campings cercanos a la playa, y de los cuales, el segundo significó con mucho el entorno más salvaje en el que me había encontrado jamás.

El trayecto fue sereno y dulce, dejando crepitar un discreto entusiasmo agazapado entre las tripas mientras atravesábamos un escenario de árboles y floresta. La vegetación, suavemente agitada por el viento, presagiaba la inminente venida de la lluvia. A pesar de ello, un tenue brillo de alegría asomaba en los ojos al compás de la música de las casetes, que llenaba el espacio del vehículo con las canciones de “El Último de la Fila”:

<<Cruzó el pasado en el camino,

y lo miraba y no podía llorar.

Entre el crepúsculo y el alba,

no hizo otra cosa que dejarse llevar.

Y refulgiendo cual luciérnagas,

caminando sin prisas sobre el tiempo,

huyen de un mundo material,

son espíritus barridos por el viento…>>

Por dentro, yo rogaba que no lloviese porque el mal tiempo significaba una inesperada descarga de agua que nos podría arruinar la estancia, y sobre todo, nuestros planes de subir y bajar por los peñascos y los ondulantes senderos del agreste paisaje. Pero la amenaza era clara y real, y antes de alcanzar nuestro destino, las gotas ya rociaban el parabrisas sin piedad y sin mucha intención de marcharse.

Curiosamente, justo al llegar por fin, cuando descargamos los bártulos y empezamos a montar la tienda, (o mejor dicho empezaste, pues mi ignorancia en estos temas me impedía echar una mano en el ensamblaje, más allá de acercarte piquetas, cuerdas, y herramientas), el cielo nos obsequió con una escampada, un pequeño respiro entre chubasco y chubasco, suficiente para dejar la tienda y los enseres bien colocados y a punto para darnos cobijo.

No había prácticamente nadie más en los alrededores. La sensación del campo extenso, solitario, húmedamente genuino, me dejó extasiada en mi torpe condición de urbanita que apenas había entrado en contacto con la naturaleza más que alguna hora suelta, nunca durante un espacio de tiempo suficiente, y nunca en la vivencia de “alojamiento permanente”, de día y, sobre todo, de noche, con la excepción de aquellos días lejanos de la playa con mis compañeras del instituto. Pero ese entorno nada tenía que ver con este: la arena infinita, intacta y dorada, y la melodía rítmica del mar, con el horizonte dividido entre el azul y el amarillo, sin más vegetación que los juncos bajos, unas cuantas salicornias diseminadas, y algún que otro arbusto, no se parecía en nada a este panorama de alcornoques, quejigos, robles, e incluso algún castaño despistado, rodeados de diversos arbustos altos y otras plantas, así como también decenas de eucaliptus plantados por el ser humano, (los cuales, a pesar de no ser autóctonos de la zona, sino de la distante Australia, están tan insertados en nuestros paisajes que ya se perciben como “de aquí”).

El salvaje escenario me sumergió en un mundo de distintas sensaciones, entre aromas y frescas corrientes de aire, y sobre todo, la magnífica impresión de una flagrante soledad donde vivir las horas de manera muy distinta.

Nos preparamos algo sencillo para comer, sin utilizar el hornillo de gas que habíamos traido, algo rápido que nos permitiera disfrutar de un paseo antes de que arreciara la lluvia, que por el momento había aparecido de nuevo, aunque solo como una leve llovizna.

Tras el liviano almuerzo, y puesto que nuevamente había escampado, y esta vez con la alegre aparición de un vívido y reconfortante claro azul en el cielo, nos dispusimos a dar paso a esa caminata abrupta y silvestre que habíamos convertido en el plan principal de la excursión.

Yo tenía un poco de miedo, no solo de las andanzas por los senderos desconocidos, sino sobre todo de la respuesta que iba a dar mi cuerpo ante este desafío, a pesar de que entonces contaba tan solo treinta y nueve años. Mi falta casi total de costumbre en los hábitos deportivos, y algunos problemas en los pies, que me causaban mucho dolor al andar con casi cualquier calzado, me hacían dudar de mí misma y de mis capacidades para asumir la práctica del senderismo. Yo no quería por nada del mundo fracasar en el intento, quedando ante ti como una mujer de cierta edad, que ya no podía llevar a cabo las actividades propias de los cuerpos jóvenes. Ni por todo el oro deseaba decepcionar tu ilusión; muy por el contrario, mi mayor afán era sacar de mis fuerzas y mi ser justo lo mejor, lo más valiente, lo más arriesgado, y el más meritorio espíritu aventurero que pudiera encontrarse en mi interior, para poder cumplir tus expectativas y no parecer en ningún momento una “vieja”, incapaz de seguirte el ritmo.

Comenzamos la andadura en esa misma sobremesa, con el objetivo de aprovechar el guiño de tregua que nos lanzaba el clima y también con la intención de concluir el paseo antes de que empezara a oscurecer, pues ninguno pensaba que ese riesgo absurdo pudiera reportarnos nada productivo. A mí, como novata en estos trances, todo me parecía un hallazgo nuevo y fructífero, y el más mínimo detalle me llenaba de satisfacción: el perfume de las hojas al viento, el frondoso verde que nos rodeaba, las retorcidas siluetas de madera que los troncos formaban a los lados del pequeño carril que hacía las veces de camino, los distintos trinos de numerosas especies de pájaros … Primero, tuvimos que subir sendero arriba, lo que me supuso un colosal esfuerzo, especialmente después de comer, y tras las tareas que habíamos tenido que realizar para dejar el campamento listo. El cansancio acumulado junto con mi deficiente uso de la respiración para este inédito ejercicio me produjeron una falta de resuello en el ascenso, que se vio finalmente recompensada por las magníficas vistas desde el escueto rellano que alcanzamos al llegar al punto más alto de esa parte del camino. Desde allá arriba se podía contemplar la espléndida arboleda que cuajaba las laderas en casi todo su perímetro, excepto algunas zonas del precipicio que presentaban un seco amarillo de arenisca salpicado de arbustos y espinos.Tanto el verdor tupido como el despeñadero dorado descendían en brusca caída hacia el bello lago que se extendía al fondo de la hondonada. Mi sensación fue de absoluto asombro ante la hermosa escena que se desplegaba para mi sorprendida mirada de neófita. Al mismo tiempo, me iba invadiendo un agradable cosquilleo de satisfecha autoestima por los pequeños logros conseguidos.

Fuimos recorriendo la senda entre ascensos, descensos, y falsos llanos, con el abismo a un lado y la escarpada pared al otro, inmersos en la silenciosa solemnidad del campo, y poco a poco la limitada anchura del pasillo iba perdiendo holgura, hasta que en un punto del camino, este se convirtió en una minúscula franja donde apenas cabían los pies, sin poder desviar las pisadas ni un centímetro hacia afuera, porque la extremadamente estrecha dimensión del paso nos habría hecho caer inexorablemente hacia el vacío. Me paré en seco, como esas caballerías que frenan ante el peligro que intuyen, pues no sabía si yo , con mi inexperiencia y mi miedo galopante latiendo desbocado por mi sistema sanguíneo, sería capaz de pasar con éxito por tan angosto saliente. No había sitio suficiente para plantar los dos pies con total certeza, ni tampoco la pared (que para colmo salía hacia fuera como engullendo el poco espacio que quedaba) contaba con asideros de ningún tipo, más que un poco fiable arbusto espinoso que podría desgarrar mis manos, sin darme a cambio la seguridad que precisaba. Tú me esperabas casi al otro lado, ofreciendo tu mano, pero para alcanzarla debía recorrer una pequeña distancia yo sola, pues no había sitio para los dos en ese punto. Mi corazón trotaba desesperado ante esa situación que para mí, con mi pobre torpeza física, era claramente de vida o muerte. Y entonces, tuve que elegir entre el peligro evidente de mi integridad personal o aceptar la severa puntuación que tú me ibas a conceder en este examen obligatorio, donde yo debía demostrar mi valor y mi adaptación a tus exigencias en las acciones de la vida. Deshacer al camino andado no era una opción si quería obtener tu aprobación. No podía rechazar el peligroso reto, que por otra parte, para mí misma también significaba la verificación de mi valía ante mi propio juicio, un duro experimento con el que extraer las habilidades que permanecían dormidas en el fondo de mi ser tan acomodado a la rutina fácil.

Así que, intentando controlar mi agitada respiración, y tomando aire como si me fuera a zambullir en el océano, coloqué con todo el cuidado que mis nervios me permitían un pie delante del otro, literalmente, porque esa era la escasa dimensión de seguridad disponible. Logré ir avanzando varios pasos con el mismo sistema, sin osar desviar la mirada hacia otra cosa que no fuera la sucinta línea del terreno, despacio, pero no con demasiada lentitud, porque esta, en exceso, me haría temblar más de lo prudente, y eso conllevaría el despeño por la empinada ladera. Cuando, por fin, al cabo de unos minutos (la eternidad para mí) atravesé el endemoniado tramo y pude agarrar tu mano hacia el final del mismo, el alivio anegó cada parte de mi interior. Sentí que había cruzado el Cabo de Hornos en plena tormenta, o los muros gaseosos de la estratosfera, o que había coronado el Everest.

De pronto, el paisaje se volvió sumamente hermoso, mucho más que antes, cada pequeño pormenor, cada pieza de la escena, cobró un sentido de espectáculo extasiante. Me llegó a los labios el intenso sabor de la vida, tras lo cual exhalé un suspiro largo y afrutado en el que mi aliento echó a volar, como un alma recién liberada.

Desde ese momento, me convertí en otra persona. Nadie podía verlo, pero esa era la realidad. Otra persona. Con menos miedo, más confianza, y tan orgullosa de mí misma que llevaba henchido el ánimo, hasta que un profundo halo rojizo subió a mi rostro.

Había superado la prueba que tú me habías impuesto, queriendo o sin querer, y aunque en cierto modo te culpaba por haberme colocado en semejante tesitura, por otro lado, debía agradecerte el haberme empujado a salir de algunos de mis miedos para crecer mejor como persona, para atreverme a cosas impensables en otros momentos de mi vida anterior.

Esa noche disfruté como nunca de la cena campestre que preparamos en el hornillo, con esos platos y utensilios que me recordaban las películas del oeste de mi infancia, cuando los vaqueros hacen noche en medio de la naturaleza alrededor de una fogata, y comparten los alimentos junto al fuego, sumidos en la oscuridad del bosque. Más tarde, de madrugada, la lluvia de nuevo hizo acto de presencia, y debo decir que aquella noche me sentí más cerca de la tierra de lo que jamás lo había estado, aspirando el olor a naturaleza mojada mientras absorbía desde el fondo de mi ser el conjunto sensorial de la tormenta: barro, hierba, hojas, viento, relámpagos, todo un concierto de aromas, luces, y sonidos tan verdaderos, tan palpables, como la rotundidad de la existencia, y todo ello a causa de mi nueva perspectiva, adquirida en aquella corta peripecia junto al abrupto despeñadero, cuando me invadió el temor a la posibilidad de una caída mortal, y cuando al final hice gala de una imprevista determinación para coronar mi periplo con éxito. Jamás había sentido un lazo de unión tan vinculado a la naturaleza y sus fenómenos. Escuché la lluvia al caer, el viento ululando entre la fronda, y el retumbar de los truenos en la callada tiniebla como nunca. Como nunca antes. Nada como antes.

La misma plenitud me hizo descubrir la luz del amanecer y tomar el desayuno como si fuera el primero, con ese contento vital que todo lo alumbraba. Igualmente, ese mismo espíritu me empujó con su fuerza de arrebato flamante durante el resto de los días, acometiendo situaciones de peligro de intensidad similar a lo vivido en el precipicio, pero con diferente predisposición a la hora de resolver la circunstancia.

Aquella simple escapada me dio la oportunidad de convertirme en alguien más resistente, de carácter más firme y sólido. Y desde entonces, fui cultivando mi condición más salvaje, la más arraigada a lo natural y agreste, y fue creciendo mi amor por las actividades al aire libre, en los senderos profundos del campo.

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