LOS HERMANOS RECOMPUESTOS (31 Mayo 2020)

LOS HERMANOS RECOMPUESTOS (31 MAYO 2020)

La negra flecha que me hería antaño,

la escisión de mi sangre desprendida,

se suelda dulce. Una estrella encendida

es sutura de luz del agrio daño.

El Bien, que siempre estuvo, es como un paño

que limpia de amargor y hiel fundida

los bordes enconados de la herida,

sin el rencor podrido del engaño.

De la piel plateada del estaño

nuestra fraternidad, un día perdida,

flota en el premio de un azar extraño

nacido de raíz sólida y fuerte,

y recobra la herencia de la vida

en el cristal alado de la suerte.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. AMBIENTE DE DESASOSIEGO (26 Mayo 2020)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. AMBIENTE DE DESASOSIEGO. 26 MAYO 2020

                Acabo de terminar de ver una serie de coproducción internacional, (incluida la intervención española), titulada “White Lines”. Puedo afirmar que, en mi humilde opinión de ávida espectadora, el resultado final conforma un producto bastante digno, el cual atrapa sin lugar a dudas nuestra atención, hasta llegar a esa respuesta visceral que de algún modo nos involucra como parte de lo que va sucediendo, gracias a una confección minuciosa y entretenida, donde destaca la calidad de la interpretación que lleva a cabo el cuidadoso reparto de actores y actrices, como, por ejemplo, el siempre acertado Pedro Casablanc, el meticuloso Juan Diego Botto, o la actriz protagonista, eje de la historia, Laura Haddock, que aguanta un sinfín de primeros planos de desbordante carga emocional con una impecable capacidad de expresión.

 No es mi intención hacer crítica de la mencionada serie, aunque ya he marcado algunos detalles bastante positivos sobre la misma, ni tampoco destripar la historia, para acabar estropeando su desarrollo a posibles audiencias, es decir, lo que ahora se denomina hacer “spoiler” (de “spoil”, estropear, arruinar). No, ni mucho menos. Lo que me gustaría contar, si es que el enjambre de palabras que me sacude me lo permite, es la sensación de absoluto desasosiego que me produce la turbia atmósfera en la que se engarza la trama de este thriller.

 La historia transcurre fundamentalmente en la isla de Ibiza, bailando entre la actualidad y ciertos acontecimientos que tuvieron lugar en los 90. Se presentan de vez en cuando una serie de saltos al pasado con el objetivo de describir con claridad y en su entorno propio, la vida de los personajes durante su adolescencia en su Manchester natal, para explicar el devenir de las circunstancias y crear los contrastes entre los dos entornos que perfilan sus diferentes personalidades.

 Sin embargo, no es la red de suspense que envuelve el relato, ni tampoco las historias colaterales que orbitan alrededor del thriller principal lo que me causa ese desasosiego que ya he nombrado anteriormente y que además da título a esta Pequeña Reflexión. No es el inesperado hallazgo de un cadáver, ni el extraño cambio conductual que se opera en la protagonista (como de hecho suele ocurrir con frecuencia en la vida real a cierto tipo de turistas) al verse libre de las trabas morales de su casa y su familia, y tras sumergirse en un ambiente donde las normas se disipan, lo que da lugar al mencionado desasosiego, aun siendo temas de sobra interesantes. No lo es tampoco la extensa corrupción del dinero, que siempre acaba manchándolo todo en cualquier clase de situación, ni los derroteros que terminan adoptando los otrora amigos de juventud. Nada de eso, a pesar de pertenecer también al manojo de asuntos claves que conmocionan nuestro interior, es la fuente de esta sensación de asco que me invade en el transcurso del visionado de la serie. Lo que me levanta el estómago hasta casi la náusea son las imágenes que muestran las delirantes y febriles fiestas de Ibiza, donde la exageración y la locura impensables toman cuerpo en la realidad más perturbadora, como en las míticas orgías de algunos emperadores romanos, pero mucho más al alcance de la mano que aquéllas, y por tanto, mucho más difundidas en la sociedad de estatus medio, pues cualquier niñato o niñata de tres al cuarto puede apuntarse a la podrida lista de la depravación, y lo que es peor, con la creencia absoluta de que con ello forma parte de lo “más de lo más”, cuando no es más que un guiñapo manipulado. Y es que esas fiestas, que supuestamente son el paradigma de la diversión llevada a su punto máximo, componen de hecho los sueños de mucha gente que las imagina y se imagina en ellas con envidia, y con el profundo deseo de convertirse alguna vez en partícipes directos de su frenesí desaforado. Pero para mí, no son más que la expresión más exacta de la degradación humana, la pura encarnación de unos crueles agujeros negros que chupan las esencias más preciadas del ánimo y de todo aquello que nos define como personas.

 Me resulta vomitivo observar cómo creen que “se lo están pasando bien” una multitud de seres que deambulan absolutamente perdidos, con la memoria machacada por la amnesia pertinaz de las drogas y el alcohol que les roba hasta el control de sus propios recuerdos, para entregarlos, como marionetas sin alma ni voluntad, en las manos de un puñado de lobos (narcos, capos, camellos) que los manejan a su antojo, y los miran desde arriba mientras hacen uso de su total poder de manipulación en su propio provecho y enriquecimiento.

 Esas criaturas que danzan sin rumbo ni conciencia de sí mismos, al ritmo de una felicidad química y artificialmente construida en una pantalla de humo, se vuelven piltrafas, pingajos de carne despojada de autonomía, blancos fáciles para los lobos hambrientos, y también para los trastornos mentales, la enfermedad y la muerte, pues la Dama de Negro siempre acaba pasando factura, aunque aparezca disfrazada en los coloridos trajes o el blanco mentiroso que flota en las fiestas ibicencas.

                No es la edad la que habla. Esta honda sensación de desagrado antes tales conductas las he experimentado toda mi vida, incluso en mi juventud. Jamás, jamás, jamás me ha conquistado ni la más nimia atracción por ese mundo opaco de las falsas alegrías, esos escenarios donde la gente brinca fuera de sí, imbuidos todos por las sombras de un oscuro ritual que nunca pueden manejar ni desentrañar, como los abducidos por el poder de las sectas, con igual dosis de sugestión e igual autoengaño, ese que a la postre, siempre les es rentable a los mismos.

                Eso sí, en cualquier caso, por si a alguien le surge la pregunta, diré que White Lines me ha gustado mucho, y merece la pena ver la serie.

LIBRE Y CONFINADA (19 Abril 2020)

 

LIBRE Y CONFINADA (19 abril de 2020)

 

DUN DUN…

ME SIENTO LIBRE AQUÍ,

A PESAR DE TODO.

ES MI TERRENO, SÍ,

ES MI TERRITORIO.

DUN DUN…

 

LAS GAVIOTAS VAN

POR LA MAÑANA SIN FIN

SEMBRANDO DE GRAZNIDOS LA CIUDAD.

YO ME DEJO ACUNAR

POR ESA FRANJA DE SOL

QUE ME VA A DESPEINAR.

 

HAY UN SILENCIO AZUL

QUE JUEGA EN EL INTERIOR

DE CADA GUIÑO ABIERTO EN LA PARED.

HAY UNA SOLEDAD

DE MUNDOS EN COMUNIÓN

EN ESPERA DEL MAR.

 

ESTRIBILLO:

MIRÉ A MI ALREDEDOR

CON LA ALEGRE MAGIA

DE QUIEN TIENE ALGÚN PODER.

CON OTRAS ALMAS VI

LÚDICOS GORRIONES

CON JUGUETES DE PAPEL.

 

CADA UNO EN SU RINCÓN

DESPUNTA EL TEJIDO

DEL CUAJADO AMANECER,

Y EL VELO DE LA VOZ

CANTA DESDE ARRIBA

CON EL TIEMPO DEL REVÉS.

 

DUN DUN…

ME SIENTO LIBRE AQUÍ,

A PESAR DE TODO.

ES MI TERRENO, SÍ,

ES MI TERRITORIO.

DUN DUN…

 

LA TARDE ES UN VAIVÉN

NAVEGANDO EN UN RELOJ

CON EL EMPEÑO ANSIADO DE UNA FLOR,

Y LAS PALMAS DE ABRIL

QUE MIRAN DESDE EL BALCÓN

VAN DERRAMANDO PÉTALOS.

 

LA NOCHE VA A CONTAR

QUE UN DÍA MÁS DERROTÉ

AL ENEMIGO PORTADOR DEL MAL.

Y ME DA LA IMPRESIÓN

DE QUE TODOS LOS DEMÁS

VAN EN MI BATALLÓN.

 

ESTRIBILLO:

ENTONCES, ME DORMÍ

PENSANDO EN LA ESTRELLA

QUE RECORRE EL VENTANAL,

Y EL CORAZÓN QUEDÓ

SÓLIDO EN EL AIRE,

APOYADO EN EL CRISTAL.

 

LA HABITACIÓN CRECIÓ

COMO UNA GALAXIA

CON LAS UÑAS DE METAL,

Y ME DÍ CUENTA AL FIN

DE QUE LAS VICTORIAS ME VOLVÍAN A LLAMAR,

NOS VOLVÍAN A LLAMAR.

 

 

LA ESCALERA (Abril 2020)

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LA ESCALERA (ABRIL 2020)

LA NOCHE SE QUEBRÓ POR LA ESCALERA

EN UN LATIDO OPACO Y CLANDESTINO,

Y QUEDÓ SEÑALADO SU DESTINO,

LA RAZÓN EXTRAVIADA EN SU FRONTERA.

 

AUNQUE LA RUTINA DE LOS PULMONES

REMEDE EL FRÁGIL FUELLE DE LA VIDA,

SU ALMA SE ESCAPÓ POR ESA HERIDA

QUE EL AZAR EMBOZÓ EN LOS ESCALONES.

 

A MEDIAS VIVE SU CUERPO PERDIDO

TRAS EL SÍSMICO BUCLE DE SU MENTE,

Y EL CANSANCIO EN SUS OJOS BORRA, AUSENTE,

LA LUZ DEL PENSAMIENTO MALHERIDO.

 

NUNCA MÁS VOLVERÁ, AUNQUE EL VACÍO

BOMBEE SU CORAZÓN MUDO Y AJENO,

SU SANGRE, DESVIADA DE SU SENO,

TACHÓ LA FECHA CON EL TACTO FRÍO.

 

DESDE ENTONCES NO ESTÁ, MAS EN SU MANO

ASOMA UN GRIS TEMBLOR QUE NO CONOCE

MÁS QUE LA LEVE PAUSA QUE EN UN ROCE

LA DEVUELVE UN INSTANTE AL MUNDO HUMANO.

 

ENTONCES SU REGRESO SE RESUELVE

EN UN SEGUNDO DE RECUERDO GRAVE,

QUE AL MINUTO SIGUIENTE NADA SABE

DE SU VIAJE SOMBRÍO, Y YA NO VUELVE.

 

(Para una amiga que perdió su espíritu en un maldito accidente)

 

DESPUÉS DE SEIS AÑOS (08 Abril 2020)

FLORES A

DESPUÉS DE SEIS AÑOS (8 ABRIL 2020)

TAL DÍA COMO HOY,

HACE JUSTO SEIS AÑOS,

UNA LLAMADA NEGRA

TE AGARRÓ POR EL BRAZO

Y TE ARRANCÓ DE PRONTO

LA LUZ DEL ESCENARIO.

DIME, ¿QUÉ HABRÍAS SENTIDO

EN ESTE ABRIL EXTRAÑO?

¿QUÉ, AL MIRAR SIN TREGUA

EL ALTO ARTESONADO,

LAS PAREDES ROJIZAS

Y LOS BALCONES BLANCOS

DE TU CASA, Y LA LLAVE

DE TU PORTÓN CERRADO?

TÚ, QUE VOLABAS SIEMPRE

HACIA EL MAR SOBRE RAUDOS

CALCETINES DE AGUA

Y LUCEROS DE BARRO,

¿QUÉ DIRÍAS AHORA

CON TODOS LOS ZAPATOS

BAJO LA CAMA, EN FILA,

AL TOQUE DE DESCANSO?

TAL DÍA COMO HOY,

AL ALBUR DE LOS ASTROS,

LA OSCURIDAD MALDITA

DE ALGÚN TEMPORAL ÁCIDO,

TE CONJURÓ DE PRONTO,

TE ABDUJO HACIA EL ASFALTO,

Y ABRIL SE QUEDÓ SOLO,

DESDE LEJOS, MIRANDO.

DESDE MI BALCÓN (31 MARZO 2020)

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DESDE EL BALCÓN (31 MARZO 2020)

 

DESDE EL RECTÁNGULO ESTRICTO

DONDE SE ESCULPE EL BALCÓN,

LA CALLE ES INCERTIDUMBRE

EN LA INCÓGNITA DEL SOL.

LOS SILENCIOS QUE, HACIA ADENTRO,

SUSPIRAN POR EL CALOR,

MIRAN HERVIR LAS PREGUNTAS

QUE INTUYEN UN CORAZÓN.

PIÑAS QUE AGRIETAN EL CIELO

EN CLAROSCURO SALVAJE

SUELTAN RETOS COMO ESPINAS

EN LAS VOLUTAS DEL AIRE.

Y LA GENTE, COMO NIÑOS

QUE DEL MUNDO NADA SABEN,

SE ENGUANTA LA FE A MORDISCOS

DE TERCIOPELO EN LA TARDE,

MIENTRAS UNA CAJA OSCURA

AL FONDO GRIS DE LA CALLE,

CLAMA A TODOS SU MISTERIO

DE ESPERANZA Y DE SANGRE.

CUANDO LAS MANOS COMPRIMEN

EL AHOGO CON SU BAILE,

SE ARRANCAN LOS LABERINTOS

QUE, ENTRE LOS DEDOS, SE ABREN.

BALCÓN MARZO 2020 (1)

FRENTE A LAS MONTAÑAS (24 Febrero 2020)

FRENTE A LAS MONTAÑAS (24 Febrero 2020)

ATARDECER B

El atrevido azul, casi guerrero,

se puede masticar. Calla la tierra,

y sólo el aleteo repentino

de las palomas en la chimenea,

o algún leve trinar entretejido

con lejanos ladridos por la espesa

anatomía del verde horizonte,

rasga el silencio agudo de la sierra.

Aquí y allá, los cencerros señalan

el tranquilo pastar de las ovejas,

y algún gallo pregona su legado

como un paje del sol entre las hembras.

Un olor desde el campo se desliza

por las paredes blancas y las tejas,

y en su empeño se une a las volutas

grises y caprichosas de la leña:

es el ocaso que se asoma al frío

que empieza a recorrer calles y sendas,

y mientras las ventanas aparecen

en un tapiz cuajado de luciérnagas,

si algo quedaba aún del ajetreo,

la tarde lo apaga y cierra las puertas.

El tiempo se duplica aquí, se extiende

como las sábanas en la azotea;

las horas ríen ociosas en la fuente,

y el día circular, su sombra acuesta.

BENAOCAZ, CALLE CUERVOS (Febrero 2020)

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Benaocaz,  Calle Cuervos (Febrero 2020)

La firme dentadura de la roca

con su verde entramado de quejigos

y encinas, que hacia el sol claman, testigos

del tímido calor que se desboca,

en un Febrero que en el aire toca

la dulce sumisión de sus amigos,

con el espacio claro,  sin abrigos,

va esperando a la noche, que se enroca

en su arenoso rastro de la sal.

Reconozco mi alma, absurda, loca,

piel enredada, un talud de cal,

la curva recogida, traicionera,

entre flores salvajes del parral

en la calle que sube la ladera.

 

NUESTRO SIMPÁTICO PLATERO (Febrero 2020)

Platero A

 

NUESTRO SIMPÁTICO PLATERO (Febrero 2020)

 

La mañana espléndida de la sierra se desparramaba por el paisaje desde un sol quizás demasiado irreverente para el invierno. El ingrávido horizonte azul, drapeado de verde brillante, nos llamaba hacia el sendero terroso que lleva de Benaocaz al Salto del Cabrero, aunque sabíamos que no podríamos avanzar, sino sólo asomarnos a la entrada de la ruta, pues no nos habíamos puesto la indumentaria adecuada, especialmente en lo que al calzado se refiere, ni tampoco disponíamos del tiempo suficiente para culminar con éxito la tarea. En cualquier caso, no albergábamos más pretensión que disfrutar de un corto paseo por el campo.

Al principio del sendero, pudimos ver a un lado una piara de tranquilos cerdos que dormitaban bajo el gratificante sol mañanero. Sus orondas figuras grisáceas, acostadas sin mayor preocupación que descansar sobre la tierra desnuda, sin moverse, nos recordaban a un curioso conjunto de turistas, de esos que vienen a tumbarse horas y horas al sol playero del litoral, como esperando conseguir con ello la bendición eterna de los rayos en su piel, en un tenaz intento por conservar el calor, cual posesión permanente que nadie les pudiera quitar al regresar a sus países. Nuestra presencia a media distancia no les supuso a los puercos ni la más mínima interrupción en su plácida rutina, y simplemente pasaron de nosotros, como si no existiéramos, como si no hubiésemos estado allí.

Al continuar caminando, el terreno se fue haciendo más irregular, más pedregoso, más salpicado de pequeñas trampas invisibles, como huecos de sorpresa, socavones escondidos, saltos de nivel inesperados, o aristas ocultas a modo de zancadillas cortantes. A un lado del camino, tras una delgada valla, de pronto nos pareció descubrir una mirada de inocencia absoluta, irradiada a través de un gracioso rostro peludo. Se trataba de un simpático asno plateado de aire contento que venía detrás, pendiente de nosotros tras el fino enrejado. Su persistencia en llamar nuestra atención por fin nos hizo darnos cuenta de que nos seguía con paso alegre y ganas de conversación, observándonos con sus enormes ojos de adorable limpieza. Nos hizo tanta gracia que nos paramos y nos acercamos al animal. Empezamos a hablarle y a decirle piropos, con ese tono dulzón que impregna la voz de una cierta musicalidad infantil, esa misma que los seres humanos tendemos a usar tanto con los animales como con los niños pequeños, y que fuera de contexto puede parecer incluso ñoña, pero, sin embargo, en su momento y contexto concreto, suscita un repentino y agradable sentimiento de satisfacción emocional.

El burrito estaba encantado con el despliegue de mimos y requiebros cariñosos que le estábamos dedicando, se notaba en su mirada feliz, y en el gracioso baile de sus orejas, que giraban como las antenas de un radar al ritmo de las ondas. Nunca había visto en mi vida tanto gozo en un burro. Su marcado deleite se transmitía en una comunión recíproca de emociones que nos esbozó en un instante unas vívidas sonrisas y carcajadas infantiles como cohetes de feria.

Tras este episodio lleno de sal y gratos reencuentros con la fe en el ser humano, continuamos nuestro paseo, adentrándonos cada vez más en la brusquedad del sendero, que ya empezaba a dejar sus lindes en una estructura difusa. Vimos también unas cabras encantadoras que balaban arremolinadas en corrillos como vecinas en plena conversación chismosa, con algunas crías por aquí y por allá, entretenidas en aprender el útil arte de saltar peñascos, ante la impasible supervisión de sus mamás. Asimismo, hallamos grupos de pollos camperos, donde el gallo alfa mostraba su pavoneo señorial y un tanto chulesco, para dejar claro quién mandaba en el corral, mientras las gallinitas se agazapaban silenciosas bajo las ramas de un arbusto inmenso que las cubría a modo de seta gigante, bajo la cual se adivinaban los numerosos pares de patitas nerviosas.

En un momento dado, nos dimos cuenta de que la dificultad de la senda se hacía ya casi imposible de soportar para unos zapatos de ciudad, cuyas suelas casi lisas poco podían hacer frente al arenal resbaladizo y las cortantes piedras cada vez más abundantes. Entonces, decidimos que lo mejor era dar la vuelta para regresar, siguiendo el mismo rumbo de la ida.

Íbamos distraídos, sumergidos a veces en el silencio salpicado de trinos y otras voces animales que el paisaje nos ofrecía, y a veces en nuestras propias conversaciones de humanos urbanitas, un tanto extasiados ante la explosión diáfana de la naturaleza.

De repente, sin esperarlo, escuchamos un grácil rebuzno cromático, a pleno pulmón, como el saludo de un familiar campechano de voz ruda y volumen subido. Ya ni siquiera nos acordábamos del rucho gris plata que tan cálidamente había recibido nuestras palabras zalameras, pero él en cambio sí que nos recordaba, y nos salió al encuentro junto a la delgada verja en un animado intento de volver a llamar nuestra atención. Le habíamos caído bien sin duda, y nuestro pequeño homenaje de mimos se le había quedado grabado en la memoria, pues había bastante gente paseando por el mismo sendero, al ser Domingo, y no cualquier Domingo, sino el Domingo grande de las fiestas del pueblo, y sin embargo, a pesar de la concurrencia de improvisados senderistas, nuestro particular Platero no se había acercado a llamar a nadie más, ya que probablemente nadie más se había fijado en él del mismo modo, y sólo nosotros fuimos obsequiados con su sencilla respuesta de animal afectuoso.¡Qué saludo tan acogedor su alegre rebuzno dirigido a nosotros como un reconfortante acto de reconocimiento! ¡Qué honesta y sincera bienvenida, aproximándose al pequeño risco donde la verja nos dejaba ver la simpática danza de sus ancas! Parece una anécdota demasiado simple quizás, pero para nosotros, más de ciudad que de campo, fue todo un descubrimiento, pues jamás se nos habría ocurrido que un asno, el animal que proverbialmente, (por desgracia), representa el colmo de la ignorancia y la falta total de inteligencia, fuese en el fondo un ser de alma tan sensible y con tanta capacidad para el recuerdo, ya que a pesar de haber interactuado con él sólo unos minutos, 10 o 15 a lo sumo, ese corto periodo de tiempo había sido suficiente para que el simpático burrito estableciese un vínculo con nosotros, con ese amor inconmensurable e incondicional que nos brindan los animales.

Y esa es la esencia de este sencillo relato anecdótico: el profundo deseo de aprender a valorar ese regalo sin precio posible en este mundo, que se encuentra en la magnífica ingenuidad del amor que nos profesan esos seres vivos que no pertenecen a nuestra especie. Nos podemos sentir afortunados.

 

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: ELEFANTES MARAVILLOSOS (Enero 2020)

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PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. ELEFANTES MARAVILLOSOS (Enero 2020)

 

Ayer, durante esa hora de sobremesa en la que los documentales nos sumergen en el dulce sopor del sueño relajado, me sorprendió desde la pantalla una narración cautivadora, en la que nos contaban una curiosa historia protagonizada por una manada de elefantes africanos.

Sucedió que, allí, en la amplia sabana de un parque natural situado en mitad del África profunda, un grupo de pacíficos y hermosos elefantes fueron sometidos al sufrimiento de una cruel masacre a manos de la ambición desmedida de unos cazadores tan furtivos como faltos de escrúpulos, y me atrevería a decir, que incluso faltos de corazón.

La otrora tranquila manada se transformó de repente, por obra y arte del odio y la inconsciencia del ser humano, en un incontrolado estallido de violencia y agresividad como nunca antes se había visto en dicho grupo, de manera que la sola presencia del hombre desataba un terremoto de trompas airadas, e impulsaba embestidas ciegas, tras las que la velocidad de sus cuerpos, como moles letales, encendía una carrera de columnas vengadoras a través de la vegetación agitada hasta las raíces. Esta constante estampida belicosa convenció a los responsables del parque de que el comportamiento de los elefantes suponía una peligrosa amenaza hacia los turistas que a veces visitaban aquel fantástico espacio natural.

Ante semejante peligro, y a fin de evitar daños mayores, las autoridades competentes decidieron trasladar a la problemática manada a otra zona con medidas de seguridad más sólidas y controladas.

Acabaron, pues, los elefantes protagonistas de esta historia en un área acotada por fuertes vallados, donde se establecía una especie de doble aislamiento con el objetivo de prevenir cualquier conato de ataque a la civilización.

Al observar esta medida, un par de biólogos, muy amantes de los animales, se propusieron recuperar la confianza perdida de los recelosos elefantes, que así habían reaccionado ante la maldad de los malnacidos cazadores cuando éstos habían matado indiscriminada y cruelmente a tantos miembros de su familia elefantina.

Durante casi un año, ambos estudiosos estuvieron acampando junto al enorme recinto en el que habían enclaustrado a los elefantes, para intentar hacerles perder su miedo, y la dolorosa ira que habían desarrollado ante la nefasta actuación de los humanos. Para ello, emplearon un ingente derroche de paciencia y muestras de tranquilidad y cariño, con tímidos y cautelosos acercamientos, siempre con la lentitud y la precaución que imponen la prudencia y el sentido común.

Al cabo de muchos meses, sus esfuerzos dieron sus esperados frutos, pues la portentosa jefa de la manada, bautizada como Frankie, decidió, por fin, darles un voto de confianza a ese par de locos humanos, lanzando paulatinas señales de aceptación. Para ello, la soberbia paquiderma, por primera vez desde su traslado, dejó de barritar estrepitosamente al percatarse de la presencia de los hombres, y asimismo, contuvo su anterior reacción violenta, y en su lugar, pasó a mostrar un significativo silencio, seguido de esa quietud impasible de quien simplemente observa. Por supuesto, el resto de los elefantes se sumó a la nueva conducta que su jefa había adoptado frente a los seres humanos.

El gran, y definitivo, día de la reconciliación tuvo lugar en una luminosa mañana, cuando la magnífica elefanta permitió que uno de los hombres, llamado Lawrence, se acercara lo suficiente al vallado como para encontrarse a corta distancia, y la rúbrica que firmó de una vez por todas el pacto, se produjo cuando Frankie alzó su trompa para tocar cariñosamente a Lawrence, que sintió hasta el fondo de su alma el brillante roce del amor que la hermosa elefanta había optado por profesarle.

Desde aquel día, la firme amistad entre estos paquidermos y los especímenes humanos no sólo perduró, sino que fue aumentando con el tiempo, de manera que el vínculo creado se fue haciendo cada vez mayor, hasta llegar a permitir que Lawrence y su compañero pudieran tocar incluso a las crías. La confianza adquirida a través de esta unión hizo que los elefantes recobrasen la fe en los seres humanos, hasta alcanzar el ansiado punto en el que desapareció del todo aquel violento recelo que un fatídico día habían causado los desalmados cazadores furtivos. Y así, con su nueva actitud de recobrada paz, la manada se ganó la vuelta al parque natural del que un día tuvieron que salir.

Pero lo más bello y emocionante de la historia tuvo lugar cuando se produjo la repentina muerte de Lawrence. Los elefantes, con Frankie al frente, recorrieron casi 1000 kilómetros para presentarse a rendir homenaje a su amigo humano muerto, justo a las puertas de su casa. La manada permaneció quieta y en el más absoluto silencio en la entrada de la parcela de Lawrence, durante 24 horas, sin moverse, cumpliendo con los rigurosos requisitos del más llorado de los velatorios. Y desde entonces, en el aniversario del fallecimiento de Lawrence, la manada, con el sólido paso de Frankie a la cabeza, vuelve al mismo sitio, para cumplir con el ritual, con sus 24 horas de callado homenaje frente a la cancela de la finca.

¡Qué poderosa visión, el grupo de paquidermos mostrando su sentido pésame y su aflicción, majestuosamente, sus enormes contornos dibujados en el tenebroso aullido del viento que cruza la sabana, en la inmensa noche de África, quietos, sin proferir ni un sonido, y sin mover ni un ápice sus magníficas trompas!

Debo confesar que este reportaje no sólo me apartó de la tibia siesta de la tarde, sino que me abrió la emoción de par en par.