De niña, yo era un desastre a la hora de comer. Comía menos que un gorrión, con minúsculas porciones, y de muy limitada variedad, pues no me gustaba casi nada y me negaba a probar alimentos o platos nuevos. En general, la ingesta era tan escasa que, incluso, en una ocasión, había derivado en una peligrosa enfermedad llamada cetoacidosis, comúnmente conocida como “acetona”, que se da en casos de anemia persistente por inanición. Hasta ese punto llegaba mi inapetencia y mi negación a alimentarme en condiciones.
Nunca quería comer. Nunca tenía ganas. Mis padres estaban desesperados, consumidos por la preocupación y el miedo por mi salud, en medio de esta extraña situación, que no sabían cómo resolver.
Y he aquí que a mi padre se le ocurrió una curiosa idea, aprovechando la gran ilusión que yo sentía por la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Un día cercano a la Navidad, me llamó y me hizo saber que por suerte disponía de un teléfono mágico para comunicarse con los famosos Magos, y así contarles las incidencias o vicisitudes que pudieran surgir por mi comportamiento. Por supuesto, el susodicho teléfono sólo podía ser usado por los adultos, sobre todo, los padres, que además eran los únicos a quienes se les permitía mantener conversaciones con los Reyes. Solamente ellos podían hablar y escuchar lo que se decía a través de ese aparato, y también ellos en exclusiva lo podían ver, pues para los niños era completamente invisible. La mágica línea funcionaba sólo para los padres o familiares adultos, pero le estaba vedada a los menores.
Yo me creí todo esto con la fe abierta e inquebrantable de la inocencia infantil, y cuando mi padre manipulaba el aparato invisible, haciendo girar el mágico dial con el dedo como si marcara el número celestial, y al final comenzaba la conversación con un: “¡Hola! ¡Buenos días tengan sus Majestades!”, yo me quedaba boquiabierta, embargada por la emoción y con los ojos medio saliéndose de sus órbitas. Él continuaba: “Soy el padre de Virginia, de 7 años de edad. Miren ustedes, estamos muy preocupados porque mi niña apenas come, y si sigue así no va a crecer, y además se va a poner muy malita. ¿Cómo? ¿Cómo dicen ustedes? ¿Qué si no se come todo el plato no le van a poner nada, ni tan siquiera carbón? … Vale, vale. Sí, sí, yo se lo digo”, y me lanzaba una mirada fija y potente, una mezcla entre amenaza y súplica. “¿Ves? Mira lo que dicen los Reyes, que si no te alimentas como Dios manda, no te van a traer ni un regalo. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.” Yo asentía con una seriedad de témpano sobre mi rostro, con mi cuerpo temblando por los nervios, y algunas lágrimas que, al resbalar por mi cara azorada, bosquejaban un solemne rastro salado de promesa, hasta mojar mis labios. “¡Sí, sí, papá! Diles que lo voy a intentar, aunque no tenga ganas. Voy a dejar los platos limpios. ¡No quiero quedarme sin juguetes!”, balbuceaba yo, entre hipidos y sollozos. “¡Díselo, por favor, papá! ¡Lo prometo!”.
“¿Han oído eso, sus Majestades, Melchor, Gaspar, y Baltasar? La niña Virginia asegura que va a acabarse los platos que le pongan, y va a intentar comer de todo, así que no dejen de preparar los paquetes con sus regalos para este 6 de enero, ¿de acuerdo?… Vale, vale, sí, así lo hará. ¡Gracias, señores Magos!”, exclamaba mientras colgaba el asombroso auricular.
Y yo, ni que decir tiene, en la más absoluta convicción de que mi padre había contactado con los Magos de Oriente, procuraba poner todo mi empeño para cumplir la promesa, y recibir gracias a este esfuerzo la recompensa que la mágica Noche de Reyes tenía reservada para mí.
La tenue luz que aún se despereza en la calle húmeda de relente no basta para poder apagar los potentes faros del autobús, que siguen alumbrando la tibieza del amanecer, mientras el vehículo serpentea con energía en la joven mañana a través de su ruta, cruzando la ciudad que empieza a marcar el volumen de sus ruidos cotidianos, descorriendo cortinas, alzando barajas, vistiendo escaparates, o simplemente levantándose al albur del desayuno.
Los viajeros, todavía con cara de haberse peleado con el despertador, cubren sus tímidos bostezos, en un intento por enfrentarse al día con la fuerza suficiente para sacarlo adelante. Entre ellos, en la mitad del vehículo, se encuentra la joven Lucía, estudiante de 1º de Filología Hispánica, con sus recién estrenados 19 años, que, apretando los apuntes y los libros contra su regazo, lanza miradas furtivas al muchacho sentado justo al otro lado de su asiento. Ella sabe que se llama Pablo, y también ha averiguado que estudia 3er curso de Filología Románica, porque su madre es francesa, y ese hecho le ha impulsado a estudiar el mundo francófono. A través de unas amigas, a las que ha puesto a investigar para ayudarla en el desaforado empeño de su amor platónico, también sabe que no tiene novia…
Pablo, a pesar de ir enfrascado en el esquema de ese trabajo que debería haber terminado para su clase de 1ª hora con Don Abundio, a quien todos apodan “el Hueso”, no puede evitar que sus ojos permanezcan fijos sin querer en el hermoso rostro de la chica que va sentada en la zona delantera del autobús. La única información que tiene sobre ella es su nombre, Adela, porque un día alguien la saludó llamándola así, y él se quedó con el cante. También sabe que se baja después que él, aunque ignora en qué parada. Si no fuera por el miedo que le tiene a don Abundio, seguiría montado hasta ver dónde se apea Adela. Pero hoy no puede ser, pues se la puede jugar con “el Hueso”. Tendrá que darle un buen pretexto a don Abundio para justificar la tarea inconclusa.
Allá adelante, Adela se agita un poco nerviosa porque va con el tiempo justo al hospital donde trabaja como enfermera. Ha tenido que quedarse con su abuela, y le han surgido algunos percances, como cambiarla y lavarla hasta dos veces. Con todo ello, se ha visto obligada a correr sin más remedio. Desde luego, no le gusta salir de casa así, con esas prisas de buena mañana, pues le da la sensación de que el tiempo ya va acelerado incluso antes de dar el pistoletazo de salida. Eso es muy agotador. Sus pensamientos viajan al norte, a Noruega, desde donde ha recibido una tentadora oferta de trabajo, con alojamiento gratis garantizado, un sueldo 4 veces mayor que el de aquí, y un horario de ensueño, sin carga excesiva de guardias. Y lo más importante, allí le aseguran el reconocimiento respetuoso y agradecido que se merece su labor en el duro mundo sanitario. Pero, claro, está el asunto de su querida abuela…¿Cómo va a marcharse y dejarla sola?
Sentado en el asiento que salta intempestivamente sobre una de las ruedas traseras, está Carlos, un alegre muchacho de planta agradable y ademanes educados, que trabaja como comercial en unos grandes almacenes. Antes, sus ambiciones no iban más allá de ese sueldo mediocre que le permite costear sus salidas y sus diversiones, mientras continúa viviendo en casa de sus padres. Pero últimamente, eso ha cambiado. Desde que toma este autobús, se ha quedado prendado de esa dulce chica que siempre parece abrazar sus libros, y que suele sentarse en la parte media del autobús. Le encanta su aire de ensoñación y de ingenua intelectualidad. Sabe que se llama Lucía, porque lo vio escrito en una hoja de sus apuntes que una vez se le cayó al suelo, y que por supuesto, él se apresuró a recoger solícitamente, aunque ella no le hizo el menor caso. No entiende qué hay en el brillo de sus ojos, pero de repente, ha empezado a sentirse espoleado por la urgencia de prosperar, de avanzar, de crecer. Quiere volver a estudiar, compaginar sus estudios con el trabajo, sacar lo mejor de sí, para poder, algún día, presentarse ante ella, y decirle: “¡Hola! Me llamo Carlos. Todos los días vamos en el mismo autobús, el de las 7:15…”
Querido esposo, amado a pesar de todo, porque mi corazón, inmenso de amor aquellos años, impregnaba la vida como una verdad indiscutible y sólida, con firmes raíces de plata en la tersura de la tierra.
Decías que me amabas. Al principio, tal vez fue así, muy al principio, cuando todavía la perversidad disparatada de necesitar controlarme no se había plantado en tus entrañas, cuando todavía la obsesión tal vez no era más que un germen diminuto que aún no te había inoculado la sinrazón de los celos y el desprecio. Pero después, poco a poco, una densa tiniebla te fue envenenando con un ansia de poder sobre mí que desató la furia de tu alma ya podrida.
Decías que me amabas, que yo tenía la culpa, que te empujaba a descargar tu diabólica idea de la justicia con castigos de hiel y espinas. Llevaste mi vida en cuerpo y alma al grotesco infierno de dolor y vejaciones que tus ciegos impulsos trazaban sin piedad. La tortura se disfrazó de rutina durante años en el más oscuro de los despropósitos, mientras yo intentaba calmarte, cambiarte quizás, arrinconada en las temibles penumbras de la casa.
Decías que me amabas. Incluso aquella fatídica noche en que tu delirante locura decidió hundir ese afilado cuchillo en mi corazón, desde el pecho hasta la espalda, diez veces, diez dardos de muerte que me atravesaron hasta clavarse en el parqué del comedor, porque no podía más. Me marchaba…
Desde aquí, donde mi cuerpo no es más que un recuerdo de ceniza, y mi nombre una triste cifra en algún registro, un número que apunta la vergüenza del mundo como una sombra de tragedias cotidianas, soy libre, estoy en paz. No creo que llegues a tu último destino con el alma aseada al viento. Aunque desearía tu sanación, el odio nunca beneficia a nadie.
¡Qué pena de amor desperdiciado!
Espero que mi absurda muerte sirva de advertencia a alguna incauta para salir corriendo. Decías que me amabas. ¡Qué sabrás tú de amor! ¡Menos mal que el amor existe y es más grande que tu mezquindad!
En la perturbadora oscuridad de la noche, la tormenta libraba su salvaje batalla contra el asfalto desgastado de la calle, dejando a su paso, tras el impávido rugido de los truenos y el denso tejido de la lluvia, una legión de charcos redondos y burbujeantes por todo el pavimento.
La electricidad descargada en la vorágine del chubasco había apagado de repente todas las farolas del entorno, quedando como única fuente de luz los chispazos intermitentes de los relámpagos.
De pronto, una de las farolas comenzó a parpadear inquieta, como quien sale de un estado de inconsciencia temporal, o como quien abre los ojos tras la anestesia de una complicada operación. Y por fin, tras el ligero titubeo, se volvió a encender sin más preámbulos.
Una chica que, empapada por la inclemencia del aguacero, intentaba seguir su camino a casa, pudo notar, a pesar de la inmensa tiniebla y la implacable cortina de agua, la aparición de aquella tímida pero firme luz de la única farola que alumbraba en toda la calle, como un sencillo faro en posición de resistencia. Sin pensarlo fue hacia ella, igual que las polillas acuden al resplandor de las lámparas en las noches de verano. Y bajo la luz amarillenta y cálida de la farola, le pareció ver, en un lado de la acera, un extraño bulto, algo parecido a un cesto cubierto por bolsas de basura abiertas por la mitad, a modo de improvisados impermeables caseros. Observó una especie de tenue movimiento, por lo que se decidió a levantar las bolsas mojadas. Con la mayor cautela, y con los nervios afilados y tensos, tratando de contener el temblor de los dedos, palpó entre el revoltijo textil que formaban una manta y un chal de lana. La sensación de tocar algo vivo la sumió en el desconcierto, y al mirar más de cerca, con toda la prudencia de la que pudo hacer acopio, se encontró con lo que menos se podía esperar en una noche tormentosa como aquella: la tierna figura de un bebé. Era un hermoso niño de tan solo una o dos semanas de vida, que se agitaba suavemente, en un intento por hacerse notar y llamar la atención sobre su peligrosa y precaria circunstancia, y aunque se podía percibir el, por el momento, buen estado de salud de la criatura, estaba claro que precisaba ayuda urgente e inmediata.
La muchacha se desprendió de los plásticos mojados, y recogió al niño con cuidado extremo, abrumada por el miedo, la sorpresa, y la falta de seguridad en sus propias acciones, pues era una chica joven, sin demasiado conocimiento sobre bebés. Aún así, lo abrazó contra su pecho, y más por instinto que por experiencia, lo sostuvo bien arropado con lo que halló seco dentro del cesto. Corrió hacia su portal a toda la velocidad que daban sus piernas, y una vez allí, ya desde dentro, bajo techo, en el seco ambiente de la entrada al bloque, por fin llamó a emergencias.
Me he sentado ante la blanca extensión del papel para escribirte, amor, simplemente una carta. Pero, a decir verdad, me abruma un cierto vacío, porque estas cosas, tan antiguas, tan cursis quizás, ya no se hacen. Ahora los lances del amor quedan ceñidos a dos o tres palabras sueltas, palabras multiuso, manidas de tanta repetición, como el tapizado de una silla ajada por el desgaste, como un sucio timbre mil veces pulsado en un descolorido y desvencijado caserón.
Los amoríos modernos y jóvenes tienen bastante con esos dos o tres términos insulsos, a los que acompañan de algún emoticono, que aun teniendo su gracia visual, inhibe de por sí la necesidad de un vocabulario más complejo o más osado, y da a los mensajes un cierto tono de jeroglífico egipcio.
Pero, si pudiera, si todavía se llevara esto de escribir cartas de amor, te diría que en aquellos momentos de angustia sin límite, el frío de la habitación estuvo resbalando por los muebles como una pesadilla recurrente, desde las sábanas a la colcha, de la mesilla a las cortinas, desde los espejos sin azogue a la madera en su silencio persistente, desde los tenues hilos de luz hasta la oscuridad porfiada del suelo.
Te diría que el pesado eco que choca contra las paredes, ya no sabe recordar. Te diría que en esta reencarnación de libertad desnuda, tan lejos de las vidas anteriores, las cosas son tan brillantes que puedo verlas antes de que aparezcan, a través de una preclara lucidez que alumbra milagrosamente mi capacidad de pensar. Te diría que mi nombre de antes ha cambiado, la identificación pasada de mi ser, la que nombra una de mis existencias de antaño, se ha caído, como las hojas de los calendarios, y que ya, a estas alturas, escribir una carta de amor de remite borroso y destino perdido, es casi absurdo.
Y sin embargo, a pesar de todo, aún así, esto, como decía Serrat, “es una carta de amor / que se lleva el viento pintado en mi voz, / a ninguna parte, / a ningún buzón.”
En la cúspide de aquel verano, que apretaba indolente a los sufridos vecinos del barrio durante todo el día con su pesada flama, (como siempre en nuestra tierra sureña), estos pobres habitantes del infierno, con los cuerpos ya agotados por el calor, intentaban apañárselas para llegar sanos y salvos a la tregua nocturna de la temperatura. Muchas sillas bailaban raudas escaleras abajo, hacia la calle, donde servían de asiento a aquellos que buscaban el frescor que dispersaba por todas partes el alivio de la oscuridad, bajo las limpias estrellas del estío. Las charlas incesantes subían su eco vaporoso hasta la luna, y los niños jugábamos en la calle disfrutando de la ligera brisa, sin restricciones en las horas.
Mis amigas y yo soñábamos con ir solas alguna de esas noches al cine de verano que se hallaba al otro lado del puente, en las estribaciones del vecindario. Había que cruzar no solo el puente sino también la carretera, siempre atestada de tráfico, que separaba el amplio local del cine de los límites de las casas, como una gran serpiente al acecho; pero nosotras sabíamos ya atravesar los obstáculos, puente y carretera, con sumo cuidado, a pesar de nuestros escasos nueve años, ocho en el caso de Carmelita.
Las cuatro, Luisa, Carmen, Carmelita y yo, anhelábamos poder hacer realidad nuestro deseo, ya que a las cuatro nos gustaba mucho el cine. Pero ese no era el único motivo. Además de la tendencia a vivir aventuras a través de la pantalla, nos atraía sobremanera la posibilidad de ir las cuatro solas, como si fuéramos adultas, a disfrutar de las películas. Y para rematar el sueño, el recinto donde se ubicaba el cine se encontraba cerca de un caño de agua, y rodeado de plantas aromáticas, por lo que a la emoción de la experiencia había que añadir la agradable frescura del ambiente que se respiraba en el lugar, perfumado de jazmines, damas de noche, y otros arbustos que se mezclaban en la sinfonía de olores.
Todas sabíamos que teníamos que ahorrar de nuestra exigua paga, supuestamente semanal, de una o dos pesetas. Pero se presentaban varios problemas: para empezar, la paga no se recibía de manera regular, sino con la intermitencia que el presupuesto familiar permitía, cada diez o doce días, o una sola vez al mes, si acaso. En segundo lugar, la cantidad era tan pequeña que necesitaríamos varios meses para alcanzar las doce pesetas que costaba la entrada para los asientos de “general”, más barata que la entrada para la zona de “preferencia”. Y por último, estaba el tremendo asunto de la pobre Carmelita, que no recibía ni paga, ni atención, ni comida a sus horas, ni ninguno de los cuidados preceptivos para con una niña de ocho años, pues sus padres, la mayor parte de las veces, se encontraban sumidos en la inconsciencia y la despreocupación con las que el alcohol les embotaba el alma y el cuerpo. A ella ni siquiera se le hubiera ocurrido sacar el tema del dinero para el cine, a sabiendas de que la sola mención de algo así podía suponerle una paliza de espanto. <<¡Uff! ¡Dinero para el cine! Ni soñarlo>> Recibía golpes de todos los colores sin siquiera una razón, siempre vapuleada como un guiñapo, únicamente por la simple arbitrariedad de la ojeriza que las borracheras plantaban en el podrido ánimo de sus padres. ¿Qué podrían hacerle teniendo un “motivo”, como la osadía de pedir dinero para un capricho, como, por ejemplo, el antojo del cine?
Así que éramos conscientes de que el precio para la entrada de Carmelita lo tendríamos que reunir entre las demás, porque si no, sería imposible que pudiera disfrutar de la película con nosotras. Y sabíamos también que para ella estas escapadas en compañía de las amigas, fuera de la amargura de su casa, le devolvían la esperanza y la fe en el mundo, y le regalaban ese rato de felicidad que la salvaba de la desesperación total, a pesar de que no tenía más remedio que volver a la tortura diaria de su vida familiar. Sus alegres vivencias con nosotras eran sus vacunas contra la derrota del ánimo.
Estaba claro que se hacía necesario acudir a nuestras familias con la mejor cara de niña buena que pudiéramos aparentar, para así engatusar a mamá o a papá y conseguir que nos proporcionaran, cualquiera de los dos, la suma precisa para realizar nuestro deseo.
Yo, como era la más pequeña en casa, y el ojito derecho de mi padre, me acerqué a él con toda mi inocente sutileza para proponerle que me financiara la susodicha entrada del cine. La verdad es que no tuve que hacer mucho esfuerzo, pues mi padre acababa de cobrar, y le pareció una buena idea que yo comenzara a desplegar las alas con mis amigas, sobre todo para ir a empaparme del séptimo arte. Mi padre siempre fomentó mis incursiones a la cultura, ya fuese con libros, películas, música, arte en general, o sencillamente con los estudios, a pesar de nuestro entorno humilde, o quizás por eso mismo. Pero, como no tenía suelto, me dio una moneda de diez duros, (cincuenta pesetas), con la firme advertencia de que debía darle la vuelta del dinero una vez realizado el gasto.
Cuando por fin todas contábamos con el dinero suficiente, incluso para la entrada de Carmelita, nos dispusimos a llevar a cabo nuestra anhelada excursión al cine de verano, sin importarnos mucho ni siquiera cuál pudiera ser la película, y sin haber visto la cartelera. Después de cruzar con mucho cuidado la carretera y el puente, llegamos a la taquilla, donde adquirimos los billetes. ¡Qué ilusión!
La película en cuestión era de espías, una de James Bond, “Operación Trueno”. Nos sentamos en las sillas con agitación un tanto desmedida, pero sin mostrar excesivas señales externas de tal revuelo emocional. No nos pusimos ni a gritar, ni a molestar a los demás espectadores, ni a movernos inquietas por las sillas, evitando así el crear, sin desearlo, un estallido de enojo en el público circundante. Nada de eso. Llevábamos los nervios por dentro, con la misma expectación y las mismas ganas que si fuera la primera vez que asistíamos a una velada de cine, lo cual no estaba muy lejos de la realidad, pues nunca antes habíamos podido gozar de una película las cuatro juntas. En unos instantes, nada más empezar el film, nos anegó el gigantesco despliegue de color de la pantalla, envuelto, como si de un humo blanco y esponjoso se tratara, en los acordes de la espléndida canción que ilustraba la banda sonora. Y una vez sumergidas en el suspense de la trama, reaccionábamos a cada detalle de la historia como si nos encontráramos en mitad de la acción, saltando, mordiéndonos las uñas, y lanzando pequeños grititos de angustia contenida, con suaves pellizcos y agarrones de brazos entre unas y otras, y si bien no entendíamos del todo los innumerables giros de guión y el enrevesado carácter del argumento, nos acabó pareciendo lo bastante entretenida como para cumplir las expectativas del principio.
Pero lo mejor de todo, aparte de la película en sí, o como colofón de la resolución final de la historia, fue que yo, al ver que contaba con muchas pesetillas, (la vuelta de las cincuenta pesetas), sentí el impulso de comprar, como hacían los adultos, una botella de Coca-Cola en el ambigú del cine. Una para las cuatro, pues el famoso refresco costaba muy caro, ¡30 pesetas!, y los diez duros no daban para más. Eso sí, la botella de entonces era algo más grande que las actuales. ¡Qué maravillosa sensación compartir esa Coca-Cola con mis amigas con la espléndida voz de Tom Jones inundando el ambiente junto con los perfumes de las variadas flores que rodeaban el cine! Esos frescos y contados buches que bebimos del burbujeante líquido nos parecieron la mejor sensación del planeta… Si alguien hubiese podido captar el placer y el alegre gusto que destilaban nuestros rostros en ese encendido ritual de camaradería alrededor de la fría botella, el espléndido y sincero material habría servido para montar el más convincente de los anuncios que la compañía Coca-Cola pudiera imaginar. Jamás olvidaré aquella experiencia.
Cuando regresé a casa, mi padre me estaba esperando. Me saludó y, casi inmediatamente, me pidió que le diera el dinero de vuelta. Sin embargo, solo pude entregarle cuatro míseras pesetas. Intenté explicarle con toda la labia de la que fui capaz que había comprado un refresco para mí y también para mis amigas, uno para las cuatro, y que lo habíamos pasado mejor que nunca gracias a esa ocurrente circunstancia. Pero mi padre se puso hecho una furia, porque en mi casa el dinero no sobraba, sino que por el contrario, faltaba la mayoría de las veces, y cualquier imprevisto, por pequeño que pareciese, hacía temblar las cuentas familiares. Me gritaba nervioso, como un energúmeno, hasta que llegó mi madre con el firme propósito de suavizar el tema, tratando de excusar mi error con el hecho de que yo nunca recibía ningún caprichito, y que ya tenía edad para disfrutar de vez en cuando de algún pequeño detalle para mi asueto y mi formación como persona. Mi padre, que me amaba con ternura, al igual que a mi madre, fue bajando la temperatura de su enfado, y finalmente asintió ante las explicaciones, dando la razón a mi madre y el asunto por zanjado en un alarde de generosidad. Entonces, como por encanto, en un segundo, me miró como quien mira a una niña que acababa de dar un pequeño e inesperado estirón, como si pareciera un poquito mayor que el día anterior, antes de salir con las amigas a aquella memorable sesión de cine.
De niña, yo era un desastre a la hora de comer. Comía menos que un gorrión, con minúsculas porciones, y de muy limitada variedad, pues no me gustaba casi nada y me negaba a probar alimentos o platos nuevos. En general, la ingesta era tan escasa que, incluso, en una ocasión, había derivado en una peligrosa enfermedad llamada cetoacidosis, comúnmente conocida como “acetona”, que se da en casos de anemia persistente por inanición. Hasta ese punto llegaba mi inapetencia.
Nunca quería comer. Nunca tenía ganas. Mis padres estaban desesperados, consumidos por la preocupación y el miedo por mi salud, en medio de esta extraña situación, que no sabían cómo resolver.
Y he aquí que a mi padre se le ocurrió una curiosa idea, aprovechando la gran ilusión que yo sentía por la llegada de los Reyes Magos de Oriente. Un día cercano a la Navidad, me llamó y me hizo saber que por suerte disponía de un teléfono mágico para comunicarse con los famosos Magos, y así contarles las incidencias o vicisitudes que pudieran surgir por mi comportamiento. Por supuesto, el susodicho teléfono sólo podía ser usado por los adultos, sobre todo, los padres, que además eran los únicos a quienes se les permitía mantener conversaciones con los Reyes. Solamente ellos podían hablar y escuchar lo que se decía a través de ese aparato, y también ellos en exclusiva lo podían ver, pues para los niños era completamente invisible. La mágica línea funcionaba sólo para los padres o familiares adultos, pero le estaba vedada a los menores.
Yo me creí todo esto con la fe abierta e inquebrantable de la inocencia infantil, y cuando mi padre manipulaba el aparato invisible, haciendo girar el mágico dial con el dedo como si marcara el número celestial, y al final comenzaba la conversación con un: “¡Hola! ¡Buenos días tengan sus Majestades!”, yo me quedaba boquiabierta, embargada por la emoción y con los ojos medio saliéndose de sus órbitas. Él continuaba: “Soy el padre de Virginia, de 7 años de edad. Miren ustedes, estamos muy preocupados porque mi niña apenas come, y si sigue así no va a crecer, y además se va a poner muy malita. ¿Cómo? ¿Cómo dicen ustedes? ¿Qué si no se come todo el plato no le van a poner nada, ni tan siquiera carbón? … Vale, vale. Sí, sí, yo se lo digo”, y me lanzaba una mirada fija y potente, una mezcla entre amenaza y súplica. “¿Ves? Mira lo que dicen los Reyes, que si no te alimentas como Dios manda, no te van a traer ni un regalo. Así que ya sabes lo que tienes que hacer.” Yo asentía con una seriedad de témpano sobre mi rostro, con mi cuerpo temblando por los nervios, y algunas lágrimas que, al resbalar por mi cara azorada, bosquejaban un solemne rastro salado de promesa, hasta mojar mis labios. “¡Sí, sí, papá! Diles que lo voy a intentar, aunque no tenga ganas. Voy a dejar los platos limpios. ¡No quiero quedarme sin juguetes!”, balbuceaba yo, entre hipidos y sollozos. “¡Díselo, por favor, papá! ¡Lo prometo!”.
“¿Han oído eso, sus Majestades, Melchor, Gaspar, y Baltasar? La niña Virginia asegura que va a acabarse los platos que le pongan, y va a intentar comer de todo, así que no dejen de preparar los paquetes con sus regalos para este 6 de enero, ¿de acuerdo?… Vale, vale, sí, así lo hará. ¡Gracias, señores Magos!”, exclamaba mientras colgaba el asombroso auricular.
Y yo, ni que decir tiene, en la más absoluta convicción de que mi padre había contactado con los Magos de Oriente, procuraba poner todo mi empeño para cumplir la promesa, y recibir gracias a este esfuerzo la recompensa que la mágica Noche de Reyes tenía reservada para mí.