LA SENDA ANGOSTA (Enero 2025)

LA SENDA ANGOSTA (Diciembre 2024)

El día amaneció con barrigas de plomo rozando el paisaje. El panorama, ya cercano al otoño, se enfundaba en gris para el primer fin de semana de septiembre. Este se iba a prolongar por la suma del día festivo local, y por ello se iba a convertir en un apetecible puente, un periodo de ocio como de vacaciones extendidas, muy apropiado para una “escapadita”. Las preñadas nubes hacían guiños de oscura gravidez mientras cargábamos las cosas para emprender el viaje hacia el camping de la sierra en el que nos íbamos a instalar unos días, como despedida del verano, y también como celebración de pequeña bienvenida para tu regreso. Volvías de una primera campaña en el mar, con la experiencia de la vida marinera agitándose aún, casi por digerir todavía. Aquellos meses en el apretado aislamiento de la nave, con su ausencia de tierra firme, y su particular encierro todo horizonte, supuso un antes y un después para la rutina de nuestra anterior existencia, sobre todo para ti, que te enfrentaste por primera vez al peso de los monólogos a merced del viento salado, los límites marcados por el hierro del casco, y la constante falta de sueño que los horarios de a bordo urdían en el permanente cansancio de la tripulación.

Por eso te hacía tanta falta sacudirte el salitre y la espuma yodada, por eso necesitabas el descanso quieto y sin vaivenes de la tierra contundentemente sólida, y también por eso deseabas con tanto ahínco esos días de campo y monte, ajenos al mar, con el hábito justo del silencio, y la jubilosa garantía de no tener que hacer nada más que recorrer los impávidos senderos que, con su travieso fluir, discurrían por las densas arboledas y bordeaban los tupidos precipicios.

Para mí era como entrar en el mundo casi desconocido de la naturaleza, una circunstancia íntima con un mágico trasfondo rural que apenas si conocía, y que solo recordaba, muy vagamente, en los ya perdidos y lejanos tiempos de la adolescencia, cuando en un par de ocasiones me había aventurado con mi grupo de amigas a pasar unos días en unos campings cercanos a la playa, y de los cuales, el segundo significó con mucho el entorno más salvaje en el que me había encontrado jamás.

El trayecto fue sereno y dulce, dejando crepitar un discreto entusiasmo agazapado entre las tripas mientras atravesábamos un escenario de árboles y floresta. La vegetación, suavemente agitada por el viento, presagiaba la inminente venida de la lluvia. A pesar de ello, un tenue brillo de alegría asomaba en los ojos al compás de la música de las casetes, que llenaba el espacio del vehículo con las canciones de “El Último de la Fila”:

<<Cruzó el pasado en el camino,

y lo miraba y no podía llorar.

Entre el crepúsculo y el alba,

no hizo otra cosa que dejarse llevar.

Y refulgiendo cual luciérnagas,

caminando sin prisas sobre el tiempo,

huyen de un mundo material,

son espíritus barridos por el viento…>>

Por dentro, yo rogaba que no lloviese porque el mal tiempo significaba una inesperada descarga de agua que nos podría arruinar la estancia, y sobre todo, nuestros planes de subir y bajar por los peñascos y los ondulantes senderos del agreste paisaje. Pero la amenaza era clara y real, y antes de alcanzar nuestro destino, las gotas ya rociaban el parabrisas sin piedad y sin mucha intención de marcharse.

Curiosamente, justo al llegar por fin, cuando descargamos los bártulos y empezamos a montar la tienda, (o mejor dicho empezaste, pues mi ignorancia en estos temas me impedía echar una mano en el ensamblaje, más allá de acercarte piquetas, cuerdas, y herramientas), el cielo nos obsequió con una escampada, un pequeño respiro entre chubasco y chubasco, suficiente para dejar la tienda y los enseres bien colocados y a punto para darnos cobijo.

No había prácticamente nadie más en los alrededores. La sensación del campo extenso, solitario, húmedamente genuino, me dejó extasiada en mi torpe condición de urbanita que apenas había entrado en contacto con la naturaleza más que alguna hora suelta, nunca durante un espacio de tiempo suficiente, y nunca en la vivencia de “alojamiento permanente”, de día y, sobre todo, de noche, con la excepción de aquellos días lejanos de la playa con mis compañeras del instituto. Pero ese entorno nada tenía que ver con este: la arena infinita, intacta y dorada, y la melodía rítmica del mar, con el horizonte dividido entre el azul y el amarillo, sin más vegetación que los juncos bajos, unas cuantas salicornias diseminadas, y algún que otro arbusto, no se parecía en nada a este panorama de alcornoques, quejigos, robles, e incluso algún castaño despistado, rodeados de diversos arbustos altos y otras plantas, así como también decenas de eucaliptus plantados por el ser humano, (los cuales, a pesar de no ser autóctonos de la zona, sino de la distante Australia, están tan insertados en nuestros paisajes que ya se perciben como “de aquí”).

El salvaje escenario me sumergió en un mundo de distintas sensaciones, entre aromas y frescas corrientes de aire, y sobre todo, la magnífica impresión de una flagrante soledad donde vivir las horas de manera muy distinta.

Nos preparamos algo sencillo para comer, sin utilizar el hornillo de gas que habíamos traido, algo rápido que nos permitiera disfrutar de un paseo antes de que arreciara la lluvia, que por el momento había aparecido de nuevo, aunque solo como una leve llovizna.

Tras el liviano almuerzo, y puesto que nuevamente había escampado, y esta vez con la alegre aparición de un vívido y reconfortante claro azul en el cielo, nos dispusimos a dar paso a esa caminata abrupta y silvestre que habíamos convertido en el plan principal de la excursión.

Yo tenía un poco de miedo, no solo de las andanzas por los senderos desconocidos, sino sobre todo de la respuesta que iba a dar mi cuerpo ante este desafío, a pesar de que entonces contaba tan solo treinta y nueve años. Mi falta casi total de costumbre en los hábitos deportivos, y algunos problemas en los pies, que me causaban mucho dolor al andar con casi cualquier calzado, me hacían dudar de mí misma y de mis capacidades para asumir la práctica del senderismo. Yo no quería por nada del mundo fracasar en el intento, quedando ante ti como una mujer de cierta edad, que ya no podía llevar a cabo las actividades propias de los cuerpos jóvenes. Ni por todo el oro deseaba decepcionar tu ilusión; muy por el contrario, mi mayor afán era sacar de mis fuerzas y mi ser justo lo mejor, lo más valiente, lo más arriesgado, y el más meritorio espíritu aventurero que pudiera encontrarse en mi interior, para poder cumplir tus expectativas y no parecer en ningún momento una “vieja”, incapaz de seguirte el ritmo.

Comenzamos la andadura en esa misma sobremesa, con el objetivo de aprovechar el guiño de tregua que nos lanzaba el clima y también con la intención de concluir el paseo antes de que empezara a oscurecer, pues ninguno pensaba que ese riesgo absurdo pudiera reportarnos nada productivo. A mí, como novata en estos trances, todo me parecía un hallazgo nuevo y fructífero, y el más mínimo detalle me llenaba de satisfacción: el perfume de las hojas al viento, el frondoso verde que nos rodeaba, las retorcidas siluetas de madera que los troncos formaban a los lados del pequeño carril que hacía las veces de camino, los distintos trinos de numerosas especies de pájaros … Primero, tuvimos que subir sendero arriba, lo que me supuso un colosal esfuerzo, especialmente después de comer, y tras las tareas que habíamos tenido que realizar para dejar el campamento listo. El cansancio acumulado junto con mi deficiente uso de la respiración para este inédito ejercicio me produjeron una falta de resuello en el ascenso, que se vio finalmente recompensada por las magníficas vistas desde el escueto rellano que alcanzamos al llegar al punto más alto de esa parte del camino. Desde allá arriba se podía contemplar la espléndida arboleda que cuajaba las laderas en casi todo su perímetro, excepto algunas zonas del precipicio que presentaban un seco amarillo de arenisca salpicado de arbustos y espinos.Tanto el verdor tupido como el despeñadero dorado descendían en brusca caída hacia el bello lago que se extendía al fondo de la hondonada. Mi sensación fue de absoluto asombro ante la hermosa escena que se desplegaba para mi sorprendida mirada de neófita. Al mismo tiempo, me iba invadiendo un agradable cosquilleo de satisfecha autoestima por los pequeños logros conseguidos.

Fuimos recorriendo la senda entre ascensos, descensos, y falsos llanos, con el abismo a un lado y la escarpada pared al otro, inmersos en la silenciosa solemnidad del campo, y poco a poco la limitada anchura del pasillo iba perdiendo holgura, hasta que en un punto del camino, este se convirtió en una minúscula franja donde apenas cabían los pies, sin poder desviar las pisadas ni un centímetro hacia afuera, porque la extremadamente estrecha dimensión del paso nos habría hecho caer inexorablemente hacia el vacío. Me paré en seco, como esas caballerías que frenan ante el peligro que intuyen, pues no sabía si yo , con mi inexperiencia y mi miedo galopante latiendo desbocado por mi sistema sanguíneo, sería capaz de pasar con éxito por tan angosto saliente. No había sitio suficiente para plantar los dos pies con total certeza, ni tampoco la pared (que para colmo salía hacia fuera como engullendo el poco espacio que quedaba) contaba con asideros de ningún tipo, más que un poco fiable arbusto espinoso que podría desgarrar mis manos, sin darme a cambio la seguridad que precisaba. Tú me esperabas casi al otro lado, ofreciendo tu mano, pero para alcanzarla debía recorrer una pequeña distancia yo sola, pues no había sitio para los dos en ese punto. Mi corazón trotaba desesperado ante esa situación que para mí, con mi pobre torpeza física, era claramente de vida o muerte. Y entonces, tuve que elegir entre el peligro evidente de mi integridad personal o aceptar la severa puntuación que tú me ibas a conceder en este examen obligatorio, donde yo debía demostrar mi valor y mi adaptación a tus exigencias en las acciones de la vida. Deshacer al camino andado no era una opción si quería obtener tu aprobación. No podía rechazar el peligroso reto, que por otra parte, para mí misma también significaba la verificación de mi valía ante mi propio juicio, un duro experimento con el que extraer las habilidades que permanecían dormidas en el fondo de mi ser tan acomodado a la rutina fácil.

Así que, intentando controlar mi agitada respiración, y tomando aire como si me fuera a zambullir en el océano, coloqué con todo el cuidado que mis nervios me permitían un pie delante del otro, literalmente, porque esa era la escasa dimensión de seguridad disponible. Logré ir avanzando varios pasos con el mismo sistema, sin osar desviar la mirada hacia otra cosa que no fuera la sucinta línea del terreno, despacio, pero no con demasiada lentitud, porque esta, en exceso, me haría temblar más de lo prudente, y eso conllevaría el despeño por la empinada ladera. Cuando, por fin, al cabo de unos minutos (la eternidad para mí) atravesé el endemoniado tramo y pude agarrar tu mano hacia el final del mismo, el alivio anegó cada parte de mi interior. Sentí que había cruzado el Cabo de Hornos en plena tormenta, o los muros gaseosos de la estratosfera, o que había coronado el Everest.

De pronto, el paisaje se volvió sumamente hermoso, mucho más que antes, cada pequeño pormenor, cada pieza de la escena, cobró un sentido de espectáculo extasiante. Me llegó a los labios el intenso sabor de la vida, tras lo cual exhalé un suspiro largo y afrutado en el que mi aliento echó a volar, como un alma recién liberada.

Desde ese momento, me convertí en otra persona. Nadie podía verlo, pero esa era la realidad. Otra persona. Con menos miedo, más confianza, y tan orgullosa de mí misma que llevaba henchido el ánimo, hasta que un profundo halo rojizo subió a mi rostro.

Había superado la prueba que tú me habías impuesto, queriendo o sin querer, y aunque en cierto modo te culpaba por haberme colocado en semejante tesitura, por otro lado, debía agradecerte el haberme empujado a salir de algunos de mis miedos para crecer mejor como persona, para atreverme a cosas impensables en otros momentos de mi vida anterior.

Esa noche disfruté como nunca de la cena campestre que preparamos en el hornillo, con esos platos y utensilios que me recordaban las películas del oeste de mi infancia, cuando los vaqueros hacen noche en medio de la naturaleza alrededor de una fogata, y comparten los alimentos junto al fuego, sumidos en la oscuridad del bosque. Más tarde, de madrugada, la lluvia de nuevo hizo acto de presencia, y debo decir que aquella noche me sentí más cerca de la tierra de lo que jamás lo había estado, aspirando el olor a naturaleza mojada mientras absorbía desde el fondo de mi ser el conjunto sensorial de la tormenta: barro, hierba, hojas, viento, relámpagos, todo un concierto de aromas, luces, y sonidos tan verdaderos, tan palpables, como la rotundidad de la existencia, y todo ello a causa de mi nueva perspectiva, adquirida en aquella corta peripecia junto al abrupto despeñadero, cuando me invadió el temor a la posibilidad de una caída mortal, y cuando al final hice gala de una imprevista determinación para coronar mi periplo con éxito. Jamás había sentido un lazo de unión tan vinculado a la naturaleza y sus fenómenos. Escuché la lluvia al caer, el viento ululando entre la fronda, y el retumbar de los truenos en la callada tiniebla como nunca. Como nunca antes. Nada como antes.

La misma plenitud me hizo descubrir la luz del amanecer y tomar el desayuno como si fuera el primero, con ese contento vital que todo lo alumbraba. Igualmente, ese mismo espíritu me empujó con su fuerza de arrebato flamante durante el resto de los días, acometiendo situaciones de peligro de intensidad similar a lo vivido en el precipicio, pero con diferente predisposición a la hora de resolver la circunstancia.

Aquella simple escapada me dio la oportunidad de convertirme en alguien más resistente, de carácter más firme y sólido. Y desde entonces, fui cultivando mi condición más salvaje, la más arraigada a lo natural y agreste, y fue creciendo mi amor por las actividades al aire libre, en los senderos profundos del campo.

LA MANO DE LOS REYES MAGOS (Versión extendida A) Diciembre 2024

LA MANO DE LOS REYES MAGOS Versión extendida A (04 ENERO 2024)

(I)

 A la pequeña Encarnita , que contaba apenas ocho años de edad, lo que más ilusión le hacía en el mundo era la visita de los Reyes Magos, cuya llegada esperaba con vibrante emoción. La Noche de Reyes era para ella la fecha más especial que podía imaginarse. Y no es que los regalos que recibía fueran abundantes, ni espectaculares, sino que más bien eran pocos y humildes, en concordancia con el escaso presupuesto familiar, si bien ella, con su inocencia intacta, aún nada sabía de ese asunto, pues no se podía ni imaginar que los esperados presentes fueran cosa de sus propios padres.

 Sin embargo, para Encarnita, los maravillosos Magos de Oriente siempre daban en el blanco con su elección, y colmaban de largo las sencillas expectativas de la niña.

 Pero aquel año la cosa era distinta. Su hermano Gabriel, que había cumplido los dieciocho en octubre, había sufrido un terrible accidente laboral en su mano derecha. El apéndice se había siniestrado al atascarse en una máquina, y como consecuencia, el feroz aplastamiento le había dejado inútiles algunos dedos y parte de la palma. Sin su mano derecha, Gabriel no podía seguir trabajando, y perdía toda opción de futuro laboral, de independencia económica, y hasta ese halo sutil de dignidad que imprime el trabajo a los seres humanos.

 Su hermanita decidió escribir una emotiva carta a los Reyes Magos, en la que les suplicaba la curación de la mano de Gabriel, a cambio de cualquier regalo que le pudieran traer de ahora en adelante. Ningún presente podría satisfacerla más que ver a su hermano con la mano en plenas condiciones, igual que antes del desgraciado accidente.

(II)

 El doctor Pérez Roca, famoso cirujano, conocido en el mundo entero, no sabía qué le pasaba a su coche. El auto se había parado en mitad de la nada, en una carretera comarcal de firme poco cuidado, que surcaba como un hilo silencioso el verdor del campo, flanqueado por hermosas laderas salpicadas de árboles y plantas. Ni siquiera había un arcén al que recurrir, por lo que el doctor tuvo que meter su coche en un sendero de tierra para no estorbar el tráfico, por si acaso aparecía algún coche, aunque allí no daba la impresión de que hubiese demasiado ajetreo de vehículos.

 Una furgoneta que circulaba por aquel lugar perdido de pura casualidad, lo recogió y lo llevó al pueblo más cercano.

(III)

 El mecánico del pueblo, Mariano, un hombre muy mañoso y dotado con una habilidad natural para los motores, atendió al doctor Pérez Roca con toda su amabilidad. Fue a recoger el coche averiado con su grúa, y enseguida, tras echarle un profundo y acertado vistazo, dio con la raíz del problema. Se puso manos a la obra y arregló el automóvil con rápida eficacia.

 Cuando el doctor Pérez fue a echar mano a la cartera para pagar a Mariano sus servicios, se dio cuenta de que se había dejado la cartera en su casa. Con gesto azorado, trató de explicar al mecánico que no podía pagarle inmediatamente porque por despiste se había olvidado la cartera en su domicilio.

<<¡No se preocupe! Ya me pagará cuando vuelva. Yo voy a estar aquí en el taller. ¡No me voy a mover de este sitio!>>

 En ese momento, el doctor Pérez observó a un muchacho de aspecto triste y compungido, que tenía la mano derecha vendada. Mariano le comentó: <<Es mi hijo. Se aplastó la mano en el trabajo con la maquinaria. Estamos destrozados porque la ha perdido para siempre, y ¡es tan joven!>>, exclamó con algunas lágrimas asomando temblorosas en sus apenados ojos.

 El doctor Pérez Roca replicó: <<Déjeme examinarlo. Soy cirujano, y la reconstrucción es justo mi especialidad. Quizás se pueda hacer algo. ¡No se preocupe por nada!>>

(IV)

  Pasado un año, en la fiesta del pueblo, engalanado con laboriosas guirnaldas de lucecitas de colores, Gabriel bailaba alegremente con su novia. La operación que el doctor Pérez Roca había realizado en su mano accidentada había sido un éxito absoluto. Había podido recuperar la mano, con el añadido de una pequeña prótesis, y había alcanzado casi el mismo nivel funcional que antes del accidente, como si se tratara de un maravilloso prodigio divino. La familia no podía estar más feliz, sobre todo la niña Encarnita, que secretamente, sentía que el milagro se debía a su intervención, con ese sacrificio personal tan valioso para ella. Su corazón entero se hallaba anegado de júbilo y agradecimiento a sus queridos Reyes Magos.

LA MANO DE LOS REYES MAGOS

LA MANO DE LOS REYES MAGOS (Versión corta) Diciembre 2024.

(I)

A la pequeña Encarnita , que contaba apenas ocho años de edad, lo que más ilusión le hacía en el mundo era la visita de los Reyes Magos. La Noche de Reyes era para ella la fecha más especial que podía imaginarse. Y no es que los regalos que recibía fueran abundantes, ni espectaculares, sino que más bien eran pocos y humildes, y ella en su inocencia no se podía ni imaginar que los esperados presentes fueran cosa de los padres.

Sin embargo, para Encarnita, los maravillosos Magos de Oriente siempre daban en el blanco con su elección.

Pero aquel año la cosa era distinta. Su hermano Gabriel, que había cumplido los dieciocho en octubre, había sufrido un terrible accidente laboral en su mano derecha, perdiendo algunos dedos al ser aplastados por la máquina con la que trabajaba.

Su hermanita decidió escribir una emotiva carta a los Reyes Magos, en la que les suplicaba la curación de la mano de Gabriel, a cambio de cualquier regalo que le pudieran traer.

(II)

El doctor Pérez Roca, famoso cirujano, no sabía qué le pasaba a su coche. El auto se había parado en mitad de la nada, en una carretera comarcal de firme poco cuidado, flanqueado por hermosas laderas salpicadas de árboles y plantas. No había un arcén al que recurrir, por lo que el doctor tuvo que meter su coche en un sendero de tierra. Una furgoneta que circulaba por aquel lugar perdido por pura casualidad, lo recogió y lo llevó al pueblo más cercano.

(III)

El mecánico del pueblo, Mariano, un hombre muy mañoso y dotado con una habilidad natural para los motores, atendió al doctor Pérez Roca con toda su amabilidad, y enseguida, tras echarle un profundo y acertado vistazo, dio con la raíz del problema. Se puso manos a la obra y arregló el automóvil con rápida eficacia.

Cuando el doctor Pérez fue a echar mano a la cartera para pagar a Mariano sus servicios, se dio cuenta de que se había dejado la cartera en casa. Con gesto azorado, trató de explicar al mecánico que no podía pagarle inmediatamente porque por despiste se había olvidado la cartera en su domicilio.

<<¡No se preocupe! Ya me pagará cuando vuelva. Yo voy a estar aquí en el taller>>

En ese momento, el doctor Pérez observó a un muchacho de aspecto triste y compungido, que tenía la mano derecha vendada. Mariano le comentó: <<Es mi hijo. Se aplastó la mano en el trabajo con la maquinaria. Estamos destrozados porque la ha perdido para siempre, y ¡es tan joven!>>, exclamó con algunas lágrimas asomando temblorosas a sus apenados ojos.

El doctor Pérez Roca replicó: <<Déjeme examinarlo. Soy cirujano, y la reconstrucción es justo mi especialidad. Quizás se pueda hacer algo. ¡No se preocupe por nada!>>

(IV)

Pasado un año, en la fiesta del pueblo, Gabriel bailaba alegremente con su novia. La operación del doctor Pérez Roca había sido un éxito absoluto. Había podido recuperar la mano, con el añadido de una pequeña prótesis, y había alcanzado casi el mismo nivel funcional que antes del accidente. La familia no podía estar más feliz, sobre todo Encarnita, que secretamente, sentía que el milagro se debía a su intervención. Su corazón entero se hallaba anegado de júbilo y agradecimiento a sus queridos Reyes Magos.

EL INFIERNO EN VALENCIA (NOVIEMBRE 2024)

EL INFIERNO EN VALENCIA (NOVIEMBRE 2024)

Cuando en la tarde de plomo

el Infierno preparaba

su vestimenta de guerra,

ansioso por la batalla,

la gente nada sabía

del Diablo y de sus armas.

No sabían de la violencia

enrarecida y taimada

que el Averno les tendía

al filo de las barrancas.

No sabían que la lluvia

corriendo loca en las ramblas,

anhelaba sepulturas

de inocentes en sus casas.

Ataviado en brusco barro,

arrancando troncos, ramas,

coches, suelos, puertas, flores,

techos, sueños, gritos, almas,

el Tártaro sonreía

tras su victoria macabra,

y en minutos infinitos,

en la eternidad varada,

solo la desolación

dolor y desesperanza

quedaron sobre la tierra,

bajo la furia del agua.

¿Cómo va a salir el sol?

¿Cuándo la luz será clara?

¿Cuándo la yerma humedad

dejará brotar las plantas?

Muchos corazones lloran,

muchos hombros hacen falta,

muchos abrazos y besos,

y silencio en las palabras,

para dar la vuelta al tiempo

y cosechar la esperanza,

para barrer la basura

y limpiar el sol al alba.

ALLÍ, ALLÍ TE ENCONTRABA

ALLÍ TE ENCONTRABA

En el terso relumbre de la noche

que encripta la quietud más escondida,

no eran necesarias las palabras

ni el discurso común de los mortales.

No hacía falta la tinta de los sellos,

ni el pespunte cabal de los escritos,

ni precintar un lacre consensuado

por algún visto bueno de las calles.

Tan solo era preciso el roce cálido

de tu piel con mi piel en armisticio,

dos cuerpos hilvanándose en el agua,

la sólida tensión de esa armonía

que nos dejaba ser, fuera de todo,

la danza luminosa del contacto

que decide verter desde las cumbres

las fuerzas que confluyen en un cauce.

Allí, allí era donde te encontraba,

en la certeza del amor crecido,

en el vaivén flagrante de los poros,

donde el tiempo apartaba sus designios,

donde el curso del sol se dividía

en íntimas galaxias refulgentes,

donde el tacto moldeaba la existencia

y nuestra piel se alzaba victoriosa.

LAS PEQUEÑAS GOTAS DE LA FELICIDAD (Octubre 2024)

LAS PEQUEÑAS GOTAS DE LA FELICIDAD (Octubre 2024)

Es un milagro en gotas muy pequeñas,

la ráfaga puntual que guiña al cielo,

un momento en la cumbre, tierno anhelo

que arropa tu silencio cuando sueñas.

Es la mínima luz, las tenues señas

que alumbran cada paso, el sutil celo

con que filtrar la sombra del desvelo,

la fugaz recompensa en que te empeñas.

Ese rápido fin refulge al fondo

destellos de alegría en lo más hondo,

y a sabiendas que no dura un segundo,

nos regala victorias de algodón,

nos instala la fe en el corazón,

y nos marca el sentido de este mundo.

RENACIMIENTO MÚLTIPLE (Septiembre 2024)

RENACIMIENTO MÚLTIPLE (Septiembre 2024)

En la vida hay muchas vidas,

muchas y no solo una,

y vas pasando por ellas

como en la noche la luna,

con su disfraz de caireles

y sus máscaras de bruja

que pasea, misteriosa,

en la cadencia nocturna.

Cada vida es un camino,

es una apuesta valiente,

donde ni los precipicios

ni los barrancos advierten

de cuán profundo es el valle,

ni de las curvas que vienen.

En cada paso se muda,

en cada cambio se siente

que el viento nos ha empujado

a renacer, que una fuente

de agua fresca brotó

allá a lo lejos, de frente.

Pero cada encrucijada

deja una pequeña muerte,

y hay que recoger el barro

desparramado en el césped

de esa cuneta que abriga

restos de vencidas huestes,

trozos del alma azorada

por las heridas, y agrestes

rocas que oran al cielo,

buscando nuevas simientes.

Todos vamos renaciendo

y  muriendo muchas veces;

por dentro brilla el mosaico

de los añicos de siempre.

Para empezar desde cero

hay que mirar al pasado,

no despreciar los errores,

ni borrar viejos abrazos,

ni renegar de palabras

ni de juramentos vanos,

ni cegarse con rencores,

ni preguntarse si acaso

habría habido ventura

de haber saltado a lo alto,

o elegido otro sendero,

o calzado otros zapatos,

o si un viraje en la niebla

nos hubiese separado

del rumbo que parecía

a buen término llevarnos:

equivocarse es el reto

en nuestra salud de humanos,

para aprender lo divino

sobre la sombra del diablo.

Porque ese ser que camina

y que continúa andando,

es la suma de las vidas

que lo han ido modelando.

Volver a empezar sería,

bajo el olvido enconado,

ir, como un muerto sin ojos,

dando vueltas por el campo.

En la vida hay muchas vidas,

muchas y no solo una,

y pasas por ellas como

por los ciclos de la luna.

UN AMIGO EN EL CAMINO (Septiembre 2024)

UN AMIGO EN EL CAMINO (Septiembre 2024)

En los altos y bajos del sendero

por el que caminamos día a día,

cambias la sombra brusca, áspera y fría,

sembrando luz al aire con esmero.

Es tu mirada el hálito certero,

un justo abrazo, una mano en la mía,

un alivio en la gris melancolía,

cuando el caos agosta el mundo entero.

Desde la soledad, yo solo espero

compartir el camino en compañía

y gozar las razones que bendigo

en este temporal esparcimiento

brindado por la vida, como el viento

que se viste de la palabra “amigo”.

LA MUERTE LLEGÓ DE PRONTO (AGOSTO 2024)

LA MUERTE LLEGÓ DE PRONTO (AGOSTO 2024)

(Décimo aniversario de una muerte inesperada)

La muerte llegó de pronto

en su capucha enfundada,

emanando de tinieblas,

ondeando su negra capa,

como si fuera de noche

en medio de la mañana.

La muerte llegó de pronto

mientras el tiempo se helaba

en el tórrido verano

tras el rumor de la playa,

arrasando el escenario

la oscuridad solitaria.

La muerte llegó de pronto.

Lució su risa macabra,

sus dedos de huesos sucios

y sus turbias artimañas,

señalando el calendario

con sus uñas afiladas.  

¡Ay, qué miedo da la muerte

cuando de repente salta

y clava en un cuerpo joven

la hoja de su guadaña!

¡Qué huella queda por siempre

impresa a fuego en el alma,

cuando te miran, sin ojos,

sus viejas cuencas malvadas!

La muerte llegó de pronto

y quemó todas las cábalas

que las existencias rotas

buscan en las madrugadas,

sembrando un pavor oculto

con su conjetura exacta.

CANCIÓN PARA MARCO A DOS VOCES (Versión Agosto 2024)

CANCIÓN PARA MARCO

ESTRIBILLO

Hacia el sol

vuelan sus juegos

y todo el universo resbala en el tobogán.

Y  al mirarme con sus ojos

las puertas de la vida van en vendaval,

y se abren las cancelas de par en par.

Corretea, corretea  y surca mundos

donde los tiburones son sus amigos,

siempre sonríen.

Salta y salta, salta con los dinosaurios,

en un paisaje de colores sin fin.

ESTRIBILLO

Hacia el sol

vuelan sus juegos

y todo el universo resbala en el tobogán.

Y  al mirarme con sus ojos

las puertas de la vida van en vendaval,

y se abren las cancelas de par en par.

Me dibuja, me dibuja un garabato,

y me lo enseña para que yo le diga

qué puede ser.

Lo llenamos, lo llenamos de colores,

y las formas empiezan a aparecer.

ESTRIBILLO

Hacia el sol

vuelan sus juegos

y todo el universo resbala en el tobogán.

Y  al mirarme con sus ojos

las puertas de la vida van en vendaval,

y se abren las cancelas de par en par.

Cuando duerme, cuando duerme la inocencia

se expande como espuma por las paredes

y los rincones,

y al cantarle, y al cantarle la mañana,

su risa es el milagro de un manantial.

ESTRIBILLO

Hacia el sol

vuelan sus juegos

y todo el universo resbala en el tobogán.

Y  al mirarme con sus ojos

las puertas de la vida van en vendaval,

y se abren las cancelas de par en par.