Las Vocales Envidiosas

LAS VOCALES ENVIDIOSAS

 

¿Conoces bien las vocales? ¿Estás al tanto de todos los  secretos de esas señoronas que responden al sonido de A, E, I, O  y U? Fíjate bien en sus cuerpos y sus voces cantarinas, y no pienses nunca que hay alguna que supera a las demás, pues todas por igual son importantes. Si cometes el error de anteponer  alguna de las vocales a sus sonoras compañeras, podría suceder como en esta historia.

Érase una vez un pueblo perdido en las montañas al que llamaban la Aldea de las Palabras. La gente allí era tranquila y sencilla, y sus días transcurrían como frases apacibles, acunados como en algún añejo diccionario descubierto por un niño.

En el pueblo vivían adjetivos y verbos, nombres y sentencias, en singular armonía, y entre ellos la flor y nata del origen de todas las lenguas, las Vocales: Allí cantaba la A, mayúscula ella, con su forma de tejado con desván, también la E, el eterno peine de carcajada burlona, y la I, larga y estirada, con su punto a modo de corona de quita y pon sobre su esbelta figura; también bostezaba la O, redonda y risueña, semejante a un redil redondo,  tal vez soñando con plazas de toros, o con alegres balones, y su amiga la U, con sus cuernos salvajes apuntando al cielo.

 

Un día la A pensó: “Yo soy la más importante de todas la vocales. Sin mí no hay palabras como pan o cama, tan imprescindibles para la vida”. Entonces llamó a las otras vocales y las metió en el desván. Al día siguiente, la señora María fue a comprar dos litros de leche y medio kilo de café. No pudo decirlo. “Das latras da lacha a medaa kala da cafa” “¿Cama?” “Das latras da lacha a medaa kala da cafa” Nadie se entendía y todas las palabras salían como espejos monótonos en un infinito acorde de asombro. Todos sonaban como atónitos. El viento del atardecer parecía quejarse o incluso extrañarse con su A constante.

Una ratoncita llamada Guadalupe vivía en el más recóndito agujero del sótano del Ayuntamiento, donde tenía escondidos muchos libros con sus letras, todas completas e impecables. La gente del pueblo se reunió asustada en el Ayuntamiento. Guadalupe se ofreció a traducir y a ayudar, y al fin dio con la solución: Fueron a hablar con la A para pedirle por favor que desistiese de su tonto juego de secuestro inútil y nocivo para todos, y por fin la A abrió su desván y liberó a las demás vocales.

 

En otra ocasión la E pensó: “ Yo soy la más importante de las vocales. Sin mí no hay belleza, no se puede recordar, y los ingleses no podrían tomar el té. Llamó a sus hermanas para peinarlas con un peinado nuevo, y las dejó enredadas sin poderse soltar.

Al día siguiente cuando la señora Luisa fue a comprar un kilo de chorizo para sus rollizos niños, no pudo: “Cherece” “¿Keme? ¿Cereces?” No había manera de entenderse. Los habitantes del pueblo parecían tartamudos asustados, haciendo aspavientos y dando inútiles gritos que a nada conducían, pues las conversaciones se limitaban a una eeeeeeeeeeeeeee repetidamente absurda. Hasta el viento de la tarde se sentía molesto con su forzado y torpe balido: Eeeeeeeeeeeeeeeee

De nuevo, todos los lugareños, como impulsados por la desesperación, fueron en busca de la ratoncita Guadalupe, quien, a pesar de la maraña de voces ovejunas, comprendió cual era la misión que por segunda vez le estaban encomendando. Se dirigió entonces a la E con un cesto de sonrisas y todo su afable alfabeto, y por fin le hizo ver cuán errónea había sido su atolondrada decisión de enredar a sus hermanas en las púas de su envidia estúpida. Entonces las vocales salieron de su laberinto y llenaron las bocas de palabras enteras y preciosas.

 

Ocurrió que otro día, a la I le dio por pensar: “Soy desde luego la más elegante y delgada. Estoy a la moda, voy a la última. Las pondré a todas como rosas de pitiminí. Llamó a sus hermanas para jugar al bridge, y las hizo prisioneras hipnotizándolas con su punto, como al vaivén de un frenético reloj. El viento chirriaba como un caballo (iiiiiiiiii). Cuando el señor cartero le llevó un telegrama a Juan, el farmacéutico, gritó:”In tiligrimi”, sin poderlo evitar, y por más que intentaba recomponer las palabras que anunciasen  su encargo, sólo conseguía prolongar el incomprensible relincho. La gente parecía obligada a sonreír en una infinita mueca de labios afilados, y muchos fueron los que ya empezaban a sentir molestias en las quijadas, encogidas sin descanso.

 

No hubo más remedio que acudir a Guadalupe, como en las ocasiones anteriores. La ratoncita se acercó con cuidado para no sucumbir encantada por el poderoso imán del punto. Ya cerca, le contó a la I que la consulta del Doctor Pérez estaba desbordada con tanto dolor de mandíbula paralizada, que los niños lloraban  sin parar con incesantes gemidos finos como hilos de viento, y que su cabezonería no tenía razón de ser. La I decidió liberar a sus hermanas de aquel sopor tan dañino para el pueblo.

 

Algún tiempo más adelante, cuando ya casi nadie se acordaba de las difíciles vicisitudes que las acumuladas envidias de las vocales habían acarreado, cayó la O en el mismo pecado, y de pronto se puso a pensar: “Yo soy la más perfecta, las más redonda. Soy como el universo. Dentro de mí caben todas las demás como en un anillo. Sin mí no habría flor, ni color, ni amor, ni siquiera voz. Llamó a sus hermanas para cantar una canción a coro. Y el viento se puso a tronar con eterna sorpresa: Oooooooooo

Anita quería un lápiz verde para colorear un árbol que había dibujado en el colegio. “On lopoz vordo” “¿Ko?” “On lopoz vordo”  No pudo hacerse entender. No consiguió el lápiz y tuvo que presentar en el colegio la enferma imagen de un árbol desangelado por la palidez extrema de sus simples trazos sin verdor.

La gente del pueblo empezaba a hartarse de este juego singular, de sus bocas como roscos de vino a todas horas, de la confusión y el desconcierto entre las familias, los amigos, los vecinos.

Fue necesaria otra vez la intervención de la ratoncita Guadalupe, con sus libros llenos de palabras, su paciencia y su acierto a cuestas. Pactó con la O la pronta liberación de las vocales a cambio de unos cromos y unos buñuelos. Salieron por fin las vocales del redondel, como vaquillas asustadas por la lidia inminente.

 

Y sucedió que otro día la U pensó: “Soy la más original. Sin mí no hay luz, ni está completa la melodía de la música, y además la “q” no sirve para nada en mi ausencia. Soy única.” Llamó a las demás vocales para jugar a mus y las amedrentó con sus pitones guerreros.

El viento estaba feliz con su letra preferida, pero la gente del pueblo se despertó sin poder tomar café ni tostadas, ni mantequilla o mermelada. A todos les dolía la boca de tener que forzar esa postura tan extraña. Cuando hablaban parecían monos: “uuu” “uuu” “uuu”.

 

Guadalupe ya se había cansado de tanto parlamento con niñas envidiosas, pero las súplicas de los vecinos del pueblo la enviaron de nuevo a salvar la situación. Esta vez se sirvió de un capote de palabras largas y de muchos sonidos para realizar su faena maestra, abriendo paso a las vocales prisioneras.

El pueblo entero decidió que no podrían permitirse pasar de nuevo por esa situación tan desastrosa. Era necesario buscar la forma de conciliar los genios enfrentados de las envidiosas vocales, y evitar las disputas de una vez por todas.

Guadalupe habló con todas las vocales durante horas. Les dijo que tenían que vivir en armonía, pues su inmenso valor dependía de la combinación adecuada de todas, y por separado no eran más que ruido incomprensible, que ni el viento podía digerir.

Y arrepentidas, las vocales juraron que nunca más intentarían aniquilarse unas a otras, porque todas contribuyen por igual al juego de las palabras, y su nefasta experiencia había puesto en claro que sin la colaboración de todas y cada una de ellas no podía haber ni lenguaje, ni comunicación, ni paz.

 

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