PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE XVI (LAS PESADILLAS) 30 Enero 2017

pesadillas

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE XVI (Las Pesadillas) 30 Enero 2017

 

Las pesadillas no mienten. Son como el espejo de la famosa madrastra de Blancanieves. Las pesadillas abren de par en par las puertas que el cerebro racional cerró para proteger a la cordura de todo lo que no quiere ni puede ver, y de todo lo que no quiere ni puede saber. Sacan a la luz mortecina del mundo subterráneo de los sueños las verdades que la consciencia intenta apartar del corazón, para evitarle dolores insufribles y cargas tan pesadas que pudiesen quebrar el sutil equilibrio del alma herida.

Mientras las luces de la mente se afanan por iluminar, como focos de vida, el gran esfuerzo de las sonrisas en la realidad de los despiertos, las pesadillas alumbran las mazmorras grotescas de la imaginación desesperada, y encienden con traumática precisión los recuerdos que, ansiosamente, nos afanamos en olvidar, y los olvidos que, con los ojos entornados, pretendemos enterrar.

Yo, que creo firmemente en la gran sabiduría de la Naturaleza, me he preguntado desde siempre, y ahora más si cabe, el porqué de esta herramienta humana que a todos nos persigue de vez en cuando, justo en aquellas horas en las que anhelamos un descanso reparador que lime y barnice los duros arañazos del día. Quizás sean el resultado de atestar tanto, tanto, los cajones, con imágenes veladas, gritos acallados, verdades insoportables, y sombras lúgubres, que acaban estallando por las incontroladas vías del subconsciente, esa parte libre de nuestro ser que se mueve sin las limitaciones ni las ataduras que impone la vigilia. O tal vez sean una manera de adaptación a los inesperados vaivenes de la vida, una forma de aprender  a enfrentarnos a ellos desde los caminos poderosamente inescrutables de la fantasía, como si en su esencia fueran una ristra de graves vacunas para el alma. Pero las vacunas, en muchos casos, producen reacciones indeseables, efectos secundarios que permanecen como secuelas imposibles de calmar, huellas marcadas a fuego en el cuerpo y el espíritu.

En cualquier caso, las pesadillas siempre han sido monstruos agoreros, fantasmas crueles que, desde la niñez, hasta la edad más calibrada, nos han pinchado el ánimo hasta hacernos sangrar, hasta el sudor desaforado, hasta astillar el corazón, a veces sin vuelta atrás.

Espero que la Naturaleza no se haya equivocado…

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