PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (V) Los años brujos

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (V) Marzo 2016.

Los Años Brujos o la Magia de la Invisibilidad

 

Dicen aquellos que buscan una excusa templada para el arañazo del desánimo, que la edad nos proporciona un imperturbable halo de valiosa experiencia, y que los años son la escalera por la que alcanzamos un excelso grado de sabiduría, cuya ganancia resulta tan incalculable, que esta riqueza se nos disemina por toda la amplitud del espíritu y con ello, nos regala un sello de admiración universalmente aceptado;  igualmente dicen que ese soplo de brillantez impulsa nuestra imagen hacia el mundo, donde recaba la aprobación eterna de los que aún se encuentran en los peldaños bajos del aprendizaje. Pero, sintiéndolo en lo más profundo y carnoso de mi alma, no puedo estar de acuerdo con semejante afirmación, pues si bien es cierto que el equipaje de vivencias que portamos los que hemos sobrepasado ciertos números en nuestro almanaque particular,  contiene una carga indudablemente preciosa, no lo es menos que, en lo que respecta al escrutinio diario de los ojos que nos rodean, tales muestras de tesoros escondidos quedan en el fondo de las simas ignotas, y prácticamente, no hay miradas que sopesen estos valores en la balanza de sus propias reacciones físicas, sino una explícita y total ignorancia, o ceguera si se quiere, pues el cambio de término no altera en lo más mínimo el efecto final que se produce en esos sujetos, que sencillamente, no nos ven.

Por lo que yo he podido observar  en mis últimas dos décadas de vida, la edad es un extraño acto de brujería, en el que los años se tornan en unas translúcidas  capas que nos confieren una certera dosis de invisibilidad, de manera que a cada salto del reloj, a cada traslación completa, le corresponde un nivel más de ese turbio hechizo que nos va borrando de los campos visuales ajenos, como en una descabellada suma gelatinosa. Y así, capa tras capa, si entramos en las tiendas, los bares, los centros comerciales,… e incluso entre un reducido número de clientes compitiendo por la atención, tendremos que hacer verdaderos malabares para que por algún inquieto rabillo del ojo, atisben siquiera un pequeño átomo de nuestra presencia. Y si nos centramos en otro tipo de intereses, como la atracción desde y hacia nuestros congéneres, no ya sólo como fuentes de sexualidad, sino también en el súbito destello que lleva a una simple mirada de reconocimiento, y a través de esto mismo a la sonrisa o al saludo, podemos declarar, con perfecta convicción, que la invisibilidad es tan patente, tan obvia y dolorosa, que  a veces puede parecer, por el conjuro de esa triste magia,  que ni los espejos nos devuelven nuestra imagen. Somos entes anónimos que van perdiendo los rasgos,  la silueta, y hasta las líneas de la sombra, como bajo una suerte de embrujo insano que el destino  nos va lanzando en su persistente empeño de nublarnos los límites del ser, con la arrogancia de una incontenible  tormenta de arena. Esta invisibilidad es todavía más acentuada en el caso de las mujeres, a quienes, por lo general, se nos mide fundamentalmente por la apariencia externa y la juventud. Una hermosa joven de paso firme y cuerpo esbelto, ante quien, por esto mismo, se rinden las respiraciones de los que la observan, provista demás de un semblante ideal que asimismo ofrezca  al aire unos ojos como centellas despiertas, no necesitará hacer ruido para llevarse en un instante todos los arcoíris que puedan caber entre las pestañas que pueblan las calles. Una mujer de 60, hundida por la flaccidez de la piel, pero con todas sus maletas repletas de lucidez a cuestas, y el rebosante muestrario de sus pensamientos latiendo como el núcleo de la Tierra, atravesará las paredes como un espectro inmerso en su misterio de mágica invisibilidad, y nadie se dará cuenta.

En algún sitio he leído que hace poco un osado grupo de jubilados perpetró uno de los atracos más espectaculares de la historia, llegando a apoderarse de un botín de más de 18 millones de euros en joyas y diamantes, multiplicando por cinco el valor del famoso atraco al tren de Glasgow. Parece ser que llevaban meses preparando el golpe, a plena luz del día, mostrando sus rostros sin el más mínimo rastro de pudor, dejando su presencia a la vista sin precauciones, pero nadie se percató de sus constantes paseos y vigilancias, nadie se fijó en que alteraban cables y cerraduras. Simplemente nadie los vio. Todos mayores de 60 años. ¡Invisibles!

 

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