PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE: EL INSOMNIO LIBRE (Enero 2019)
Nunca he sido de mucho dormir. Esa disposición para caer en la dulce bruma del sueño horas y horas, hasta el punto de llegar, incluso, a abrir con las pestañas, aún perezosas, las deslumbrantes cortinas de la tarde, jamás se ha encontrado en mi naturaleza, ni siquiera en los tiempos de apuntes sin fin y sus consiguientes exámenes largos y frecuentes, con la juventud aún inmersa en mi formación, ni tampoco mientras la vida laboral me mantuvo en la persistente obligación de los madrugones diarios en las mañanas todavía oscuras. Quizás, sólo durante aquellos años cargados con el durísimo cansancio de la crianza de los niños, con poca diferencia entre sus edades, sentía a veces el enorme peso de los párpados como losas de hormigón, pues las azarosas imposiciones de sus noches rotas a base de llanto, tos, biberones, y pañales, me dejaban siempre con una sensación de eterna falta de sueño. Debo añadir que tampoco he buscado la espesa saturación de esas siestas prolongadas hasta casi la hora de la cena, pues desde siempre dicha tendencia, (que en mí no se ha obrado prácticamente nunca, al menos en estado óptimo de salud), suponía para mi escasa hambre onírica robarle al sueño de la noche el tiempo invertido en las cabezadas de la tarde, es decir, en mi pobre necesidad de sueño, una hora de siesta, acarreaba el castigo de quitarle una, dos, o más horas al descanso nocturno, lo cual no me aportaba beneficio alguno, sino que más bien, me resultaba una factura demasiado cara, porque el precio, pagado en insomnio, me convertía en un guiñapo sin más fuerza que una tremenda cefalea durante todo el día siguiente. Y como es de esperar, esa misma situación es algo que continúa ocurriendo en el Presente, en grado exponencial, si cabe, ya que, en la actualidad, a una siesta más o menos completa, le corresponde una noche entera en blanco.
Recuerdo aquellas tardes de la niñez que pasábamos mi familia y yo en casa de mi tía, un edificio soberbio, que contaba con tres plantas, una enorme azotea, dotada de inmensos trasteros, (en los que se amontonaban cuadros y muebles antiguos que yo admiraba de vez en cuando aún ignorando su valor), una pequeña capilla en el primer piso, un alto mirador desde donde se podía vislumbrar el ir y venir de los barcos en el puerto, y un maravilloso patio de corte andaluz y techo de cristal, cuya estructura marmórea, relucientemente blanca, presidida por decenas de plantas, permitía que la luz se difundiese por todas las habitaciones que se asomaban al espectáculo de las macetas desde el rectángulo interior. Allí, en las extendidas sobremesas de los adultos, los niños, (mis primos y yo), éramos obligados a dormir la siesta, para así otorgar a los mayores un rato de asueto y relax despreocupado, sin acciones inoportunas, ni trastadas, ni ruidos. Yo, que amaba aquella casa como albergue de muchos tesoros por descubrir, pues sus innumerables rincones, escaleras secretas, y baúles atestados de hermosos vestidos y sombrillas del siglo XIX, constituían el mayor paraíso para las fantasías infantiles, no entendía por qué me veía forzada a gastar las horas de mi rebosante energía en un silencio molesto para mi inquietud, tosca experiencia que se acrecentaba sobre todo cuando comprobaba atónita que mis primos se habían rendido al imán de Morfeo, y todos dormían con una placidez incomprensible para mí, que tumbada, miraba al techo como quien mira la lámpara del dentista, deseando que el tiempo discurriera de una vez para poder desplegar libremente toda la movilidad contenida de mi cuerpo, ansioso por correr, jugar, descubrir … Y si alguna vez, atosigada por el mero aburrimiento caía en un ligero sopor de tal vez 15 o 20 minutos, sabía con certeza, al recuperar la vigilia, que aquellos minutos me iban a costar muchas vueltas desesperadas en la cama en la profundidad de la noche posterior.
Ahora, con la estela de la madurez a cuestas, estoy aprendiendo a sobrellevar el insomnio, porque las dos molestias más graves que éste inflige se pueden resumir en mi opinión en lo siguiente: de un lado, la plena consciencia de que al despuntar el nuevo día nos espera una jornada laboral entera, en la que no es nada conveniente arrastrar el cansancio de una noche sin dormir, en particular si nos vemos en la tesitura de emplear la máxima concentración, bien por tener que conducir, o por alguna otra tarea que suponga peligro para la propia persona y para los demás; de otro lado, el insomnio nos parece más agobiante si tenemos a gente a nuestro alrededor a quienes no queremos perturbar ni con los bruscos movimientos que nos agitan a la espera del sueño que no llega, ni con la luz que necesitamos para ese libro que leemos con el fin de apaciguar el forzoso duermevela, ni con los pequeños ruidos del lecho que cruje al levantarnos, esos que se magnifican en el denso silencio de la noche. El miedo a despertar a quien está cerca aumenta la angustia y la sensación de impotencia ante el insomnio, que siempre es inmune a la voluntad, por más empeño que se quiera poner. Y es ahí donde entra el cambio milagroso que se ha operado en los sentimientos que este problema extrae de mi mente machacada por las madrugadas vacías, porque ahora, en medio de la ansiada estrella que me ha concedido la jubilación, y con el regusto nuevo de la libertad recién descubierta en la aceptación de la soledad, ya no siento el espoleo de las obligaciones del trabajo, ni tampoco el pavor a destruir el sueño nocturno de alguien que comparte colchón, enfadado tal vez por mis inquietos vaivenes bajo las arrugas de las mantas o por mis torpes pasos entre las perdidas siluetas de los muebles sin luz. Las horas blancas de mis noches insomnes son solo para mí, y eso las hace más livianas. Y entonces, entrar en el ámbito del subconsciente, cerrar los ojos y dormir, no parece tan difícil.
PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE. EL PRECIOSO VALOR DE LA FRUSTRACIÓN. (Diciembre 2018)
De vez en cuando, me pincha el ansia de prosa de las Reflexiones, para sacar a la luz algún pensamiento que la edad apura en las extensas noches del insomnio, y este es el caso que nos ocupa hoy, a través de esta página en blanco que me mira esperando explicaciones: Me voy a centrar en la Frustración como elemento necesario en la evolución de la Psique Humana.
Nos vemos inmersos en una sociedad que parece querer meter a sus niños en compartimentos asépticos, envueltos en una absurda higiene emocional, donde no puede entrar ni el dolor, ni los golpes del Destino, ni la furia de la Naturaleza, ni la sombra de la angustia por no alcanzar los deseos arbitrarios que, por la propia demanda de su desarrollo no completo aún, acucian a los jóvenes. Hay quienes creen que el proporcionar a sus hijos todos los deseos imaginables, todos los caprichos, por difícil que pueda resultar su obtención, los va a convertir en los seres felices que una vez soñaron ser ellos mismos, y consideran que la carencia de algún objeto, bien sea una prenda de marca de precio disparatado, bien un móvil de altísima gama, o bien un dispositivo electrónico sólo al alcance de los ejecutivos más refulgentes del mundo de los negocios, va a sumir a sus vástagos en la oscura selva de la depresión y en los negros laberintos del alma perdida. Piensan que, tal vez, por ejemplo, el no poder conseguir ese extraño bicho volador, el llamado “dron”, (que Dios sabrá qué descabellado uso se le va a dar, para luego acabar arrumbado en la profundidad de los armarios), creará en su pequeña criatura (que ha cumplido 6, 7, 8 … años) una desolación insuperable, un estado de rabia e impotencia que quizás desemboque en un caos psicológico inmune a todo control. Tienen la peregrina convicción de que las comparaciones, odiosas cual siempre son las comparaciones, especialmente en referencia a sus compañeros de clase, van a desarrollar en sus hijos un volcán corrosivo en la boca del estómago, una explosión de llanto que quizás les conduzca a la desesperación, simplemente porque no poseen la misma muñeca, los mismos pantalones, o el mismo patinete. Y para evitar semejante desastre, algunos progenitores de inconsciencia mayúscula caen en el pozo resbaladizo de los préstamos, con el poco fundamentado fin de adquirir esa marea oleosa de juguetes y chismes de toda índole, tan caros como fuera de lugar en la evolución de la salud psíquica de sus hijos, y tan inútiles como insanos para la pobre economía familiar.
Sin embargo, estos padres absorbidos por una especie de orgullo estúpido, a mitad de camino entre la envidia y un falso y dañino concepto del amor propio, no caen en la cuenta de que la Frustración es una gran maestra de la que los niños aprenden a aceptar su propia identidad con todos los límites que la misma pueda conllevar. Son incapaces de ver que un “NO” a tiempo ayudará a los pequeños a entender las dificultades de la vida, y si bien esa negación momentánea puede ser un mazazo repentino, sólo supone una herida temporal cuya curación les irá curtiendo para afrontar los arduos senderos que el mundo les va a ir mostrando a lo largo de su existencia. Aprender a no contar con algo deseado en un momento dado revierte positivamente en la formación de la persona y en la certera consolidación de su fuerza interior y su capacidad de agradecimiento, así como también en la habilidad para reconocer el inmenso valor de los objetivos logrados, sobre todo a base de esfuerzo. Los caprichos concedidos sin ton ni son no les va a preparar para asumir los avatares de la Fortuna; en cambio, la negación ante un capricho o una pataleta en el momento oportuno, puede salvar a ese proyecto de ser humano que tenemos en nuestras manos de tropezar sin remedio en la insatisfacción continua, que en los casos más graves, puede terminar, incluso, en la penosa tragedia del suicidio.
¡¡Cuánto agradezco a mis padres, que en más de una ocasión, como respuesta a alguna de mis peticiones, (peticiones desorbitadas en nuestro humilde status económico), me espetaran: “¡De eso nada, niña, que en esta casa no hay dinero para pamplinas!”, aguantando después, sin pestañear, mi tonta llantina infantil, hasta que yo, por fin, al cabo de un rato digería el asunto con dignidad y unas gotitas de madurez incipiente!! Porque ese trago de estoicismo necesario, esas regañinas tan simples y escuetas como contundentes, constituyen sin duda los pilares del sincero aprecio por los dones de la vida y el respeto a los demás.