
MARES HUNDIDOS EN EL ALZHEIMER
Su alma no está.
En sus ojos hundidos sólo asoma
toda la opacidad de los naufragios,
la maraña de días imperfectos
que han perdido sus nombres y sus fechas,
la borrosa sustancia de la noche
que hace girar imágenes y rostros
en un tropel sin mapas ni trazado.
No me conoce siempre:
las caras son un mundo inexplicable
que depende de dioses escondidos,
artífices extraños que se escapan
de los trozos de espejo que aún conserva.
Las siluetas amorfas de la gente
cruzan la desazón de las preguntas,
donde ya ni siquiera queda el tuétano.
A veces, la recorre su pasado,
y se acuerda del sol y de la vida,
sonríe alegre al pensar en sus hijos:
su alma late, revive y regresa.
Por un instante se llena de luces
que dan sentido al túnel desvaído,
efímero destello de arcoíris
que devuelve el océano a sus ojos.
Y entonces, agriamente, en un segundo,
su alma se va.
Las sombras, que contestan desde dentro,
traen sus laberintos de memoria,
desgarros sin color y sin palabras
que le arrancan el alma de su sitio,
y dejan la piel hueca, despojada
de toda su estructura de recuerdos
y de toda la historia de su carne.
Es igual que la muerte,
que se ha multiplicado en el camino,
en esa lentitud de tiempo extenso
que todo lo vulnera y lo destiñe,
y acaba por borrar en su delirio
las raíces más firmes de la tierra.
Su cuerpo ya es tan sólo un casco viejo,
sin nada,
vacío, sin cuadernas,
varado en una ciénaga de olvido.