ENCUENTRO (Junio 2016)

LA PUNTILLA MAREA BAJA 1ENCUENTRO    (Junio 2016)

 

Con sus batidas calientes

tronando en sal mientras gira,

el mar provoca y respira

entre burbujas valientes.

Yo, con pesares recientes,

bajo un sol que muerde y mira,

siento que el calor me inspira

con júbilos incipientes.

Me he dejado entre los dientes

la huella de una mentira,

y el agua que se retira

ha trazado mi alma al frente.

He encontrado, en un rincón,

una voz recién nacida,

que ha brotado de la herida

que infectaba mi razón.

Me hallé nueva en la pasión

que me devolvió la vida,

pero tu sombra escondida

gusanea mi corazón.

 

 

 

 

EL ARTE DE PARAR EL TIEMPO NO EXISTE (Junio 2016)

EL ARTE DE PARAR EL TIEMPO NO EXISTE (Junio 2016)

 

Nunca se puede

parar el tiempo,

ni con sonrisas,

ni con cemento.

Nadie conoce

arte certero

que aguante el rudo

correr del viento.

¡Maldito sea

aquel que ha puesto

trampas de espinas,

cuchillos pérfidos,

palabras como

armas de fuego,

para quien, débil,

con rostro enfermo,

convaleciente,

curando sueños,

salía del lodo

de los infiernos!

Ha de saber

que los recuerdos

van en la sangre

roja del cuerpo,

y su leyenda

cruza el desierto,

y siempre asoman

su voz de hueso.

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE X: Victoria, por primera vez

VICTORIA CON EL PATO 2 MESES

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE  X : Victoria, por primera vez (Junio 2016)

 

Dicen que cuando la edad avanza en su determinada carrera hacia la oxidación final, los momentos más cruciales, aquellos que nos dibujaron una marca perenne en los circuitos enrevesados del cerebro, y que a la vez nos compusieron una melodía distintiva en los latidos del corazón, aparecen delante de nosotros, como vivencias tatuadas en la piel más protegida de la memoria.

De mi extenso hatillo de recuerdos, que tanto relucen en cientos de apretadas motas doradas, destaca una imagen rotunda y palpable a pesar de los años, un sólido cuadro enmarcado en su tierna cualidad de caja musical, como el rastro de un sol juguetón en la palma de la mano. Ese momento, absolutamente único, me viene a mostrar la bellísima silueta de Victoria, mi niña, durmiendo en la inocencia plácida que envuelve a las criaturas recién llegadas al mundo. Recuerdo, como en una cinta rebobinada miles de veces, y aún así, intacta en su precisión, la sensación que me anegó como un relámpago de alegría súbita en el mismo instante en que contemplé la adorable figura que dormitaba tranquila en la cuna. No fue una reacción inmediata tras el nacimiento, no fue la artificial idea que nos imponen las películas, donde todo es fácil y sin fisuras en el tiempo, pues en la auténtica realidad, tras el parto, yo no recuperé la totalidad de mi pensamiento y el control completo de mis actos, hasta la mañana siguiente, cuando una limitada dosis de descanso me devolvió a la consciencia plena, tras disiparse los neblinosos vapores del dolor, el esfuerzo, y la anestesia.  Y recuerdo que en ese momento, en esa mañana radiante de primavera, mi primer sentimiento fue de absoluta incredulidad. No me lo podía creer. ¿Cómo podría creerme que aquella pequeña maravilla viviente, aquella preciosa creación que respiraba bajito desde su inmensa blancura, había salido de mí, como la más perfecta obra de arte? No, no me lo podía creer. Yo no podía haber alcanzado la capacidad para confeccionar ese ser tan lleno de luz, como un inimaginable milagro. Pensé, simplemente, que aquella grácil explosión de vida era lo más hermoso que había visto jamás. Lo sigo pensando.

LA ETERNIDAD EN LA SANGRE DE ESPERANZA (Junio 2016)

 

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LA ETERNIDAD EN LA SANGRE DE ESPERANZA  (Junio 2016)

 

Mi cuerpo atravesó cifras en guerra

por repartir la sangre generosa

en un destello de carne preciosa,

que en su tacto de luz, blancura encierra.

Un trozo de ADN que se aferra

al paso de una  nube silenciosa,

para hilvanar su huella luminosa

y prender las tinieblas de la tierra.

La eternidad, sencilla y prodigiosa,

ha cuajado en sublime proyección,

multiplicando al sol mi condición

para extender las líneas del viaje,

urdiendo con mi tuétano el encaje

donde amanece un nuevo corazón.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE IX (El Cine) Mayo 2016

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE   (IX) El Cine (Mayo 2016)

 

Desde siempre, hasta donde puede abarcar el poder evocador de mi memoria, me ha fascinado el cine. Entre mis recuerdos más recónditos, aquellos que sólo muestran pequeños pedacitos sueltos, mordisqueados o cosidos a muescas, puedo a pesar de todo rebuscar las sensaciones que me anegaban de euforia cada vez que mi familia organizaba, especialmente en verano, una salida al cine en las noches reparadoramente frescas, la anhelada visita a aquel paraje de cielo descarado con innumerables guiños de estrellas, donde lucían en los árboles, como frutos llamativos,  brillantes ristras de bombillas de colores , mientras  el aroma del jazmín se filtraba por cada resquicio de la piel, como un bálsamo delicioso. Recuerdo que ya desde entonces, a mi temprana edad, disfrutaba lo indecible de aquel espectáculo mágico que desplegaba ante mí un catálogo ingente de vidas tan distintas como incomprensibles, y al mismo tiempo tan vibrantes y llenas de hechizo para una tierna imaginación infantil como la mía. También recuerdo los esfuerzos que imponía sobre mis párpados para que se mantuvieran abiertos y atentos a la historia que me iba contando la pantalla, pues mis pocos años junto con mi intensa actividad de juegos, me empujaban las pestañas hacia abajo, como la baraja de un local a la hora del cierre.

Curiosamente, sin embargo, no he sido consciente de mi profunda pasión por el cine hasta pisar los primeros peldaños de la madurez, y al asumir dicha disposición, también empecé a preguntarme el motivo de mi desmedida inclinación por el mundo fantástico de las películas. Y una vez enfrascada en mi análisis particular, quizás igualmente podría intentar averiguar por qué nos sentimos en general tan atraídos por ese arte de plasmar el universo en movimiento.

Después de meditarlo, mi humilde conclusión es que, tal vez, se podría explicar en tres vertientes distintas: Por un lado, la suerte de poder contemplar situaciones vitales diferentes a las que solemos encarar en nuestros pasos cotidianos, nos permite caminar por multitud de senderos inexplorados, que abren en toda su amplitud el muestrario de la vida, multiplicando con ello nuestra experiencia hasta alcanzar una mayor riqueza personal, con su correspondiente visión extensa de la realidad y por ende, su dimensión de tolerancia y comprensión del mundo en todos sus planos; por otro lado, también encontramos similitudes de peso con nuestros propios problemas o los de la gente cercana que nos importa, y esta compenetración de sentimientos exhibidos en un ámbito común, además de aliviarnos en las circunstancias adversas, pues el hecho de compartir siempre rebaja la presión de la carga, también nos ofrece una serie de posibilidades para la resolución de conflictos que en principio nos parecían tan únicos como imposibles de solventar, e incluso, de superar en caso de no llegar a buen fin. Por último, en la tercera vía que da sentido a nuestra atracción por el cine, podemos hallar ese deseo de evasión que por un rato nos libera de la onerosa fuerza de la tierra firme, para trasladarnos al inconsistente planeta de la fantasía, donde nuestro avatar escondido se pasea con sus vivencias vicarias por la hilaridad, el absurdo, o la aventura, que al salir de la oscuridad de la sala, se disipan para retomar, con más brío, las riendas del día.

Sea como fuere, por siempre y a voz en grito, proclamo: ¡Viva el cine!

 

LA LAVADORA VIEJA

LA LAVADORA VIEJA

 

Por la ocre ladera del vertedero,

surgen guiños  de ojos oxidados,

que lloran el recuerdo de su vida,

los días de jabones y de paños,

de resplandor en sábanas nerviosas,

la bendición sonora del trabajo.

 

Eran los años de servicio útil,

del agradecimiento consumado,

cuando necesitaban tu presencia

para los bienestares cotidianos

en pequeños milagros invisibles,

eterno apoyo en los momentos arduos.

 

Pero el tiempo raspó sus dedos sucios

sobre el metal que aún sueña tintes blancos,

dejando una telúrica injusticia,

líneas amarillentas y arañazos,

llorosos desconchones y flaquezas

en el temblor insano del lavado.

 

Y hoy que te robaron la familia

donde tuviste el sitio tantos años,

con el tambor quebrado, y sin cables,

la portezuela rota gruñe al tacto

de latones antiguos que en suelo

te absorben en su mundo de rechazo,

mientras allá en tu casa, allá lejos,

un aparato nuevo  han colocado.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VIII (El rostro de la Muerte)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VIII (Cuando llega el rostro de la Muerte)

Mayo 2016

 

A mi pobre entender, y siempre, por supuesto, desde la inestable posición especulativa que nos otorga el hecho de estar vivos, el momento en que nos encontramos de frente con el tan temido como ignoto rostro de la Muerte, puede surgir de tres formas distintas.

En primer lugar, una de dichas formas, que curiosamente es quizás la más deseada a pesar del  brusco zarpazo que desencadena, corresponde a la Muerte Repentina, aquella que nos atrapa en el instante menos pensado, con la casa tal vez por barrer, las cuentas desordenadas y por saldar, y las despedidas aún por esbozar en decenas de papeles en blanco arrumbados por los cajones, en la ilusa creencia de que todavía queda tiempo para dibujar adioses floridos, rebosantes de alivios soñados,  a la espera tal vez de culminar en añorados reencuentros . Esa Muerte, que tan súbitamente nos arranca de la escena en mitad de la obra, es la más ansiada por muchos, pues su aparición inesperada nos puede ahorrar el sufrimiento de la partida, como si atravesáramos a toda prisa una reducida transición mediante una anestesia tan reparadora como neblinosa, a pesar de provenir en principio de cualquier fuente violenta, desde el raudo asesinato, al accidente fatal, pasando por las paradas cardiacas, los ictus, o cualquier otra versión de disfunción irremediable.  Pero esa misma rapidez en el dictamen del  punto final nos permite el lujo de no enterarnos de nada, y eso es algo que todos, o casi todos, buscamos.

Asimismo, hay otra forma de proximidad a la Muerte, que si bien salva al condenado de la tortura que inflige la consciencia, deja el aparatoso rastro del tormento para que lo sufran todos aquellos que rodean al moribundo, en muchos casos unidos a éste por el grave vínculo del amor, y en otros casos, simplemente a través de un contrato laboral que les exige una disposición permanente destinada a los cuidados del enfermo.  En esta situación, la persona afectada por el revés de los hados, se sumerge despacio, y sin un ápice de intención, en la opacidad persistente por la que discurren los laberintos de la memoria perdida, y en los ovillos enredados que el desgaste neuronal enmaraña, con más o menos prisa, pero siempre con el mismo resultado inamovible. Quien llega a la Muerte por este cauce, tampoco es consciente, al menos al final del proceso, de su triste nivel de deterioro, ni de las deformidades que asoman al rostro del peligroso jinete que nos abduce en su camino al apocalipsis. La ignorancia en este caso trae implícita una perfecta dosis de serenidad, y un sutil y cómodo apagado total.

En cambio, la Muerte Lenta y Anunciada por los hirientes avisos de la enfermedad y el caos físico o anímico, con el absoluto conocimiento del individuo, es la que nos produce el miedo más profundo, y el sentimiento de indefensión más penoso y arduo de llevar,  pues nos supone tener que asumir la inevitable presión de la consciencia, y  el grito sobrecogido por el pavor que emana del cerebro dolorosamente agudo en la dimensión de su inteligencia aún intacta, conocedor, sin evasión posible, de la siniestra cercanía de nuestro fin, y de la fragilidad que hace diluirse en el vacío toda la irrecuperable sensación de la vida. Nadie, excepto quizás los santos, o aquellos que han llegado al valle tranquilo de la aceptación meditada, siente el más mínimo deseo de llegar al momento crucial de la Muerte por esta vía de inexorable lucidez, sino que más bien, la mayoría optamos por lanzar nuestras oraciones en pro de un tránsito lo más inconsciente posible. No saber, no conocer, es en este caso, lo mejor.

 

LA OTRA CARA DEL ALMA (Mayo 2016)

LA OTRA CARA DEL ALMA   (Mayo 2016)

 

¿Qué pasa cuando pierdes

la mitad de tu alma,

y se disipa el rastro

de tu carne en la niebla?

Te asomas a la muerte,

a una condena injusta,

y entierras la alegría

en una tumba negra,

donde no habrá milagro

ni vidas rescatadas

de la caída eterna

en el hastío enfermo.

 

¿Qué pasa cuando sabes

que ya no quedan días,

que el tiempo se ha envainado

en un vacío cierto?

La esperanza no existe

y el cuerpo vaga solo,

deambulando sin norte

en un desierto oscuro,

tan hueco como un árbol

con las raíces secas.

Vives sin estar vivo,

caminas por inercia,

y el pasado se clava

en el alma indefensa

como un veneno absurdo

con sus dientes de plata.

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VII Usar y Tirar (Abril 2016)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VII Usar y Tirar (Abril 2016)

 

Recuerdo en la niebla densa de mi niñez la sana y muy ecológica costumbre de reutilizar y reciclar los objetos de todo tipo que la pobre economía de entonces imponía en la sociedad española. Me vienen las imágenes de planchas, radios, y batidoras estropeadas que eran llevadas “de urgencia” a algún mecánico mañoso que daba milagrosamente con la causa del fallo general del aparato, y tras una afanosa búsqueda, acababa por encontrar la pieza clave para el ansiado arreglo, y por fin, al cabo de un cierto período de tiempo, podíamos recoger el electrodoméstico en cuestión, listo para cumplir con su cometido durante unos cuantos años más.

Esta práctica alimentaba toda una red de secuelas económicas, apoyando la existencia de una serie de empleos, a su vez interconectados con una gama de establecimientos relacionados con este mismo hábito, como las pequeñas tiendas de elementos eléctricos. Además, toda esta colorida parafernalia  de reciclaje primitivo suponía un gran ahorro en el uso de materiales, pues éstos regresaban a su origen funcional, en lugar de perderse en una inmensa maraña de desechos contaminantes, como las que sufrimos hoy en día.

En cambio, la vorágine de consumismo en la que hemos caído en estos acelerados tiempos que vivimos, nos impulsa hacia la cultura de “usar y tirar”. Si la lavadora no va bien, por ejemplo, no hay que perder el tiempo en intentar una posible reparación, sino que por el contrario, lo más fácil es deshacernos del aparato viejo, y cambiarlo por uno nuevo que satisfaga nuestras necesidades sin complicaciones ni huecos para la preocupación.

Pero lo terrible de esta manera de actuar es que este gesto de comodidad exacerbada se puede extender peligrosamente a otras áreas de la existencia, como las que atañen a las relaciones humanas y los sentimientos. Por desgracia, podemos hallar cada vez más personas que, imbuidas por el veneno del consumismo, usan a aquellos que les aman mientras les resultan útiles, pero los tiran a la basura de la indiferencia, el olvido, y el abandono, cuando consideran que ya nos les convienen, o bien no les sirven para sus propósitos, o bien el mantener la relación les supone algún gasto emocional incómodo, que no están dispuestos a sacrificar; y así, de la misma forma que el frigorífico no se merece un minuto de reflexión que lo pudiera salvar del vertedero, con una nueva oportunidad de posible funcionamiento, tampoco las relaciones con las personas inservibles son consideradas dignas de reparación, y terminan junto con sus recuerdos en los agujeros negros de los álbumes rotos, para ser rápidamente sustituidos por alguien nuevo, cuyo pragmático uso sea de rigurosa y racional conveniencia y cuyas funciones se atengan estrictamente a las exigencias del momento.

Recuerdo la desgarradora pena que sentí cuando leí el “Kolstomero”, de Tolstoi, la triste historia del caballo que, tras años de gloria y sumisa entrega a su dueño, envejece, y su vejez le acarrea un ingrato abandono que lo conduce a la muerte. Un ejemplo de lo dicho.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VI Ecuaciones y resultados

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VI  Ecuaciones y Resultados (Abril 2016)

 

A veces, cuando tras años de incalculable devoción, los sueños que cultivamos con cuidado infinito, aquellos que en el colmo del sacrificio y la entrega llegamos a regar con nuestra propia sangre, se nos hacen añicos en un momento  tan incomprensible como inesperado,  la explicación razonable de nuestro trayecto vital ennegrece de repente, se atomiza y se evapora, y nada parece alcanzar aquel sentido necesario que creíamos haber diseñado en otro tiempo, que se nos antoja lejano y agotado, y que ahora además, después de la debacle,  aparece como una extraña época de terrible ingenuidad, que al final nos ha terminado pasando una abultada cuenta, una factura tan cara como absurda.

Y es en ese instante cuando el sufrimiento pellizca con más saña y se hace más retorcido, porque entonces, nos invade una horda de turbias ideas que nos presentan esta experiencia como una odiosa estafa con que nos ha timado el destino, y nos rendimos ante el pensamiento de que todos los pasos andados han sido un auténtico desperdicio, y simplemente abordamos la conclusión de que nos han chupado el alma hasta el último poro, para acabar perdiendo hasta el trazo más sutil de esperanza.

Sin embargo, a pesar de las punzadas traicioneras que la depresión nos asesta, debemos caer en la cuenta de que realmente somos el producto del conjunto de sensaciones y circunstancias con que nos ha moldeado ese camino concreto que un día elegimos, como una inmensa bola de nieve que se alimenta de aquellos sedimentos que va hallando allá por donde pasa. De todos los posibles resultados, somos este, tenemos esta forma, esta mente, hemos llegado a ser de esta manera, definida y única, precisamente por haber escogido uno de los múltiples senderos que una vez las estrellas nos desplegaron por delante; y como ecuaciones a las que la alteración de alguna incógnita hace desembocar en soluciones diferentes, no sabemos, ni podemos saber qué o cómo seríamos si en vez de emprender la ruta que decidimos seguir un día, hubiésemos virado hacia otros derroteros de líneas distintas, y vidas por tanto, distintas. La persona derivada de otras decisiones, es un engendro etéreo, que no ha podido surgir al haberle cerrado la puerta de su senda. No ha podido llegar a ser, pues ni siquiera ha adquirido la entidad de proyecto, y por ello, simplemente no existe.

Todo lo dicho significa que lamentar los errores que nos condujeron a nuestra identidad actual, echando de menos lo que pudo haber sido, y que al final jamás pudo tomar cuerpo en la realidad, es no aceptarnos como somos, pues el yo que llevamos a cuestas es la suma de todas las huellas que hemos ido marcando al caminar por el rumbo tomado en aquel punto crucial. Sólo nos conocemos así, como el producto desarrollado tras el manojo de acciones que hemos  ido llevando a cabo hasta el presente minuto, con sus caídas y su felicidad, con su aprendizaje y sus satisfacciones, e incluso con su dolor final y definitivo. Otras posibles actuaciones, otras pisadas, otras vidas, habrían concluido en la aparición de unos individuos extraños, de quienes desconocemos absolutamente todo, y cuya existencia, en resumen,  no es más que pura ficción. Pero todo este razonamiento, y su consiguiente justificación ante la desesperación que arrastran las dudas, no nos libera de la estela de amargura que se convierte en nuestra persistente compañera.