TE HE ECHADO DE MENOS, TE ECHO DE MENOS (Marzo 2016)

TE HE ECHADO DE MENOS, TE ECHO DE MENOS (Marzo 2016)

 

He mirado un álbum

con tu alma dentro,

rebosando días

de colores tersos,

cuando en las colinas

de pasos intensos,

asomaban luces

en claros senderos,

con ramas brillantes

y la tez al viento.

Y ahí en ese instante,

te he echado de menos.

 

Azules que gritan

al verano inmenso

coronan las horas

de un arroyo suelto,

y nuestras sonrisas,

cristales de fuego,

centellean alegres

por el fondo espeso,

con un resplandor

pegado en el centro.

Y ahí en ese instante,

te he echado de menos.

 

He tocado un árbol

en el papel quieto,

allí están guardados,

en el campo eterno,

el roce encendido

de los amplios besos,

y el amor salvaje

de los vivos cuerpos,

sin más atadura

ni más aderezo

que la piel temblando

en el aire fresco.

Y ahí en ese instante,

te he echado de menos.

 

 

Cuando el sol me dice

que llegó el momento

de abrir las ventanas

hacia el día nuevo,

no quiero mirarlo,

no quiero saberlo,

de nada me sirve

que me apunte el cielo

una marca más

en mi reloj viejo.

Nada hay por delante

más que nombres secos,

me sobran las horas

llenas de silencio:

Mi voz salta a veces

al aire perfecto,

y sólo recibe

el golpe del eco.

La noche se cae

por su manto negro,

carga su vacío

con carne de sueño,

y deja mis ojos

gravemente abiertos,

palpando el espacio

como un bosque enfermo.

No puedo  negarlo:

Te echo de menos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (IV) (Artículos)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (IV) Marzo 2016

La importancia de los artículos

 

Es curioso, o si se quiere ver así,  incluso hermosamente insólito, que una palabra tan menuda como un simple artículo pueda en ocasiones representar las dimensiones de ciertos universos concretos, como en el caso excepcionalmente arrebatador que se nos presenta en la película “Room”.

Esta pequeña reflexión viene al caso a raíz del impacto, a la vez asombroso e inquietante, que allá en el fondo de mi agitado espíritu ha provocado el visionado profundo de esta sobrecogedora película, “Room”, que han traducido, un tanto erróneamente en mi opinión, como “La Habitación”. Desde el humilde punto de vista de una estudiosa del idioma inglés, como yo, que disfruto de observarlo como una célula esquiva al microscopio, la traducción más exacta, la que hubiese dibujado el paisaje interior de uno de los personajes centrales, el niño, debería haber prescindido del artículo, para ser más fiel, primero al título original, y segundo, al limitado diccionario de realidades que el niño conoce. En suma, debería haberse traducido como “Habitación”, sin artículo y con mayúsculas.

¿Por qué? No voy a desmenuzar en estas líneas el complejo y absorbente argumento de la película;  no me gusta actuar de “spoiler”, (literalmente “el que estropea” la historia, al contarla de antemano), no es en absoluto mi intención, sino que simplemente aspiro a escudriñar ciertos elementos, muy bien esbozados por cierto, de carácter lingüístico, que a mi entender reflejan con minuciosa precisión la visión distorsionada de un ser, un niño, que lleva toda su corta vida en un entorno de cuatro paredes concisas, cerradas, como lindes de una galaxia de definición exacta, donde todo es tan único, que los contados objetos que aparecen en su controlado mundo no necesitan diferenciarse de otros objetos semejantes, ya que no existe mundo exterior, ni siquiera paralelo, que pueda llevar a confusión alguna al nombrar las pocas cosas presentes. Y es ese el motivo por el que el chico no usa artículos para referirse a dichos objetos, a los que, como compañeros con entidad única, denomina con nombre propio: Puerta, Armario, Lavabo, Habitación… Sólo diré, a modo de sinopsis sencilla y sucinta, que en este film se nos enfrenta con la tremenda historia de una madre y su hijo, que viven encerrados en un minúsculo habitáculo. El hijo nunca ha salido de Habitación.

Es una película que recomiendo desde distintos enfoques: El del entretenimiento, a secas, que nos pilla siempre agazapados cuando se despliega el pellizco de la intriga; el del placer de sumergirse en la resolución de una injusticia; el de adentrarse en las reacciones de la psique humana; y también, el de la maestría admirable en el planteamiento del lenguaje con el que los personajes envuelven su experiencia, extraña, compleja, y de difícil aunque no imposible superación.

A favor de esta historia, he de recalcar que logró arrancarme durante dos horas de los enrevesados caminos que cruzan mi mente, para permitirme en ese rato observar desde muy cerca la complicada vivencia allí contada, y con ello librarme de los monstruos que se empeñan en llamarme en un desquiciado vaivén con la insistencia de un péndulo. “Room” me dio dos horas de libertad. Ya tiene que ser buena.

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (III)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (III)  Marzo 2016

 

Las diferentes soledades

 

Nuestro maravilloso idioma castellano posee una palabra cuyo significado último depende del complejo panorama en que se encuentre envuelta. Me refiero al término “Soledad”, que recoge en sus adentros una multiplicidad de valores curiosamente antitéticos, e igualmente,  por esto mismo, asume una sorprendente gama cromática, cuyo antagonismo emocional requiere de un despliegue de aclaraciones por parte del hablante, para así dejar al interlocutor con la absoluta obviedad del significado preciso empleado en esa situación.

No ocurre lo mismo en la lengua inglesa, donde cuentan con dos palabras distintas para definir sin margen de duda a qué tipo de soledad estamos aludiendo: De una lado, la lengua de Shakespeare recurre a la palabra “Loneliness” para retratar la soledad del alma que pierde la compañía, el estado del interior humano que se ha quedado sin su soporte sentimental, gravitando solo en el universo, como un planeta recóndito que nadie visita. Esa “Loneliness” supone una condición dolorosa que el destino impone, como un dardo certero, en el centro de las entrañas, y por esa razón, dicha “Loneliness” no es plato de buen gusto para aquellas personas que tienen la desgracia de encontrase en semejante circunstancia. Nadie puede desear vivir en “Loneliness”, e infortunadamente, nadie puede llegar a amar, ni siquiera a acercarse a una tímida amistad con la mencionada “Loneliness”.

De otro lado, en cambio, el idioma inglés nos ofrece otro término, “Solitude”, que si bien se puede traducir también por “soledad”, no enuncia en absoluto las marcas hirientes del aislamiento forzoso con el que la vida nos puede castigar, a saber por qué, sino que por el contrario, la “Solitude” es un estado de soledad soñada, elegida; describe la búsqueda consciente y voluntaria de un paraje remoto, bien en el espacio visible o en los pasadizos cabalísticos de nuestro propio ser, donde encontrarnos con nosotros mismos por puro deseo de mirarnos el alma sin respuestas ajenas, e incluso, desde allí, observar el mundo como desde una atalaya, con un cierto toque de sabiduría, o al menos, con la amplitud de miras que nos regala la experiencia.

Una amiga muy querida me dijo el otro día, con toda la buena intención de un consejo cariñoso: “Debes aprender a amar la soledad, tienes que convertirte en su amiga…”. Supongo que hacía alusión a la “Solitude”, para la que por supuesto estoy y he estado siempre dispuesta. Mi encuentro con esa “Solitude” siempre ha sido hermoso y prolífico, y como prueba, aquí están estas pequeñas y simplísimas reflexiones que con ella comparto. Pero, sin embargo, sé que por más empeño que quisiera proponerme, ni con la más firme de las voluntades, podría ser amiga de esa odiosa y pesada “Loneliness” que desde su sinuoso sendero,  la vida me ha disparado a bocajarro. No me gusta, no la amo, ni llegaré jamás a amarla, y lucharé contra ella mientras mi corazón guerrero siga en pie.

 

 

NO VOLVERÉ A ESCUCHAR MÁS CANCIONES DE AMOR

NO VOLVERÉ A ESCUCHAR MÁS CANCIONES DE AMOR   (Marzo 2016)

(Canción para ser cantada)

 

No volveré a escuchar

más canciones de amor:

Oírlas me recuerda

todo lo que he perdido,

la complicidad tenue

de las tardes al sol,

y el tacto de la espuma

callada en un suspiro.

No volveré a escucharlas,

me envuelven en dolor;

son espinas que gritan

dentro del corazón.

No volveré a escuchar

más canciones de amor,

a menos que las cubran

las hojas del olvido.

 

(Instrumental para guitarras, acordeón, flauta, y percusión)

 

No volveré a escuchar

más canciones de amor:

Me hacen sentir que el tiempo

es un cuenco vacío;

me dicen que la vida

rodando se escapó,

que al final me he quedado

sin encontrar mi sitio.

No volveré a escuchar

más canciones de amor.

Me empujan hacia un llanto

de escalofrío oscuro,

me cuentan que en el cielo

el día se apagó,

y que sólo me espera

despedirme del mundo.

IMÁGENES, LOCURA (Marzo 2016)

IMÁGENES, LOCURA (Marzo 2016)

 

A veces te veo

aquí en mi cabeza,

sin querer te invento

en un beso amargo:

te miro con ella

cruzando las calles,

igual que anteayer

andabas conmigo.

 

Mi mente se vuelve

un monstruo huidizo,

que escapa de mi alma,

fuera de mi alcance,

y exhala delirios

como hielo abrupto,

sin que mi razón

pueda contenerla

en su ciego empeño

de esculpir historias.

 

La imaginación

clava despiadada

sus dientes de fuego

en mi piel vencida,

y no queda un resto

de cordura a salvo

de la astuta imagen

que se cuela adentro

con grave sigilo,

buscando arrasar

con tóxicos cuadros

la pared sellada

de todo el recuerdo.

 

Veo oscuros cuerpos

robándome años,

imitando ritmos

de agrio esperpento

que una vez bailé,

e intento tachar

moviendo las manos

e hincando las uñas,

esa turbulencia

de imagen podrida

que emana cuchillos,

para así cerrar

párpados de aire

y no ver sus formas,

con la angustia a chorros

y  gritos tapados

soltando en mis sueños

ríos de dolor.

 

No quiero ver nada.

Quiero atar mi mente

con hilos metálicos,

no quiero dejarla

volar al infierno,

no quiero ventanas

donde ver sus risas,

ni sus besos fáciles

y hondos en las noches.

No quiero mirar

con el alma rota

sus brazos trenzados

bajo el sol atento.

Quiero que se sequen

todas las pinturas,

que mi mente cierre

sus ojos de agua,

que llegue la limpia

puerta del olvido,

para no ver nunca,

loca, esos fantasmas.

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (II)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (II)

La playa en La Puntilla (Marzo 2016)

 

La playa se extiende en su tranquilo ajetreo de incipiente primavera. La envuelve una atmósfera de luz casi insultante en este Marzo con aires de verano prematuro, encarnado en una indescifrable ausencia de oleaje, que deja al mar suspendido en un instante luminoso, como una fotografía, quieto sin más, con el tiempo varado en esa plenitud sólida y clara. Pero a mí me parece tan perfecto como triste, y la incomprensible mesura del agua inmóvil, con su marco acompasado de colores tranquilos y de clima sin mancha, me embarga en los claroscuros amargos de mis pensamientos perdidos en sus laberintos tortuosos.

La vegetación, aun sin seguir una geometría calculada, se empeña en discurrir, como una amalgama de senderos confiados, por las descaradas dunas, arrullando en su interior a la huidiza fauna de la playa, que de vez en cuando, amaga una brizna de brillo entre los cactus y los arbustos desperezados ante tanta luz. Y sin embargo a mí, la pintoresca escena me hace mirar la sombra sola que me viene persiguiendo, para llevar mi mente por otros derroteros más hostiles.

Bajo la exultante serenidad, de contundencia redonda, que exhibe el sol del mediodía,  me vuelvo hacia el mar y el mar me pregunta: ¿Qué temes?  Yo, ni me atrevo a susurrar que ahora, con las crestas azules del olvido casi despuntando, presiento que tal vez en el enredo del alba, puede ser peor el remedio que la enfermedad; a la larga, puede doler mucho más el peso pegajoso del vacío. Y entonces, me asoma a los labios un lejano rumor de palabras, unos versos de Antonio Machado, que se aferran como un eco sostenido, a la extraña comunión entre el paisaje y mi disuelto espíritu:

 

“En el corazón tenía

la espina de una pasión;

logré arrancármela un día:

ya no siento el corazón.”

LOS RECUERDOS

LOS RECUERDOS

 

Mis recuerdos están llenos de cieno,

mis recuerdos eran sombras de humo,

deambulan como espectros confundidos,

mi reflejo batido en el engaño.

 

Mis recuerdos cayeron en un pozo

donde la oscuridad muerde sus grietas,

se han quedado sin líneas definidas,

son sólo una mentira en la ignorancia.

 

Estaban construidos con salitre,

con vapor de cristales pisoteados,

se basaban en sueños ilusorios,

inventos inocentes de mi alma.

 

No me quedan ni años ni recuerdos,

sólo un vacío turbio en su desgaste:

hay un borrón inmenso que me cruza,

por medio de mi ser, como un gusano.

 

Arrugas de papel, edad perdida,

mis recuerdos se fueron a su origen,

al cesto de las páginas en blanco:

Mis recuerdos, simplemente, no existen.

 

 

 

NO TE ENFADES CON LA ABUELA (Febrero 2016)

NO TE ENFADES CON LA ABUELA (Febrero 2016)

 

¡Ay, mi niña de miel rubia,

no te enfades con la abuela,

que la abuela está muy triste,

y ni sonrisa le queda!

 

Bésala con besos blancos,

dale tus manos de cera,

cuéntale con tus pestañas

la historia de tu inocencia.

 

En un abrazo de oro,

estréchala con presteza,

para borrar un poquito

de su interminable pena.

 

Mírala desde el misterio

de tus lazos con la tierra,

con la simpleza del mundo

de tu ingenuidad repleta.

 

No preguntes por qué llora,

no preguntes qué la aqueja,

porque en tu océano limpio

no entenderás la respuesta.

 

Tan sólo refléjate

con tus ojos de sorpresa

en su corazón deshecho

por una explosión de arena.

 

Ayúdala, que está a oscuras,

y llena de sombras viejas,

acércale una canción

en todo tu amor envuelta.

 

Por eso, niña preciosa,

no te enfades con la abuela,

que la abuela está muriendo

al fondo de una tormenta.

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (I)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (I)    (Febrero 2016)

 

Desde que se alcanza ese momento en que nos hacemos conscientes de nuestra propia existencia, ese instante milagroso en que se nos aparece nuestro propio ser como una entidad única y distinta del resto de la realidad, diferente y a la vez inmersa en esa misma atmósfera, empezamos a preguntarnos por nuestro destino, por el Bien y el Mal, por los caminos a elegir, por cuál será el final de los senderos que surgen como estrellas posibles en nuestra imaginación. Y la pregunta más acuciante de todas, quizás, es la que nos conduce a pensar en  lo que quedará de nosotros cuando los relojes no marquen más horas visibles, la que nos empuja a considerar ese esbozo de Infinito en el que con todas nuestras fuerzas deseamos creer, pero que la mayor parte de las veces se nos esfuma de la esperanza, como un truco de ilusión hermoso, pero carente de fundamento. Es entonces cuando llegan las explicaciones biológicas y químicas, que aunque escondan una belleza de universo encriptado,  no nos solucionan la fe rota, ni recomponen nuestro diminuto y limitado futuro, que se estrecha hacia la nada irremisiblemente. Y también es entonces cuando uno cae en la cuenta de que hay un rastro de permanencia sutil en este mundo a través de la memoria de los otros, a través de las huellas en aquellos que conservan nuestra imagen, que nos piensan a veces, entre sus cosas: Esa es la porción de eternidad a la que podemos aspirar, más extensa cuanto más recordados seamos. Si se extingue el último ser que nos recuerde, si se apaga nuestro nombre de todas las memorias aún latentes, nos iremos al más absoluto de los olvidos.

Pero esta verdad, contundente y dolorosa, no se limita únicamente a la mortalidad definitiva, al final físico e irreversible de nuestra carne, sino que también afecta a las pequeñas eternidades cotidianas, aquellas en las que reafirmamos nuestra presencia en el mundo, en el día a día. Si nadie nos ve, si nadie nos oye, si nadie nos muestra una sonrisa para entrar en los rigores desconocidos del nuevo día, si nadie nos regala una caricia para reconocernos en la incertidumbre, si no nos vemos reflejados en una mirada, si no somos amados, si ni siquiera nos recuerdan, al menos en un segundo perdido, dejamos de existir. Nos hacemos invisibles. Morimos.

NO MORIRÁ FELIZ (Febrero 2016)

NO MORIRÁ FELIZ (Febrero 2016)

 

No morirá feliz el que levante

un látigo de hierro , espino y piedra,

sobre la piel, temblando y dolorida,

de una víctima sola e indefensa.

 

No morirá feliz el que recurra

a un olvido feroz, que nunca llega,

intentando limpiar inútilmente

los restos del recuerdo en sus arterias,

pintándose una paz con hielo ardiendo

cegando el corazón con turbias vendas.

 

No morirá feliz quien con puñales

marque tristes heridas en la tierra,

quien pretenda regar con llanto ajeno

una felicidad fláccida y negra,

de donde sólo brota, cual reptil,

una oleada de culpas infectas.

 

No morirá feliz quien haga daño,

ni siquiera pagando a las estrellas,

porque cuando así el tiempo lo decida,

y haya que despedirse por la Puerta,

la vida surgirá, como una historia,

y en ese punto cumbre de la ausencia

todo el dolor causado se hará firme,

los mordiscos alados en las huellas

de las lágrimas blancas recogidas,

aullarán sin descanso en la cabeza,

y las voces tapadas en los años,

irán chirriando, cadenas eternas,

para impedir la fácil despedida,

desvestir la paz falsa en su vergüenza.

 

No morirá feliz quien vuelva el cuello

para no ver los surcos de la pena,

inventándose mundos y galaxias,

enmascarando imágenes y fechas,

ocultando el cristal en los baúles,

barriendo las cenizas en la acera.

 

No. No verá la paz, aunque se afane,

a menos que se arranque la conciencia,

y extirpe las raíces hasta adentro

para librarse de su alma entera,

y acabar con el cuerpo despojado

de todo lo que un día humano fuera.

Pero eso es el infierno de los monstruos,

y allí es donde la muerte más aterra:

no habrá paz, ni quietud, tan sólo miedo

que se asoma, deforme, en una mueca.

 

No morirá feliz quien esto haga,

iluso condenado el que lo crea.