LA OTRA CARA DEL ALMA (Mayo 2016)

LA OTRA CARA DEL ALMA   (Mayo 2016)

 

¿Qué pasa cuando pierdes

la mitad de tu alma,

y se disipa el rastro

de tu carne en la niebla?

Te asomas a la muerte,

a una condena injusta,

y entierras la alegría

en una tumba negra,

donde no habrá milagro

ni vidas rescatadas

de la caída eterna

en el hastío enfermo.

 

¿Qué pasa cuando sabes

que ya no quedan días,

que el tiempo se ha envainado

en un vacío cierto?

La esperanza no existe

y el cuerpo vaga solo,

deambulando sin norte

en un desierto oscuro,

tan hueco como un árbol

con las raíces secas.

Vives sin estar vivo,

caminas por inercia,

y el pasado se clava

en el alma indefensa

como un veneno absurdo

con sus dientes de plata.

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VII Usar y Tirar (Abril 2016)

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VII Usar y Tirar (Abril 2016)

 

Recuerdo en la niebla densa de mi niñez la sana y muy ecológica costumbre de reutilizar y reciclar los objetos de todo tipo que la pobre economía de entonces imponía en la sociedad española. Me vienen las imágenes de planchas, radios, y batidoras estropeadas que eran llevadas “de urgencia” a algún mecánico mañoso que daba milagrosamente con la causa del fallo general del aparato, y tras una afanosa búsqueda, acababa por encontrar la pieza clave para el ansiado arreglo, y por fin, al cabo de un cierto período de tiempo, podíamos recoger el electrodoméstico en cuestión, listo para cumplir con su cometido durante unos cuantos años más.

Esta práctica alimentaba toda una red de secuelas económicas, apoyando la existencia de una serie de empleos, a su vez interconectados con una gama de establecimientos relacionados con este mismo hábito, como las pequeñas tiendas de elementos eléctricos. Además, toda esta colorida parafernalia  de reciclaje primitivo suponía un gran ahorro en el uso de materiales, pues éstos regresaban a su origen funcional, en lugar de perderse en una inmensa maraña de desechos contaminantes, como las que sufrimos hoy en día.

En cambio, la vorágine de consumismo en la que hemos caído en estos acelerados tiempos que vivimos, nos impulsa hacia la cultura de “usar y tirar”. Si la lavadora no va bien, por ejemplo, no hay que perder el tiempo en intentar una posible reparación, sino que por el contrario, lo más fácil es deshacernos del aparato viejo, y cambiarlo por uno nuevo que satisfaga nuestras necesidades sin complicaciones ni huecos para la preocupación.

Pero lo terrible de esta manera de actuar es que este gesto de comodidad exacerbada se puede extender peligrosamente a otras áreas de la existencia, como las que atañen a las relaciones humanas y los sentimientos. Por desgracia, podemos hallar cada vez más personas que, imbuidas por el veneno del consumismo, usan a aquellos que les aman mientras les resultan útiles, pero los tiran a la basura de la indiferencia, el olvido, y el abandono, cuando consideran que ya nos les convienen, o bien no les sirven para sus propósitos, o bien el mantener la relación les supone algún gasto emocional incómodo, que no están dispuestos a sacrificar; y así, de la misma forma que el frigorífico no se merece un minuto de reflexión que lo pudiera salvar del vertedero, con una nueva oportunidad de posible funcionamiento, tampoco las relaciones con las personas inservibles son consideradas dignas de reparación, y terminan junto con sus recuerdos en los agujeros negros de los álbumes rotos, para ser rápidamente sustituidos por alguien nuevo, cuyo pragmático uso sea de rigurosa y racional conveniencia y cuyas funciones se atengan estrictamente a las exigencias del momento.

Recuerdo la desgarradora pena que sentí cuando leí el “Kolstomero”, de Tolstoi, la triste historia del caballo que, tras años de gloria y sumisa entrega a su dueño, envejece, y su vejez le acarrea un ingrato abandono que lo conduce a la muerte. Un ejemplo de lo dicho.

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VI Ecuaciones y resultados

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE VI  Ecuaciones y Resultados (Abril 2016)

 

A veces, cuando tras años de incalculable devoción, los sueños que cultivamos con cuidado infinito, aquellos que en el colmo del sacrificio y la entrega llegamos a regar con nuestra propia sangre, se nos hacen añicos en un momento  tan incomprensible como inesperado,  la explicación razonable de nuestro trayecto vital ennegrece de repente, se atomiza y se evapora, y nada parece alcanzar aquel sentido necesario que creíamos haber diseñado en otro tiempo, que se nos antoja lejano y agotado, y que ahora además, después de la debacle,  aparece como una extraña época de terrible ingenuidad, que al final nos ha terminado pasando una abultada cuenta, una factura tan cara como absurda.

Y es en ese instante cuando el sufrimiento pellizca con más saña y se hace más retorcido, porque entonces, nos invade una horda de turbias ideas que nos presentan esta experiencia como una odiosa estafa con que nos ha timado el destino, y nos rendimos ante el pensamiento de que todos los pasos andados han sido un auténtico desperdicio, y simplemente abordamos la conclusión de que nos han chupado el alma hasta el último poro, para acabar perdiendo hasta el trazo más sutil de esperanza.

Sin embargo, a pesar de las punzadas traicioneras que la depresión nos asesta, debemos caer en la cuenta de que realmente somos el producto del conjunto de sensaciones y circunstancias con que nos ha moldeado ese camino concreto que un día elegimos, como una inmensa bola de nieve que se alimenta de aquellos sedimentos que va hallando allá por donde pasa. De todos los posibles resultados, somos este, tenemos esta forma, esta mente, hemos llegado a ser de esta manera, definida y única, precisamente por haber escogido uno de los múltiples senderos que una vez las estrellas nos desplegaron por delante; y como ecuaciones a las que la alteración de alguna incógnita hace desembocar en soluciones diferentes, no sabemos, ni podemos saber qué o cómo seríamos si en vez de emprender la ruta que decidimos seguir un día, hubiésemos virado hacia otros derroteros de líneas distintas, y vidas por tanto, distintas. La persona derivada de otras decisiones, es un engendro etéreo, que no ha podido surgir al haberle cerrado la puerta de su senda. No ha podido llegar a ser, pues ni siquiera ha adquirido la entidad de proyecto, y por ello, simplemente no existe.

Todo lo dicho significa que lamentar los errores que nos condujeron a nuestra identidad actual, echando de menos lo que pudo haber sido, y que al final jamás pudo tomar cuerpo en la realidad, es no aceptarnos como somos, pues el yo que llevamos a cuestas es la suma de todas las huellas que hemos ido marcando al caminar por el rumbo tomado en aquel punto crucial. Sólo nos conocemos así, como el producto desarrollado tras el manojo de acciones que hemos  ido llevando a cabo hasta el presente minuto, con sus caídas y su felicidad, con su aprendizaje y sus satisfacciones, e incluso con su dolor final y definitivo. Otras posibles actuaciones, otras pisadas, otras vidas, habrían concluido en la aparición de unos individuos extraños, de quienes desconocemos absolutamente todo, y cuya existencia, en resumen,  no es más que pura ficción. Pero todo este razonamiento, y su consiguiente justificación ante la desesperación que arrastran las dudas, no nos libera de la estela de amargura que se convierte en nuestra persistente compañera.

LA CASA (Abril 2016)

LA CASA  (Abril 2016)

 

Por el íntimo barniz de la puerta

rezuma mi presencia como barro.

Los peldaños, testigos ruidosos,

crujen para explicar cada caricia,

para blindar las ráfagas doradas

que agavillan tus pasos con los míos.

 

La madera se acuerda de mis huellas,

y mi nombre aparece en los cajones,

con palabras sumadas por los años,

esculpidas a un ritmo compartido,

y el acuoso color que parpadea

en el aire atestado de recuerdos,

me retiene en el tacto de los muros,

y en el susurro fiel de los armarios.

 

Las paredes me abrazan y me llaman,

guardan mi dimensión, carne rotunda,

me dibujan al pie de la escalera,

cargadas hasta arriba con las horas

que brillan desde su raíz perfecta,

en el doble compás que nos unía.

 

Cuando el umbral te atraiga a sus entrañas,

no podrás desprenderte de mis ojos,

no podrás deshacer los dulces lazos

que mi sombra ha tejido en los rincones,

ni podrás bautizar con dioses nuevos

estos cimientos, que llevan mi alma.

 

El fantasma tenaz de mi silueta

se quedará rondando en la escayola,

mirándote sin límite al entrar,

obstruyendo invasiones desde el techo,

contra voces ajenas y enemigas,

intrusas que se atrevan a ovillarse

en el hueco marcado por mis huesos.

 

Ni la muerte podrá callar la luz

que he dejado sellada en esta casa.

 

¿DÓNDE ESTÁS, NIÑA ALEGRE? (Abril 2016)

¿DÓNDE ESTÁS, NIÑA ALEGRE?  (Abril 2016)

 

Una vez, hace ya un mundo,

o acaso sólo dos días,

conocí a una niña alegre

que llevaba en sus mejillas

los colores de la aurora

entreverada en la brisa.

Portaba tanta ilusión

en sus manos extendidas,

que el alba se abría cuajada

de su infinita sonrisa,

para trasminar el rastro

de la vida desde arriba.

 

Con sus pisadas felices

a su firmeza cosidas,

se agarraba a las estrellas

que brotan de las esquinas

en las calles luminosas

y las plazas exquisitas,

para revelar sus ojos

en conclusiones sencillas:

el amor era la puerta

milagrosa de la vida.

 

Pero un Noviembre de muertos,

la muerte arrancó su dicha,

y los ecos descompuestos

de una grieta repentina

le arrebataron de pronto

la fuerza de su alegría,

y se llevaron su alma

por la hendidura maldita,

para no ser nunca más

la mujer que fuese un día.

Desapareció en su boca

el fulgor de la sonrisa,

y en su lugar, una mueca,

como una línea de tinta,

se le quedó emborronada

en una sombra imprecisa.

¿Dóndes estás, ay, niña alegre?

¡Dime dónde estás, Virginia!

No me contesta. No está.

Ya nunca será la misma.

Se ha convertido en reverso

de una hoja enmohecida:

Tanto dolor la ha tornado

en un reguero de espinas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NO ESTÁN LAS PALABRAS (Abril 2016)

NO ESTÁN LAS PALABRAS   (Abril 2016)

 

Por todas partes busco,

pero no las encuentro.

 

Lucho por excavar en mi glosario

los términos exactos que esculpiesen

con sílabas precisas, y hasta hermosas,

este oleaje inmundo que me arranca

el corazón de cuajo a cada instante,

pero ninguna sirve…

 

Las muerdo con el ansia de la fiebre,

con la torpe intención de hallar lenguajes

que de tanto contar, quizás curaran,

como las escaleras de un milagro,

esta agonía de heridas abiertas,

pero no lo consigo…

 

No las hay. No hay palabras para mí.

Quiero decir, no sé, en una frase,

este tormento agrio y desbocado,

este dolor que abrasa hasta en el sueño,

punzantes sentimientos que me atacan

en grotescas batallas sin descanso…

No puedo.

No hay palabras. No están.

 

 

 

¡QUÉ DIFÍCIL! (Canción) Marzo 2016

¡QUÉ DIFÍCIL!  (Canción para ser cantada. Marzo 2016)

 

¡Qué difícil se hace conjugar

la vida cuando todo muere atrás!

¡Qué difícil borrar el final

cuando no hay tiempo ya para empezar!

 

¡Qué difícil tragar de una vez

las mil sentencias del atardecer,

y esconder la sombra de cristal

que dibujó en el mar la soledad!

 

¡Qué difícil se hace llevar

la tristeza al hombro!

 

¡Qué difícil tener que guardar

los besos bajo el polvo de la cal,

y olvidarse de que la pasión

acecha oculta por algún rincón!

 

¡Qué difícil contar con la piel

los años que nos quedan por vencer,

recorrer caminos de papel

con la mirada escrita desde ayer!

 

¡Qué difícil se hace enjugar

la luna en los ojos!

 

(Repetir estrofa 1 y los dos estribillos)

SIEMPRE CONMIGO (Marzo 2016)

SIEMPRE CONMIGO   (Marzo 2016)

 

Esta amargura de acero

que consume mis segundos,

me acompañará algún día

en mi viaje más último.

 

Será sábana en mis noches,

y el pan de mi desayuno,

será mi ropa diaria,

y el agua con que me ducho.

 

Será el zumbido constante

que va en cuclillas y oculto,

agarrándose a mis sienes

sin descansar un minuto.

 

Será el mal sabor aciago

con que me despierto, el sucio

trazo de espejo que empaña

lo que queda del futuro.

 

No tengo fe en que amainen

las brasas de este tumulto,

ni espero que mi horizonte

se me revele desnudo,

ni que una esperanza joven

enluzca los sueños turbios:

Sé que en los años que vienen,

que por no ser, ni son muchos,

este amargor enconado

y yo, siempre iremos juntos.

 

 

 

 

 

 

 

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (V) Los años brujos

PEQUEÑAS REFLEXIONES EN PROSA SIMPLE (V) Marzo 2016.

Los Años Brujos o la Magia de la Invisibilidad

Dicen aquellos que buscan una excusa templada para el arañazo del desánimo, que la edad nos proporciona un imperturbable halo de valiosa experiencia, y que los años son la escalera por la que alcanzamos un excelso grado de sabiduría, cuya ganancia resulta tan incalculable, que esta riqueza se nos disemina por toda la amplitud del espíritu y con ello, nos regala un sello de admiración universalmente aceptado;  igualmente dicen que ese soplo de brillantez impulsa nuestra imagen hacia el mundo, donde recaba la aprobación eterna de los que aún se encuentran en los peldaños bajos del aprendizaje. Pero, sintiéndolo en lo más profundo y carnoso de mi alma, no puedo estar de acuerdo con semejante afirmación, pues si bien es cierto que el equipaje de vivencias que portamos los que hemos sobrepasado ciertos números en nuestro almanaque particular,  contiene una carga indudablemente preciosa, no lo es menos que, en lo que respecta al escrutinio diario de los ojos que nos rodean, tales muestras de tesoros escondidos quedan en el fondo de las simas ignotas, y prácticamente, no hay miradas que sopesen estos valores en la balanza de sus propias reacciones físicas, sino una explícita y total ignorancia, o ceguera si se quiere, pues el cambio de término no altera en lo más mínimo el efecto final que se produce en esos sujetos, que sencillamente, no nos ven.

Por lo que yo he podido observar  en mis últimas dos décadas de vida, la edad es un extraño acto de brujería, en el que los años se tornan en unas translúcidas  capas que nos confieren una certera dosis de invisibilidad, de manera que a cada salto del reloj, a cada traslación completa, le corresponde un nivel más de ese turbio hechizo que nos va borrando de los campos visuales ajenos, como en una descabellada suma gelatinosa. Y así, capa tras capa, si entramos en las tiendas, los bares, los centros comerciales,… e incluso entre un reducido número de clientes compitiendo por la atención, tendremos que hacer verdaderos malabares para que por algún inquieto rabillo del ojo, atisben siquiera un pequeño átomo de nuestra presencia. Y si nos centramos en otro tipo de intereses, como la atracción desde y hacia nuestros congéneres, no ya sólo como fuentes de sexualidad, sino también en el súbito destello que lleva a una simple mirada de reconocimiento, y a través de esto mismo a la sonrisa o al saludo, podemos declarar, con perfecta convicción, que la invisibilidad es tan patente, tan obvia y dolorosa, que  a veces puede parecer, por el conjuro de esa triste magia,  que ni los espejos nos devuelven nuestra imagen. Somos entes anónimos que van perdiendo los rasgos,  la silueta, y hasta las líneas de la sombra, como bajo una suerte de embrujo insano que el destino  nos va lanzando en su persistente empeño de nublarnos los límites del ser, con la arrogancia de una incontenible  tormenta de arena. Esta invisibilidad es todavía más acentuada en el caso de las mujeres, a quienes, por lo general, se nos mide fundamentalmente por la apariencia externa y la juventud. Una hermosa joven de paso firme y cuerpo esbelto, ante quien, por esto mismo, se rinden las respiraciones de los que la observan, provista además de un semblante ideal que asimismo ofrezca  al aire unos ojos como centellas despiertas, no necesitará hacer ruido para llevarse en un instante todos los arcoíris que puedan caber entre las pestañas que pueblan las calles. Una mujer de 60, hundida por la flaccidez de la piel, pero con todas sus maletas repletas de lucidez a cuestas, y el rebosante muestrario de sus pensamientos latiendo como el núcleo de la Tierra, atravesará las paredes como un espectro inmerso en su misterio de mágica invisibilidad, y nadie se dará cuenta.

En algún sitio he leído que hace poco un osado grupo de jubilados perpetró uno de los atracos más espectaculares de la historia, llegando a apoderarse de un botín de más de 18 millones de euros en joyas y diamantes, multiplicando por cinco el valor del famoso atraco al tren de Glasgow. Parece ser que llevaban meses preparando el golpe, a plena luz del día, mostrando sus rostros sin el más mínimo rastro de pudor, dejando su presencia a la vista sin precauciones, pero nadie se percató de sus constantes paseos y vigilancias, nadie se fijó en que alteraban cables y cerraduras. Simplemente nadie los vio. Todos mayores de 60 años. ¡Invisibles!

KILÓMETROS (Marzo 2016)

KILÓMETROS   (Marzo 2016)

 

Las horas se derraman por el suelo,

como el agua traviesa de una fuente.

Se me hacen grandes, hondas oquedades,

torbellinos de niebla sin sustancia.

 

Me pongo a caminar, sin un destino,

como los tiovivos de la feria,

gastando suela en recorridos torpes,

en kilómetros vanos, en silencio,

para guardarme el sol en la cartera,

y secar la humedad de las paredes

con el grueso calor del mediodía,

o el plantel colorido de las tardes.

 

Voy con mis pensamientos conversando,

llego hasta el mar, los árboles, los perros,

arena, flores libres, viento, voces,

risas de niños, ojos que no esperan,

manos que trazan nombres en la brisa…

Yo paso cerca, como un cuadro ajeno,

y broto de la nada hacia la nada,

los dejo atrás en mi camino absurdo,

con el rumbo vacío y sin palabras.

 

Siguen mis pies su ansia testaruda

hacia el rumor del pueblo, blanca sombra,

y voy adelantando los perfiles

que se esfuman de prisa en sus siluetas

de visiones fugaces, y me sumo

a ese crisol antiguo de las calles,

donde recojo restos de oraciones,

y pinceles dispersos por la acera,

señales que te miran, puertas, copas,

escaparates ávidos de luz,

bolsos con sus mensajes de sorpresa,

gente de dos en dos, de tres en tres,

que no saben nada de soledades,

en los bares sin fin del ajetreo

que la ciudad alberga en sus entrañas.

 

Podría haber llegado al otro extremo,

podría haber cruzado este planeta

con todo este arsenal de pasos solos,

con los labios a cuestas, tan cerrados,

con una única sombra a mis espaldas,

repetidos kilómetros en vano.